LO MEJOR DE AGOSTO DE 2016: el (fallido) mes Mendoza

Agosto ha sido, en cuanto a lecturas, un poco fracaso. Yo me las daba muy felices a finales de julio pensando en qué iba a leer, visitando las librerías de mi recién recuperada Barcelona y planeando volver a sentarme en los lugares donde solía entregarme a la página escrita. Pero, ¡ja!, qué poco sabía yo que una antigua novia iba a venir para quedarse y para darme una ingente cantidad de trabajo en el mes que honra al emperador romano Octavio Augusto.

El último día de julio me encontré con un par de artículos que hicieron que decidiera mis lecturas para el octavo mes del año. El primero fue la columna de Javier Marías, escritor del que soy devoto de sus novelas pero no suele convencerme con sus publicaciones en prensa, “Fui alegre al morir”, en la que, además de regalarnos la traducción de un poema (recordemos que Marías fue Premio Nacional de Traducción allá por 1979 por su trabajo con el Tristam Shandy, La vida y las opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne), reflexiona sobre la dificultad de leer en verano –¡ah, si hubiera sabido lo premonitorio de esto quizá no lo hubiera leído!–

“Es cierto que los lectores empedernidos somos irracionalmente optimistas, y cada vez que emprendemos un viaje –incluso si es de trabajo– echamos a la maleta más libros de los que seríamos capaces de abarcar. Me imagino que quienes tengan e-book se llevarán un cargamento aún mayor. Mi experiencia me ha enseñado que en esas salidas breves suelo regresar, a lo sumo, con dos o tres capítulos leídos en la incomodidad de un aeropuerto. En agosto consigo acabar dos o tres obras, si no son demasiado extensas, y eso que no me veo distraído por Internet (no uso ordenador), ni por teléfonos inteligentes (no tengo), ni por videojuegos (jamás me he asomado a uno), ni por ninguno de los mil artilugios que atarean hoy a las personas para que no se sientan “solas”, pese a estar rodeadas la mayoría, velis nolis, por familias numerosas y vecinos cargantes.

Si a esto añadimos que en las vacaciones hay un montón de deberes (pasarse horas en la playa, comer como energúmenos, dormir la siesta, salir de farra, entretener a los niños, visitar ciudades a la carrera), no sé cuándo vamos a leer a Proust, a Conrad, a Cervantes o a Montaigne.”

El segundo fue un artículo de Fernando Savater, al que hasta hace poco había denostado profundamente y del que todavía me separan muchos aspectos sobre su forma de pensar, titulado “En defensa de la vida ociosa”, en el que aboga por dedicar las vacaciones a hacer “esas cosas tan valiosas que nadie retribuye, sea leerse las obras completas de Shakespeare, aprender a tocar la flauta dulce o mirar incansablemente el mar”.

La lectura de estos artículos se fundió en mi mente, comulgaron de tal forma que a las pocas horas ya no sabía quién había dicho qué pero, en cómputo, me quedó una idea principal: dedicar el mes de agosto a las lecturas que, siendo obligatorias, siempre tenemos pendientes. Proust, Cervantes, Shakespeare o Montaigne, fueron los ejemplo de Marías. Yo, que tengo menos años y muchas más carencias lectoras que Marías, me decidí por uno de esos autores a los que siempre tengo pendiente leer: Eduardo Mendoza.

Mi primer contacto con el autor catalán fue hace 14 o 15 años, con la lectura de Sin noticias de Gurb, que era obligatoria en uno de los cursos del colegio, 4º de la ESO, si no recuerdo mal. Lo que sí recuerdo es cómo me gustó esa novela fresca, juvenil y desenfadada (no sé si se puede ser juvenil sin ser fresca y desenfada y viceversa). Creo que fue la obra que empezó a reconciliarme con la lectura, que había aborrecido unos años atrás gracias a una labor poco profesional de una profesora de lengua al obligarme a leer El hobbit. No dudo en absoluto de su buena intención, de su esfuerzo para acercarse a eso de “los intereses de los aprendices”, aunque en mi caso la fórmula le salió rana. Sí, yo ya apuntaba maneras de niño raro desde el inicio de mi adolescencia, qué le vamos a hacer. En fin, volviendo a Mendoza. Había dejado escapar la lectura de El misterio de la cripta embrujada hacia segundo de la ESO, porque nos ofrecieron escoger nuestra lectura de entre tres libros y yo escogí El enigma del maestro Joaquín, de Sigrid Heck, libro que leí dos veces y del que recuerdo vagamente el argumento, nada en absoluto del final, pero muy intensamente el placer que me generaba su lectura. Por aquél entonces sabía tan poco de libros que cuando lo terminé, en lugar de buscar en otro libro el placer que había encontrado en ese, directamente lo volví a leer. La buena, la mejor, como en casi todo, fue la primera. Debí de ser el único que escogió el libro de Heck y eso me hizo todavía más raro. Mientras mis compañeros hablaban de detectives, crímenes y enigmas o de la Roma clásica y sus romanos, sus conjuras y conspiraciones (el otro libro de la tríada fue Guárdate de los idus, de Lola Gándara), yo andaba inmerso en la historia del gigante San Cristóbal (que sirve a Cristo ayudando a cruzar a la gente un peligroso río) y la pintura flamenca del XVI. Ya os podéis imaginar que no era precisamente el capitán del equipo de fútbol…

En fin, que me pierdo: que tenía pendiente desde hacía mucho ponerme a leer a Mendoza y los artículos de Marías y Savater me parecieron una excelente excusa para dedicar agosto a ello. Eso y que encontré en una tienda de segunda mano El asombroso viaje de Pomponio Flato y me moría de ganas de leerlo. Dicho y hecho. Planifiqué mi segunda lectura gracias a mi selecto club lector: Mauricio o las elecciones primarias. El título nos llamaba mucho la atención y a mí me venía de lujo para no mezclar y conseguir mi propósito: hacer de agosto el mes Mendoza. La tercera novela que pretendía leer era, como no, La cripta embrujada, la cuarta La verdad sobre el caso Savolta, y la quinta (pensé que en agosto iba a poder leer a todas horas) La ciudad de los prodigios. Dediqué un par de días a conseguir los libros mientras me ventilaba el primero y, catapum, el agosto ocioso se me fue al garete. La primera semana me tocó hacer un curso intensivo de español (esto es trabajar) y al segundo día el rock and roll vino a buscarme ofreciéndome una de esas tentaciones demoníacas: tocar en las fiestas de Sants, ya que el batería del grupo contratado no podía hacerlo. Bueno, tampoco es que nada de lo que digo sea una complejidad pasmosa, pero la última vez que me senté detrás de una batería aún gobernaba Zapatero, así que tuve un importante trabajo de puesta a punto. Más o menos como Rocky Balboa en la peli Rocky I, larguísimas horas de tediosas progresiones (tac-tac, tac-tac; tactac-tactac, tactac-tactac; tactactac-tactactac, tactactac-tactactac, tactactactac-tactactactac-tactactactac; tactactac-tactactac, tactactac-tactactac; tactac-tactac, tactac-tac; tac-tac, tac-tac y así mucho rato, muchas veces). Total, que me he leído las dos primeras novelas y las otras, una vez más, me han quedado pendientes. Pero como tengo un compromiso con ese amplísimo número de lectores que pasean por mi blog y por las tertulias de los cafés fumando en pipa y rastreando en mis textos la presencia de Schopenhauer, Krause y Gramsci no podía fallar y aquí os traigo una pequeña reseña de las lecturas:

El asombroso viaje de Pomponio Flato, Eduardo Mendoza, Seix Barral, 2008.

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Como ya he dicho encontré el libro en una librería de segunda mano antes de decidir que agosto iba a ser el mes Mendoza. Se trata de una novela donde confluyen distintos géneros que vamos descubriendo poco a poco. Lo primero que llama la atención es que la obra se inicia al estilo de una epístola, es decir, una carta que el narrador envía a su destinatario (Fabio) en la que, suponemos gracias al título, va a dar cuenta de unas aventuras asombrosas acaecidas en un viaje. El primer párrafo de la novela es excepcional, no sólo por la verosimilitud de Mendoza con los textos clásicos, sino por el juego humorístico que trama para construir al personaje viajero:

“Que los dioses te guarden, Fabio, de esta plaga, pues de todas las formas de purificar el cuerpo que el hado nos envía, la diarrea es la más pertinaz y diligente. A menudo he debido sufrirla, como ocurre a quien, como yo, se adentra en los más remotos rincones del Imperio e incluso allende sus fronteras en busca del saber y la certeza. Pues es el caso que habiendo llegado a mis manos un papiro supuestamente hallado en una tumba etrusca, aunque procedente, según afirmaba quien me lo vendió, de un país más lejano, leí en él noticia de un arroyo cuyas aguas proporcionan la sabiduría a quien las bebe, así como ciertos datos que me permitieron barruntar su ubicación. De modo que emprendí viaje y hace ya dos años que ando probando todas las aguas que encuentro sin más resultado, Fabio, que el creciente menoscabo de mi salud, por cuanto la afección antes citada ha sido durante este periplo mi compañera más constante y también, por Hércules, la más conspicua.”

Así, en busca del manantial de la sabiduría y cagándose vivo, es como llega Pomponio Flato, un romano de la orden ecuestre, es decir un équites, un caballero, a Nazaret donde va a ser ajusticiado por crucifixión el carpintero del pueblo, acusado de homicidio. A partir de este punto empiezan a confluir otros géneros, teníamos una especie de género epistolar y novela de viajes y de aventuras, y ahora asistimos a un juego de ficción en la ficción. Resulta que el carpintero acusado es José, San José vamos, padre putativo de Jesús de Nazaret y marido de María, madre de Dios. Los servicios de Pomponio Flato son requeridos por Jesús, a cambio de veinte denarios, para que averigüe quién es el verdadero asesino y demuestre la inocencia de su padre. A partir de este momento empieza a desarrollarse una especie de novela detectivesca que no abandona en ningún momento la sátira ni los juegos y usos de la novela histórica y romana (interpretación de sueños, resolución casi inverosímil y en el último momento de los enredos, etc…). Mendoza presenta una novela de enredos al más puro estilo del Miles gloriosus o El soldado fanfarrón y Leucipa y Clitofonte, pero obviando el componente de novela de amor prohibido de las obras clásicas. En su lugar la dota de un humorismo bien elaborado que parte de los clichés de la época (el extendido uso de la sodomía entre hombres, el férreo rechazo del pueblo judío de Palestina frente a la ocupación romana, la insaciable búsqueda de un mesías, los constantes hurtos y saqueos de los legionarios romanos…).

El final de la obra, como no podía ser de otra forma, es un final rocambolesco que aglutina y cierra todas las tramas presentadas. El libro termina con una nota del autor donde da buena cuenta de la fuente de todos sus juegos de ficción, que a mí es una de las cosas que me parecen más interesantes de la novela. Sin embargo la obra es muy recomendable y no sólo por eso. Se trata de un libro muy divertido, un libro genial para leer en agosto. Es cierto que si se conoce bien el entramado de la familia de Nazaret y de ciertas tradiciones romanas y judías se disfruta más de los guiños que hace Mendoza, pero estoy seguro que, en caso contrario, se gozará de la misma forma de esta obra multidisciplinar en la que predomina la novela detectivesca y cómica.

Mauricio o las elecciones primarias, Eduardo Mendoza, Seix Barral, 2006.

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La lectura de este libro salió de una propuesta de mi compañero de club lector. Cuando nos reunimos para hablar sobre él (esta vez yo vestía un polo mientras que el lucía su natural pelambrera pectoral) los dos coincidimos en lo mismo: esperábamos una novela más política. No es una mala obra, todo lo contrario, es una muy buena novela, pero la obra consiste más en la disección de una generación y clase que de un ejercicio de reflexión política. No es que no lo haya, lo hay y, a mi parecer, muy bueno pero ya aviso: no es el tema central del libro. La novela arranca con un prólogo sobre la eternidad o no de los ángeles que descoloca al lector. Acabada la obra encontramos un epílogo sobre los gigantes o titanes que descoloca igual y permite un buen número de conjeturas sobre el significado y uso de estos dos elementos. La diégesis es conducida por un narrador omnisciente que conoce absolutamente a los personajes y nos permite ver su profundidad y sus exégesis. El protagonista de la obra es Mauricio, un dentista que lleva poco más de un año trabajando por cuenta ajena en Barcelona, tras regresar de Madrid donde ha terminado su especialidad en estomatología. Un día cualquiera Mauricio coincide con uno de sus antiguos compañeros de la escuela, conversan y este último invita a cenar al odontólogo. En esa primera cena se contraponen las ideas políticas de los personajes. Mauricio había militado con los comunistas en la universidad, no ha perdido los ideales y, aunque la ilusión se le ha deshinchado un poco, sigue creyendo en la conquista de derechos como forma de avance social. Está un poco desencantado, ha perdido el interés, la actitud revolucionaria y reivindicativa pasando a engrosar la ingente masa de socialdemócratas de los primeros años ochenta. La relación entre los dos ex-compañeros continúa y Mauricio asiste a una cena en casa de su antiguo condiscípulo. Ese acontecimiento desencadenará buena parte del argumento de la novela. En primer lugar, a Mauricio, dos miembros del PSC (Partit dels Socialistes de Catalunya-PSOE) le proponen formar parte de la lista a las elecciones de la Generalitat de 1984; en segundo lugar, conoce a Clotilde, otro de los personajes fundamentales de la novela, con quien mantendrá una relación amorosa. A partir de este momento se inician varias tramas en la novela, pero hay dos que actúan como eje central: la toma de decisión sobre si aceptar o no la propuesta política y la relación con Clotilde.

Durante el tanteo de Mauricio, este le pide consejo a Clotilde y asistimos a uno de, en mi opinión, los mejores pasajes del libro:

“(Clotilde) – No puedo decidir por i. Ahora, un consejo sí te voy a dar. No lo seguirás, pero te lo daré igual. Si por mala conciencia te crees en la obligación de sacrificar tus horas de ocio a la política, no hagas campaña con los socialistas.

(Mauricio) – ¿Por qué no? Son los nuestros.

– Precisamente. El partido socialista es el partido de los fracasados y los zascandiles como nosotros. Primero quisimos hacer la revolución y al final nos hemos quedado con el Estado del bienestar. Yo voto socialista, por supuesto; los demás son peores. Incluso es posible que el PSOE vuelva a ganar. Pero como ganará por el voto de los inútiles, lo seguirá haciendo fatal y durará poco. Bebió un sorbo de cerveza y continúo: El partido socialista se basa en la falta de ideales. Ni la santa tradición ni la revolución permanente. Sólo gestión y distribución. Poco estimulante, salvo que sea novedoso, como en España. Todo nos parece bien comparado con lo que hemos tenido. Pero cuando nos acostumbremos, veremos que detrás de la práctica diaria no hay nada. Peor aún: le veremos las interioridades al partido y no nos gustarán. Un gobierno sin ideología ha de mantener un nivel muy alto de eficacia y honradez, y eso no está al alcance de nadie. En cuanto hayan puesto la casa en orden y la gente vea que poco o nada cambia, vendrán las viejas retóricas y los harán a un lado. Embarcarse con ellos es ir de cabeza al fracaso. Esto por lo que se refiere a los socialistas en general. Aquí el panorama es aún peor. Cataluña es ingobernable. Durante siglos hemos funcionado a nuestro aire, sin estamento político, y no estamos preparados para encajar en una estructura de poder. Estamos acostumbrados a vivir en la periferia de un estado incompetente y a sobrevivir a base de pactos secretos, acuerdos tácitos y chanchullos disimulados, bajo el velo de un nacionalismo sentimental, autocompasivo y autocomplaciente. En Cataluña la política es un circo de pulgas para un público embrutecido por el fútbol y el virolai. Jordi Pujol entiende la situación y por eso gana y volverá a ganar. Su partido no es tal partido, sino una asociación de hombres de negocios que dirigen el país como lo que es: un negocio.”

Finalmente, y pese al consejo de Clotilde, Mauricio acepta formar parte de la candidatura, por lo que se ve obligado a dar algunos mítines. La ilusión inicial se desmorona rápidamente al confirmar a la primera de cambio la insignificancia de su persona dentro del aparato del partido, la falta de organización, de ideas y de discurso y, por qué no decirlo, la falta de glamour de los lugares a los que lo envían. Mauricio pasea por el extrarradio de Barcelona, por los barrios obreros, y de repente se ve rodeado de personajes lumpen, desclasados, de antiguos activistas vecinales que realizaron su lucha en la clandestinidad y que le muestran un lugar y una forma de vida que le queda muy lejano. Fundamentales serán a partir de aquí personajes como Brihuegas, antiguo militante socialista, o mosén Serapio, cura obrero, megalómano y beodo. Destacará de entre todos ellos la Porritos, una ex yonki con quien Mauricio establecerá un triángulo amoroso en el que ocupara el lugar central, creando un juego de espejos contrapuestos donde dos realidades (la de la clase de Mauricio y Clotilde y la de la Porritos) convergen y se debaten en el interior de Mauricio mostrándonos ampliamente su mundo interior. Así se perfila, poco a poco, el tema fundamental de la novela: el de una clase y generación de personas bien, descontentas sí, pero con las necesidades cubiertas. Tienen buenos estudios, familias con posibles y aunque tienen dificultades para alcanzar la felicidad su vida se debate entre si comprar un coche o no. Por su puesto hay una cierta frivolidad en los personajes, pero no se trata en absoluto de sujetos planos. El narrador omnisciente da una ingente información sobre las inquietudes de los protagonistas por lo que la obra va más allá de un simple juego de caracteres.

Mendoza escribe Mauricio y las elecciones primarias para contraponer el fin de una generación (la de la Porritos) y el afianzamiento de una nueva que, aunque minoritaria, cambió nuestra forma de entender la sociedad. En la novela de Mendoza asistimos, de una forma muy sutil, al entierro de la clase obrera y a la victoria del concepto de clase media y de las apariencias. Mauricio y Clotilde representan al hombre nuevo tras la dictadura: descontento con el mundo actual, pero acostumbrado a no sobresalir, a aceptar la realidad tal como es y, sin aspavientos, adaptarse a ella mientras se critica y se crea, mentalmente, un reducto o espacio de exilio interior. Las decisiones de los personajes, tema central de la novela (de ahí el título: “las elecciones primarias”) nos mostrará ese proceso de adaptación a un nuevo mundo incierto en el que, ya ha quedado claro, ellos, como masa, nada pueden aportar.

Aunque es cierto que esperaba un libro más político y que hay tramas de la novela que no acaban de desarrollarse (lo que me lleva a pensar que quizá Mendoza pretendía hacer una novela de mayor extensión), Mauricio o las elecciones primarias es un libro que me ha gustado mucho y que recomiendo sin duda. Es un libro agradable de leer, con juegos de ironía mordaz que harán las delicias del lector mientras se asoma al abismo de unos personajes que se hacen mayores durante la novela y descubren el desencanto de un mundo inmutable donde, salvo en la privacidad de la propia vida, no queda apenas espacio para la ilusión.

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LO MEJOR DE JULIO DE 2016

Ya hace tiempo que venía dándole vueltas al hecho de escribir un post donde explicar mis lecturas mensuales y mis impresiones sobre ellas. Está claro que no aprendo: no solo quiero escribir, como mínimo, un post al mes, sino que encima voy a tener que ir tomando notas de las lecturas para que las próximas impresiones no me salgan tan churro como estas –en las que cuento más bien poco, para qué nos vamos a engañar–, con lo que me molesta interrumpirme cuando leo. Y digo yo que os preguntaréis por qué me ha dado ahora, tras tantos años de blog y humanidades, por ponerme en plan crítico. Bueno, en realidad sé que no os preguntáis nada porque es agosto y porque al final esto lo lee mi padre y dos personas más, pero, ay, dejadme que use la pompa de las grandes ediciones y me imagine a un montón de lectores preguntándose y cuestionándose por mi blog y esperando impaciente mi próxima entrada, consumiendo café y cigarrillos, hablando en tertulias sobre la presencia de Kierkegaard en “Esto no es un tratado de bicicletología” o comentando los rumores de mi nuevo texto. ¡JA! Y yo que pensaba que la ESO, y los productos de marca blanca, me habían hecho perder la imaginación. Heme aquí con mis ínfulas y cavilaciones. En fin, volvamos a la realidad. Decía que quería explicar este giro argumental de mi vida, escribir sobre libros, y voy a hacerlo contándoos un poco sobre mí. La primera cuestión que me ha empujado a iniciarme en la crítica literaria (lo pongo en cursiva porque si llegáis hasta el final veréis que ni es crítica ni es literaria) ha sido que por fin formo parte de un selectísimo club de lectura. Es tan selecto que solo somos dos personas. No tenemos nombre -el club; los miembros sí, claro– y mejor que sea así de momento, ya que si hubiéramos de nombrarnos por la apariencia la cosa no acabaría bien. Las veces que nos hemos visto nuestra imagen ha sido muy lastimosa: imaginad a dos tipos con barba –uno de ellos gordo estilo mostrenco– comunicándose por Skype para cubrir la distancia Granada-Cracovia, con mucho calor, ambos sin camiseta, con el ventilador como coprotagonista y con las interrupciones de un tren. Las llamadas de Gila, pese a estar en la guerra, eran más fluidas; al fin y al cabo, los clubs de lectura también van de hablar con uno mismo. La segunda cuestión ha sido mi primer escarceo en el mundo de la publicación de reseñas, cosa que me ha facilitado en un 25% la redacción de este post. Y la tercera, y más importante, han sido los comentarios recibidos todo este tiempo cada vez que hablaba sobre un libro animándome a ponerlo por escrito. Vale. Al final os he hecho caso y lo he cocinado: ahora lo tenéis que probar.

Reconstrucción, Antonio Orejudo, Tusquets, 2005.

RECONSTRUCCION OREJUDO

Empecé julio volviendo a leer a Orejudo. Es un autor que me descubrió un amigo y que cuando empecé a leer supe que iba a convertirse en uno de mis escritores favoritos: es divertido, divertidísimo, cómodo de leer y con un concepto de la novela y la ficción que me encanta. Había leído casi toda su obra (yo pensaba que solo tenía cinco libros y no seis, como él mismo me dijo) cuando me decidí a escribirle un correo e ir a visitarlo a la Universidad de Almería. Esto era mayo de 2016 y aún me faltaba por leer Reconstrucción. Antonio Orejudo aceptó que nos viéramos durante la primera semana de junio, y yo me puse a leer el que creía que era el único libro de él que aún no había leído. Por aquel entonces estaba escribiendo el Trabajo de Fin de Máster, así que leí la novela rápido y mal. Tenía que volverlo a hacer con el cariño que se merece, y eso es lo que he hecho este mes. Reconstrucción es una novela histórica, su época es la Europa de la Reforma Protestante, pero claro, en Orejudo nada es del todo convencional, así que la obra va mucho más allá y se advierte desde el principio. El propio autor avisa: “Esta es una obra de ficción, pero contiene datos históricos” es la primera frase de la nota del autor que inaugura la novela. Los hechos que se cuentan están vestidos del humorismo de Orejudo (si no sabes a qué me refiero no sé a qué esperas) y a lo largo del relato da más muestras de ser hija de su padre: la reflexión sobre el acto de narrar y la cuestión ficcional es fundamental en la obra del autor madrileño, también en Reconstrucción, aunque menos, mucho menos, que en Fabulosas narraciones por historias (1996), Ventajas de viajar en tren (2000), y Un momento de descanso (2011).

La ficción no está presente sólo en la forma de ser de la novela, sino también en los personajes, que se reconstruyen a sí mismos, o son reconstrucciones de personajes históricos. La obra, además, tiene ese componente docto y moral que me gusta leer, pero sin ser de las alturas. Quiero decir, Orejudo es un escritor como la copa de un pino, pero también es un tipo normal (“A Orejudo, en otras palabras, le caen bien los lectores, y eso se nota. Les deja que crean lo que quieran, les incluye en las primeras del plural y les regala chucherías sin venir a cuento.”) y la combinación de esas dos cuestiones da grandes frases a nuestra historia de la literatura. En Reconstrucción, por ejemplo, se aborda el tema de las ejecuciones de la Inquisición, los muertos durante las guerras de religión y las distintas sublevaciones y rebeliones (la Rebelión de Münster, 1534-1535, es uno de los temas fundamentales de la novela; o mejor, la reconstrucción mental de dicha Rebelión es una parte fundamental para el argumento de la obra) y la defensa de la ideología. Parece colarse la voz del autor que nos regala la siguiente sentencia:

“—Claro que creo en cosas. Creo en las perdices escabechadas, creo en este vino, creo en el coito, creo un poco en la amistad, pero poco. Y creo que ningún afán, por hermoso y justo que pueda parecer, merece el sacrificio de un solo individuo.”

La obra de Orejudo es altamente recomendable si te gustan los juegos ficcionales y las novelas históricas. Aunque si lo que quieres es leer a Orejudo yo recomendaría empezar por Ventajas de viajar en tren; tras ella, no vas a poder parar de leerlo. Para entender un poco más a qué me refiero te recomiendo también el artículo aparecido en JotDown, “Defensa apasionada de Ventajas de viajar en tren”.

Paseos con mi madre, Javier Pérez Andújar, Tusquets, 2011.

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Con este libro acabo de iniciarme en el mundo de las reseñas publicando en la revista digital de humanidades Hombre en Camino. Podéis leer mi reseña aquí o aquí, por lo que no tiene mucho sentido que me extienda más en este párrafo. Sin embargo, no quiero dejar este apartado vacío así que diré que Paseos con mi madre me parece fundamental para entender la historia de Barcelona (y su inmigración) durante la segunda mitad del s. XX. Es una mezcla entre diario íntimo, memorias y novela, todo con un tono lírico que recuerda a Umbral, pero que no cansa y permite que se lea la obra cómodamente. Pérez Andújar repasa los últimos años 70, los 80 y los primeros 90 explicando qué es ser de extrarradio, qué es no poder ser ni sentirse de Barcelona y cuáles son los fantasmas que, habiendo nacido en los ochenta, nos acechan intentando destruir todo lo que consiguieron nuestros padres y abuelos. La novela se articula, tal como indica el título, a través de los recuerdos que el autor evoca durante los paseos con su madre, donde la observación activa los resortes de la memoria.

“Casi veinte años viviendo en esos pisos viejos de Barcelona, de suelos de mosaico y tuberías de hierro, y sabiendo que ni uno de los pasos que he dado por sus aceras va a hacerme de esta ciudad, y así cada semana regreso a la periferia, al río, a los bloques, a la autopista, a las vías, cada vez en busca de una dosis de mí mismo. Pero nunca me encontraré tan lejos de mi historia como cuando llego a San Adrián, porque aquí ya no hay nada de lo que persigo. Son fantasmas lo que salgo a cazar, y a algunos voy a encontrármelos.”

Una vez más, es una obra indispensable.

Los trapos sucios de Manolito, Elvira Lindo, Alfaguara Infantil y Juvenil, 1997.

LOS TRAPOS SUCIOS MANOLITO

Ya hace un par de años que dedico algún momento de las vacaciones a leer un Manolito. Aunque su conocidísimo protagonista viva en Madrid, sus aventuras me despiertan la ternura de la infancia y me conectan con mis recuerdos. Este librito me ha sorprendido porque, aunque no tiene la chispa del primero, tiene unos juegos fabulosos que no habría podido disfrutar de niño. Hay una cuestión metaliteraria (breve) que me sacó una sonrisa de oreja a oreja –ya sabéis cuánto me gustan estas cosas–: Manolito reconoce que lo que se cuenta en los libros no lo cuenta él mismo, sino “la mujer esa que firma en la primera página”. El título del libro , así como las historias que en él aparecen, pone de manifiesto el peligro de contar (uno siempre habla más de lo debido: “No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido. Contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que antes o después no se traiciona, raro el vínculo que no se enreda o anuda, y así acaba apretando y hay que tirar de navaja o filo para cortarlo.”), pero desde el punto de vista infantil y desvergonzado de Manolito, que sigue, pese a los años, haciéndonos reír.

“Mi amigo Óscar Mayer nunca escribirá su vida porque su madre no le va a dejar que empiece su autobiografía diciendo: “Me llamo Óscar Sandoval, pero todos mis amigos me conocen como Óscar Mayer, el rey de las salchichas.

Y es que para escribir una biografía hay que tener mucho valor. Cada vez que aparece un nuevo tomo de la gran enciclopedia de mi vida yo salgo a la calle superavergonzado, porque todo el mundo se entera de nuestras intimidades íntimas, no sólo yo, a mi madre le da vergüenza ir al mercado y que Martín, el pescadero, le diga:

—Pero Catalina, no le pegue usted esas collejas al Manolito que luego no le rinde en la escuela.”

A mí leer Manolitos me lleva a esa época en la que siempre era verano. En serio, si de pequeños leísteis la saga, recuperadla, no solo se pasa un buen rato sino que también se descubren cosas que seguro se pasaron en su momento. Y si no, pues leedlos ahora, nunca es tarde.

La muerte en Venecia, Thomas Mann, 1912. [Leída en Seix Barral, 1983]

LA MUERTE EN VENECIA

El selectísimo club de lectura al que pertenezco decidió en asamblea celebrada el pasado 15 de julio que nuestra próxima obra sería La muerte en Venecia. En mala hora. No me ha gustado nada: me ha parecido un tostón y he querido llegar al final lo antes posible para ver si Aschenbach, el protagonista de la obra, era el muerto que prometía el título. Se trata de una novela corta con abundante descripción y profusión de detalles del pensar, sentir y parecer del personaje principal, que es un escritor que ha perdido la inspiración y viaja a Venecia para recuperarla. Es verdad que Mann ha despojado su obra de casi todas las cuestiones circunstanciales, quedándose con tan solo dos personajes y un escenario muy pequeño: un hotel de veraneo y su playa contigua, aunque también es verdad que aprovecha la mínima ocasión para abrir el cesto de los adjetivos y entretenerse en los detalles. Con todo, es bastante decimonónica, y a mí no me gustan las novelas del XIX. Digo esto porque sé que hablar mal de un clásico no me deja en muy buen lugar. Si has empezado a poner cara rara con lo que he dicho, y quieres, puedes parar de leer aquí, porque lo que voy a decir ahora seguro que no te va a gustar. Aschenbach me ha parecido un personaje horrible: un ególatra clasista y obsesivo que se escuda en el platonismo para convertirse en lo que, hoy en día, llamaríamos un stalker de manual.

“Tadrio llevaba una casaca de marinero, con botones dorados, y su gorra correspondiente. El sol y el aire marino no habían tostado su tez, que conservaba el amarillo marmóreo de siempre, pero en aquel instante parecía más pálido que de ordinario, quizá a consecuencia del fresco, o por el resplandor de los faroles. Sus cejas, armónicas, aparecían delineadas más escuetamente, y sus ojos eran muy oscuros. Era aquello de una indecible belleza, y Aschenbach sintió el dolor, tantas veces experimentado, de que la palabra fuera capaz sólo de ensalzar la belleza sensible, pero no de producirla. Como no esperaba la amable aparición, como le sorprendió descuidado, no tuvo tiempo de componer tranquila y dignamente la expresión de su rostro. De esta manera, cuando su mirada tropezó con la del muchacho, debieron de expresarse abiertamente en ella la alegría, la sorpresa, la admiración. En aquel instante fue cuando Tadrio le sonrió. Le sonrió expresiva, confiada y acogedoramente, con labios que se abrían lentamente a la alegría. Era la sonrisa de Narciso al inclinarse sobre el agua; aquella sonrisa profunda, encantada, deleitable, que acompaña a los brazos que se tienden al reflejo de su propia belleza; una sonrisa ligeramente contraída por el beso imposible de su sombra incitante, curiosa y ligeramente atormentada, transformada y transformadora.”

Sí, Tadrio es un niñito polaco cuya imagen física devuelve a Aschenbach la inspiración, por lo que le observa desde la distancia y lo sigue en sus paseos y sus baños. Lo que yo decía: un stalker de manual. Estoy seguro que Thomas Mann es un autor al que hay que leer, pero mi experiencia con La muerte en Venecia no ha sido para nada satisfactoria.

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Paseos con mi madre, Javier Pérez Andújar

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Título: Paseos con mi madre

Autor: Javier Pérez Andújar

Editorial: Tusquets

Páginas: 179

Precio: 14,25€


Tengo un amigo que está obsesionado con encontrar lo que él llama “La gran novela de Barcelona” y no para de leer intentando descubrir cuál es ese gran libro que aglutine a esa ciudad que ha inspirado a escritores, poetas, periodistas y viajeros y que últimamente se ha convertido en un personaje propio, lo que podríamos llamar un arquetipo literario. Barcelona posee, por tanto, entidad propia; además de una especie de aura mágica, sobre todo en cuanto a marketing. La marca Barcelona existe y es próspera: vende, vende mucho. Hay una fascinación por la ciudad (en el año 2015 la visitaron nueve millones de turistas) que se observa también en la literatura (Zafón, Falcones, Mendoza, Rodoreda, Laforet, Marsé, Montalbán, Goytisolo, Cercas, Gil de Biedma, Gimferrer, ¡hasta Cervantes con su Quijote!…). Yo escuchaba a mi amigo hablar de su búsqueda y mientras lo oía pensaba, una y otra vez, que “La gran novela de Barcelona” no podía ser otra que El pianista, de Manuel Vázquez Montalbán, porque relataba el desencanto de un barcelonés de toda la vida con su ciudad por, o pese a, los cambios producidos por las Olimpiadas del 92, que transformó no solo la fisonomía urbana (Barcelona volvió a abrirse al mar, se construyeron las Rondas y otros muchos equipamientos, se dignificó el litoral marítimo, etc.) sino también el espíritu del territorio y de la gente que lo habitaba (cosmopolitanismo cool, catalanismo medular y tradicionalismo inclusivo). Aprovechando que estoy viviendo en Granada (soy un catalán que ha hecho el camino a la inversa, es decir, de Barcelona a Andalucía, al revés del que hizo mi padre en los años 60) me acerqué a la Universidad de Almería a conocer a Antonio Orejudo. Hacia el final de la comida que compartimos le pedí que me recomendara lecturas y fue entonces cuando, después de haber hablado de mis gustos literarios me dijo que si lo que quería era leer a la Barcelona obrera tenía que leer Paseos con mi madre, de Javier Pérez Andújar. Al llegar a casa le escribí a mi amigo y fijamos la lectura de la obra y un Skype para comentarla, una especie de club de lectura en línea, virtual, que nos permitiera compartir impresiones, pensando que la obra sería un eslabón más de esa cadena de novelas en busca de “La gran novela de Barcelona”.

La primera conclusión a la que llegamos es que la lectura de Paseos con mi madre, de Javier Pérez Andújar (Sant Adrià de Besòs, 1965), debería ser obligatoria en todos los institutos públicos, o, por lo menos, en todos los institutos públicos del extrarradio de Barcelona, porque en ella se hace un ejercicio de honor y memoria a aquellas personas que construyeron Barcelona y que jamás pudieron ser o sentirse de la Ciudad condal. La primera en la frente. La capital catalana aparece en la obra no como una ciudad telúrica, sino como una construcción humana de gruesas fronteras sociales. Pero lo que más llama la atención es que, siendo una novela de Barcelona, la protagonista no es la ciudad, sino la fuerza obrera, humana, que habiéndola construido se vio obligada a vivir al margen, habitando su cinturón (el conocido cinturón rojo, por el color de los ayuntamientos a partir de las primeras elecciones municipales tras la dictadura). Se trata de los conocidos charnegos, los emigrados a Catalunya de una región de habla no catalana. Este adjetivo no se frenará en ellos, la generación de nuestros abuelos y padres, sino que nos acompañará a nosotros también, sus hijos, aunque ya hayamos nacido en tierras catalanas. Esta es la condición de Pérez Andújar, catalán de madre granadina y padre comunista (la patria de los izquierdistas no es un lugar), la de charnego de segunda generación, pero charnego, al fin y al cabo. Es lo mismo que me sucede a mí: catalán de extrarradio, de cinturón rojo, hijo de madre aragonesa y padre andaluz. Leer Paseos con mi madre, ahora que vivo en Granada, era del todo obligatorio, aunque ya hace varios años que abandoné el instituto.

El tema central de Paseos con mi madre es la incapacidad de pertenecer Barcelona, a la que solo se acede a través de la familia o del dinero, por el hecho de ser de fuera de Barcelona, pero no solo por ser granadino o manchego o murciano o extremeño, sino también por el hecho de ser de Badalona, de Sant Adrià, de Santa Coloma, de Hospitalet o de La Llagosta. El libro, escrito en un futuro histórico que convierte la narración personal en una épica histórica, es el canto de una generación que se sentirá antes de los bloques, de los barrios, del heavy metal y de los cómics que de Barcelona. Se trata de una novela de memorias, de diario personal o íntimo, de recuerdos del autor que aparecen al contemplar espacios y personas de su juventud. Su memoria funciona un poco como la de Benji de El ruido y la furia, de Faulkner, o la famosa magdalena de Proust, en tanto que los resortes que la ponen en funcionamiento son vivíficos. Son los rostros y los espacios, desvencijados mayormente ambos, que ve el narrador los que evocan el recuerdo narrativo. El paseo se convierte en un viaje al pasado, pero no se trata de un pasado remoto, sino de un pasado vivo, pieza fundamental en la constitución de nuestro presente, también del de mi generación, veinte años posterior a la de Pérez Andújar, que encontrará, aquí sí, su “Gran Novela de Barcelona”. Mi Barcelona es la misma que la del autor: una Barcelona lejana y hermética a la que iremos primero de excursión y a la que intentaremos acceder mediante la cultura (los libros que él lee en el autobús que le lleva de casa a la facultad de Hispánicas de la UB, o los que leeré yo en el metro que me lleva de Badalona a la facultad de Humanidades de la UPF), una Barcelona a la que amamos unilateralmente, porque no nos devuelve esa estima, una Barcelona, al fin y al cabo, que no se explica en su propia lengua, sino a través de las palabras de nuestros padres y de las bandas de música, sobre todo de rock, punk y heavy, que nos decían quiénes éramos: somos los nacidos al otro lado del río (del Besós o el Llobregat, fronteras naturales de Barcelona), una suerte de apátridas: ni andaluces, ni catalanes; ni de Barcelona, ni de Sant Adrià.

Casi veinte años viviendo en esos pisos viejos de Barcelona, de suelos de mosaico y tuberías de hierro, y sabiendo que ni uno de los pasos que he dado por sus aceras va a hacerme de esta ciudad, y así cada semana regreso a la periferia, al río, a los bloques, a la autopista, a las vías, cada vez en busca de una dosis de mí mismo. Pero nunca me encontraré tan lejos de mi historia como cuando llego a San Adrián, porque aquí ya no hay nada de lo que persigo. Son fantasmas lo que salgo a cazar, y a algunos voy a encontrármelos.”

La obra de Pérez Andújar, pese a la desazón del sentimiento de pertenencia al territorio, es una reivindicación del sentimiento de pertenencia. El autor no podrá decir jamás que es de Barcelona, pero sí dirá que es de los bloques, del obrerismo y sus manifestaciones, de la contracultura, etcétera. El territorio es por tanto un constructo cultural o una ilusión, apenas una herramienta lingüística: los del otro lado del río solo seremos de Barcelona cuando no estemos ni siquiera cerca de Barcelona.

Aquellas chimeneas gigantes eran las tres cruces de un Gólgota de hormigón poblado de manobras, de gente que se había venido a vivir a Barcelona y que no iba a pisar Barcelona en lustros, quizá en su vida. Sin embargo, cuando regresábamos…, pero yo iba, no regresaba… Cuando íbamos a Granada resultaba que venía yo de la propia Barcelona. De nuestra casa, de San Adrián del Besós, estaban más cerca los bloques del suburbio de La Chana, en Granada (aunque a aquel sitio le decían entonces Lin Chung o Lian Shan Po, o algo de darse patadas y tortas), que Pedralbes, Sant Gervasi o la Bonanova, que es donde contaban que vivían los ricos. La Sagrada Familia no formaba parte de nuestra familia. Era una obra que marchaba lentamente, que se la veía inmóvil como lo estaba en aquella época todo lo que ese templo representa. De la Sagrada Familia, pensábamos nosotros, lo único sagrado eran las horas de trabajo que el edificio llevaba a cuestas.”

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Pero pese a la constatación de la imposibilidad de ser de Barcelona (“En Barcelona se está en el cuarto de invitados durante un par de generaciones, y luego ya se accede al cuarto de servicio”), los recuerdos del narrador son también una crónica de su voluntad de ser de Barcelona y de sus distintos intentos por conseguirlo. El autor es, en sus recuerdos, un escritor en ciernes y un lector empedernido, por lo que su voluntad de ser de Barcelona pasa por la forma de ser de diversos escritores. La ciudad y la escritura son, una vez más, partes de un mismo todo. La cultura nos empujará a los hijos del arroyo a Barcelona, intentado escapar del cemento, también intelectual, de nuestras ciudades.

Si pudiese formar parte de la ciudad quisiera hacerlo precisamente a la manera de Marsé, desde mi barrio, poniendo las películas del Oeste por delante de los libros para no vacilarle al personal o también por vacilarle, ahorrando siempre palabras para no tener que pronunciar las de los pijos. Siguiendo a Umbral empezaré a ser de Barcelona de un modo más lírico porque perteneceré antes a un lirismo que a una literatura. Se puede ser escritor de Barcelona de muchas maneras. Con la nariz de boxeador de Marsé que nunca ha hecho tongo, como Marsé, con su novelística compleja porque enfrenta todo el rato una verdad privada a la verdad del mundo. Con el bigote blanco de Eduardo Mendoza, de escritor viajado y que le da esa elegancia del hombre del mundo que se mancha de geografía cuando sale a ver las cosas; de escritor que va de un lado a otro porque ha descubierto que la distancia es la más alta forma de amabilidad. Con el periódico y el carnet del partido doblados bajo la máquina de escribir, como Manuel Vázquez Montalbán. Con la cazadora vaquera de Carlos Zanón, con la que escribe sus novelas duras, de callejón espectral, de una Barcelona extracomunitaria y de mejillones hervidos en las presentaciones de la librería Negra y Criminal. Con la elegancia de la sastrería decente, con la elegancia rabiosamente viva, nocturnamente viva en una eterna noche americana, que es la de Francisco Casavella.”

Esta forma de ser de un lugar a través de la palabra es lo que conseguirá nuestro autor, a través de las columnas sobre esa Barcelona a la que la propia ciudad da la espalda en El País y en el Ajoblanco. Sobre el estilo narrativo de Paseos con mi madre no hay duda: es umbraliano. La mezcla de estilos de la que hablábamos antes (memorias, diario íntimo, novela de educación sentimental) se viste de un lirismo reflexivo que recuerda, si bien no tanto a Mortal y rosa, sí a Las Ninfas o a Travesía de Madrid. Toda la obra es, a la par que alegato y crítica, la exposición de su crecimiento personal e ideológico a través del denominado capital cultural (cine, libros, tebeos, canciones) y de esas amistades –quizá demasiado extravagantes o exageradas, aunque ya se sabe que la realidad supera siempre a la ficción– que configuran el sistema de pensamiento del narrador. La presencia del amor (¿dónde se ha visto un libro de memorias o un diario íntimo sin presencia del amor?) aparece en un segundo plano, y no se trata de una relación humana, sino del amor por la cultura, sobre todo por los libros y por la escritura, por el conocimiento, al fin y al cabo, que actúan también como refugio, tabla de salvación o exilio interior.

Siendo de barrio, no querré yo ser de barrio, donde tan difícil es leer, sino ser del espacio exterior, pertenecer a otra nada más lejana y más oscura y también más infinita. Sin entender del todo lo que pone en los libros de divulgación que voy leyendo, atravesaré las veintiséis dimensiones de la teoría de las supercuerdas. En los mundos paralelos entraré por las puertas de la difusión científica y de la ciencia ficción. Querré copiar, prisionero de Philip K. Dick en mi genética literaria, su libertad de cautivo, su gesto de hombre encerrado en el castillo que hace lo que le da la gana. Philip K. Dick es un Proust que no escribe en proustiano, que no escribe dejando en las sábanas migas de magdalena sino empastillado; pero el artista que hay detrás de ambos es el mismo. Son escritores que al magma de la sociedad le devuelven una escritura magmática.”

Pero el libro de Pérez Andújar no es solo, como decíamos, una crítica a la impermeabilidad de Barcelona, sino que también es el alegato de una generación y de una gente que construyó una ciudad, Barcelona, pero también un país y una democracia. Paseos con mi madre es una revisión histórica de los últimos años setenta y de los prolijos años ochenta. Lo bueno es que la historia que aparece es la historia de los olvidados, de los vencidos, porque la primera pérdida que trajeron los noventa fue la del concepto y sentimiento de pertenencia a una clase que era a la vez una patria: la clase obrera. La novela es por tanto una crónica del auge y la caída de un elemento constitutivo de nuestra sociedad, la lucha obrera, desde Manuel Fernández Márquez, el muerto en la huelga de Copisa, hasta su último gran show en la huelga general de 1988.

Se levanta sobre el edificio del estilo neoegipciano del observatorio [Fabra] la pirámide sociológica de Barcelona. Todas las ciudades están construidas por esclavos. Pertenezco yo a una remesa qye ya salió de fábrica con las cadenas rotas, de las fábricas a las que iban nuestros padres. La libertad es un libro que escribieron nuestros padres para que lo leyéramos nosotros. En la bandera negra de mi pecho la libertad está escrita con la primera letra del abecedario, la primera que aprendieron ellos, que aprendimos todos.

No traerá el Pryca la democracia directa que muchos esperaron en los sindicatos, pero sí traerá el consumo directo. […] El Pryca simbolizará una democracia en la que todo queda reducido a un poder invisible y a una masa de consumidores, y donde las urnas han sido reemplazadas por cajas registradoras, y cada moneda, cada billete, es un voto que elige el producto ganador del día. Lo que hace el Pryca es convertir al comerciante y al obrero en consumidores, es transformar al votante en comprador y acostumbrarle a elegir lo más barato.”

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Sí, el libro de Pérez Andújar debería ser lectura obligatoria en todos los institutos para que nadie olvide de dónde venimos ni de qué estamos hechos, para que se sepa quién ha construido este país y para que los ejercicios de honor y memoria no sean tan solo honrosas excepciones.

Esta reseña –mi primera reseña– apareció publicada el día 22 de julio de 2016 en la revista digital de humanidades Hombre en Camino:

http://www.hombreencamino.com/

Link directo al artículo:

http://www.hombreencamino.com/libros/perez-andujar-paseos-con-mi-madre/

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ESTO NO ES UN TRATADO DE BICICLETOLOGÍA

Tengo un amigo que un día ganará el Premio Nacional de Narrativa. No le queda mucho, solo publicar tres o cuatro novelas, empezar a escribir en la prensa para hacerse conocido o mediático, y quizá, y esto puede ser –en caso de necesitarlo– lo más complicado, que el país cambie un poco más de lo que está cambiando. En el fondo, y aunque parezca mucho, son minucias. Lo más difícil, que es el talento, ya lo tiene. Y no es solo que lo tenga, sino que además lo demuestra compartiendo con un grupo de lectores sus ejercicios a través de un blog. En su última entrada, “Un ateo en la JMJ” (3), tercera de una serie sobre la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Cracovia este año, que puede leerse aquí, mi amigo hace tres cosas: la primera es una reflexión sobre el ateísmo y el (falso) libre albedrío a la hora de escoger las creencias, integrado en esto, recorre su experiencia personal de relación con la religión a través de sus circunstancias familiares, en el sí de una familia con una actitud podríamos decir aséptica frente a esta cuestión, la religiosa. Lo que me llama más la atención y me lleva a escribir este texto es la tercera de las cuestiones de su artículo: una sustitución de los valores y símbolos cristianos por la natural visión de los mismos, es decir, hay una identificación de los conceptos teológicos con los conceptos materiales, humanos, que de ellos se desprenden. Así, la clase de religión enseña a rezar, la ceremonia de la Eucaristía consiste en la ingesta de pan ácimo y la Comunión, la Primera Comunión, se basa en recibir regalos.

No es que yo critique, Dios me libre, esta sustitución; todo lo contrario. Creo que mi amigo pone de manifiesto, con una naturalidad pasmosa, cómo lo espiritual y litúrgico se ha ido diluyendo en la conciencia colectiva. Y, si no, que alguien diga ahora mismo, sin consultar la Wikipedia, qué se celebra en la Primera Comunión. Estas cuestiones me llevan a establecer una analogía entre la Primera Comunión y el inicio de la vida adulta. Mi amigo recibió las prebendas típicas del acto sin tener que haber pasado por las clases de catecismo y sin tenerse que haber vestido de marinerito. Así, sigo yo, el inicio de la vida adulta, no reside en la recepción solemne de la Eucaristía, sino en la posesión de nuevos objetos que inauguran la adultez: la bicicleta y el reloj digital, que apuntaban mi amigo y los que yo añado: las llaves de la casa familiar, el traje con corbata y zapatos de vestir… Pero para mí, que sin ser creyente ni practicante, pasé no sólo por la Primera Comunión y la misa semanal (semanal, sí; todo acaba diluyéndose) en el colegio de monjas, sino que llegué hasta confirmarme, me parece un poco injusto que mi amigo se estrenara en la vida adulta con su reloj y su bicicleta sin haberse tenido que aprender de memoria aquello de Juan 6, 51 de “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo”.

mountain bike

A mí me regalaron la primera mountain bike, la primera bici de verdad, sin ruedines, cuando hice la Primera Comunión. Todo el mundo sabía, por aquel entonces, que era necesario albergar el cuerpo de Cristo dentro de uno mismo para no caerse hacia los lados. Dios sustituía así a los ruedines, ejemplo, entre otras cosas, de una mácula todavía existente pese al bautismo. Entregarse a Cristo, ser su casa, y viceversa, era la puerta de entrada a la vida adulta: el reloj digital, la mountain bike, tener las llaves de tu casa, haberse vestido de traje, con náuticos y corbata… Y así se pasan los años, la edad del pavo, debatiéndose, como él, entre la certeza de Su existencia, que es un debate, también, sobre la existencia del yo, de uno mismo, porque Dios existe en ti y tú en él (otra vez la reciprocidad de la casa), por lo que dudar de él es también dudar de ti. Pasada la edad del pavo, desvencijada la bicicleta adulta, finiquitado el debate de Su existencia, uno se arroja al mayor placer que puede experimentar el cristiano medio: el pecado de la carne. Tu cuerpo sobre un cuerpo y al contrario, ser albergado por otro (o al revés), ser comido y comer, esta vez a otro ser menos divino, y saberse impuro, humano y existente. Una comunión, diaria ahora, una transustanciación de lo intangible que se manifiesta clara y evidente sin ritual ni pompa: la culpa, soportada durante siglos, de ser humano.

reloj digital

Queda claro, por tanto, que la entrada a la vida adulta no es, en ningún caso, la comunión, sino la tenencia de unos objetos (el reloj digital, la bicicleta…), que sirven para una especie de empoderamiento personal. Uno no es adulto en el momento de recibir una bicicleta, pero la bicicleta sí es la posibilidad de una vida adulta, como lo es un reloj digital; que no es más que el objeto que nos permite controlar el tiempo, no solo por el hecho de saber qué hora es, sino porque estos relojes incluyen cronómetro, cuenta atrás, etc… es decir, nos permite medir el tiempo como no lo habíamos hecho antes. Pero hay más objetos que el artículo de mi amigo hace que aparezcan en mi mente: el primer traje, los primero zapatos de vestir, las llaves de la casa paterna, y aún hay más: la pluma con las iniciales de uno, el diario, en blanco, con tu nombre… Todo lo material que recibimos al realizar nuestra Primera Comunión tiene como fin último una sola cosa: el desarrollo de la conciencia de nosotros como individuos completos. Antes, claro, estamos incompletos, porque estábamos fuera de Cristo (y a la inversa).

El desarrollo de este debate con mi amigo le llevó a decirme que podría desarrollar un tratado sobre las bicicletas (o Tratado de bicicletología, como él se empeñó en llamarlo). No tengo, de momento, ningún interés en hacerlo, pero sí en traer a colación a Francisco Umbral, por dos motivos: el primero es que cuando hablo con mi amigo siempre acaban saliendo referencias bibliográficas –para algo fuimos compañeros de facultad en la carrera de Humanidades–; del otro, porque me es imposible hablar de bicicletas y vida adulta y no acordarme de Las ninfas. Umbral también nos habla en ese libro de su salto a la edad madura, de su ser como infinita posibilidad, de unos curas que no saben que sus versos son versos blancos, y de un profundo debate interior. En la novela de educación sentimental del madrileño, como no podía ser de otra forma, también hay viajes en bicicleta, y pecados, y el autor concluye sabiendo cuál es el destino de ese final del recorrido hacia la vida adulta: un religión sin pan ácimo, ni transustanciación, ni Credos, ni Padrenuestros.

María Antonieta, delante de mí, era una melena de noche, una blusa clara y unas piernas desnudas. Se había descalzado para pedalear y llevaba sus sandalias colgadas también de la bicicleta, en el manillar. Decidí amarla por el gesto lírico de aquella noche, por aquella escapada. A veces volvía la cabeza y me sonreía un momento.”

Quizás aquello era una huida. Quizás entonces empezaba yo a huir, y en lugar de tomar el camino que llevaba a los billares con dinero y violencia, o el camino que llevaba a las meretrices con vino y enfermedades, tomaba el camino tranquilo e inocuo de la cultura, e iba buscando aquel Círculo Académico donde se reunían los justos de la ciudad, los que profesaban, como quería profesar yo, la sosegada y cobarde religión de la cultura (que efectivamente, como leería mucho más tarde, era una religión: porque lo más importante que suele encontrar el adulto en los libros es la confirmación de sus intuiciones adolescentes).”

No sé cómo acabará de afectar la JMJ a mi amigo, pero si sirve para que volvamos a reírnos un rato habrá merecido la pena. Por los siglos de los siglos, Amén.

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SIEMPRE HAY UN PARTIDO

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Decía Javier Marías en Todas las almas que “cuando uno esta solo, cuando uno vive solo y además en el extranjero, se fija enormemente en el cubo de basura, por que puede llegar a ser lo único con lo que se mantiene una relación constante, o, aún es más, una relación de continuidad.” Cuando lo leí en mi condición de hombre que vivía solo, hacia finales de 2011 o principios de 2012, comprendí que si alguna vez vivía en el extranjero la vida no iba a ser tan distinta de la que hacía en Barcelona por aquel entonces. Uno siempre replica bastante su vida allá dónde va, siempre termina frecuentando los lugares que ha dejado en el sitio del que se ha ido: las cafeterías, los cines, las bibliotecas… Buscamos reproducir nuestro mundo. La vida en el extranjero no tiene mayor novedad que el nuevo emplazamiento: los olores, los sonidos, el clima, la gastronomía, el idioma, la gente. Sobre todo la gente. Cuando vivimos fuera uno siente, especialmente al principio, una necesidad imperiosa de relacionarse, de conocer a alguien. Da igual que nos guste el recogimiento y la soledad, no importa que seamos seres solitarios o intratables. A uno siempre le gusta tener algún contacto más en su agenda, saber qué número marcar en esta o aquella ocasión; aunque quizá nunca llegue a marcarlo.

Si hay un acontecimiento que congrega a personas de muy diversa índole y los predispone a relacionarse son los partidos. El fútbol, en nuestro caso, sobre todo. Dentro de un rato iré a ver el clásico, el Madrid-Barça, a casa de unos amigos de un amigo de la nueva ciudad en la que vivo. A mí el fútbol ni me va ni me viene: no conozco el nombre de los jugadores, ni de los entrenadores; no sé el nombre de los estadios, ni de los equipos de primera; no sé quién va primero en la liga, ni en qué país se juega la final de la Champions este año, y, sin embargo, ¿cómo no ver el partido? Llevo días recordando el primer match que fui a ver cuando vivía en Cracovia: fue un Atleti-Barça o Barça-Atleti, eso no lo recuerdo, pero sí recuerdo el sitio (Albo Tak, en Maly Rynek) y las personas con las que compartí mesa: estaban Guillem, a quien ya conocía y me hizo de Cicerone; Pablo, de Ciudad Real; José Luis, de Venezuela; y unos chicos valencianos a los que no vi más que una o dos ocasiones después de aquello. Esa tarde gritamos con las ocasiones de gol, y nos abrazamos cuando nuestro equipo se adelantaba en el marcador, bebimos cerveza y vodka y nos dimos mutuamente consejos de la ciudad en la que coincidíamos todos. Algo similar sucedía en Barcelona: aprovechaba para juntarme con los amigos en los partidos. Me sucedió en 2005 cuando empecé a trabajar en aquella empresa y en 2010 cuando dejé el trabajo y empecé, de nuevo, en la facultad. Cuántas veces hemos aprovechado Albert, mi amigo de la infancia, y yo un partido para volvernos a ver y ponernos al día. Y supongo, claro, que me seguirá sucediendo. No sé dónde viviré, qué haré o dónde trabajaré, pero siempre habrá un partido. Yo seguiré sin saber el nombre de los jugadores, ni de los estadios, ni en qué país se juega la Champions, ni quién va primero en la liga, pero ahí estará el fútbol con sus gritos, sus abrazos, sus cervezas y sus consejos. Hoy me toca volver a ser el catalán, algo relevante mientras el Barça siga siendo el Barça. Mañana ya podré volver a las cafeterías, los cines y las bibliotecas sin identidad, aunque quizá con unos cuantos números más en la agenda y un puñado nuevo de consejos.

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OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 15: FINAL

Diario:

No sé si todas las cosas de la vida deberían tener un final, pero sí muchas de ellas. La vida, en sí misma, también lo tiene. Es posible verlo a menudo. Este año he escrito sobre las muestras del paso del tiempo: el gato de Rosita, el cuerpo de Alba… No lo he dicho, pero supongo que en mí también se nota, y no sólo en que se me hayan cuadrado los hombros y me hayan salido algunos pelos más en la cara. También en toda esta actividad mental: las dudas, las incertidumbres, la manera de escaparme de la realidad pensando o imaginando esto y lo otro. También con las cosas que me pasan, claro. Los finales también se van descubriendo poco a poco, de forma más trágica. Si el cuerpo de Alba es una explosión de la vida, el de la abuela, por ejemplo, es todo lo contrario. Este verano, entre el trabajo y las vacaciones, casi no he podido ir a su casa. Eso quiere decir que no he tenido que beberme siete litros de gazpacho al día, y que no he sufrido el ataque del pulverizador de agua. Pero no verla durante un tiempo ha hecho que, cuando por fin coincidimos, me diera cuenta de que la abuela, aunque me duela decirlo, ya está en tiempo de descuento. Durante este año la cabeza cada vez le ha ido peor. Sé que un día faltará, y aunque me va a doler muchísimo, tengo claro que es ley de vida.

La frase me encanta: ley de vida. Al final todas las cosas tienen leyes, márgenes, de los que no podemos escapar. Es curioso que, paradójicamente, sea la ley la que nos hace libres. Esto lo vimos en filosofía. Yo no me lo había planteado nunca, pero es verdad. Somos libres, aunque vayamos a morir un día. O somos libres porque un día ya no estaremos sobre este mundo y todo lo que hicimos, lo bueno y lo malo, estará ya a salvo en el tuerto e inseguro olvido del que habla Sergio. Pero volviendo al tema de los finales: hoy es el final de este diario, y esto también es ley de vida. Tendría que haber sido una crónica sobre las vacaciones que pasé en casa de Alba, pero la cosa se fue complicando, y no sé qué ha acabado siendo. De verdad lo digo. Ayer por la noche lo leía y pensaba, otra vez, sobre la memoria. No tenía ganas de nada, pero me acordé de Sergio. Me dolió recordar todas las veces que lo he llamado muerto y no sé por qué, pero me salió escribirle un Whatsapp. No decía mucho, sólo que había estado pensando sobre la memoria, sobre los recuerdos y me había entrado un poco de mala gana. “La memoria es como un vaciadero de basura”, me dijo. La frase es de Borges. Lo bueno de Sergio es que tiene un senado de sabios dentro de la cabeza. Te suelta cosas y sabes que la autoridad no es la de un tío de 16 años tan mierda cómo yo, sino la de alguien como Shakespeare, o Borges, o alguno de estos… un sabio, vamos. Sergio es una máquina expendedora de frases. Además las clava, y las sabe explicar. Yo no supe qué responder, pero saber que todos, en la memoria, acumulamos basura, mierda, cosas inservibles, me calmó.

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La verdad es que mientras repasaba este diario sufría, porque no refleja casi nada las vacaciones en casa de Alba. Estuvimos 8 días, o sea, 192 horas. En todo ese tiempo ha habido mucho más que fiesta ibicenca, besos con Alba y paseos en Harley. Más que tardes de música y mañanas cocineras. Más que siestas, juegos de cartas, discusiones y ralladas. De todas formas, lo que me llevo, lo que se queda en mi memoria, lo que va a perdurar para siempre si decido conservar este diario es eso. El año pasado, cuando me puse a escribir por primera vez terminé diciendo: “Hasta aquí todo lo que ha sido el summercamp. Creo que no me dejo nada, y si me lo dejo es que tampoco era tan importante, o que no lo he querido contar para no recordarlo cuando sea viejo, ni para que dure cien o doscientos años, como decía la Nerea. Ahora hay que cerrar esto, ponerle punto final y volver a la vida normal y corriente”. Parece ser que el año pasado, aunque sabía muchísimas menos cosas, lo tenía más claro. Si he escrito lo que he escrito es porque eso era lo que tenía más importancia para mí, pero aún así no me siento bien. Sé que me he dejado muchísimas cosas y que no he podido cumplir con las expectativas que me había marcado al principio. Todas estas páginas me parecen inservibles, como un examen suspendido. El diario se ha hecho viejo, ha perdido facultades. Este cuaderno está también en tiempo de descuento, hay que dejarlo ir: es, también, ley de vida.

Lo peor de todo es que, mientras me planteo si conservar esta pieza de la memoria, me lamento de que sea una muestra parcial, sesgada, de mi verano. Lo horrible, lo atroz, es que no sé si quiero ser cómo soy en estas páginas. Me leo y me asusto. ¿Por qué he hablado tanto de mis ralladas y tan poco de las veces en las que he llorado de risa? ¿De verdad soy así? Lo monstruoso de la memoria escrita es esto: la imposibilidad de negarse a uno mismo. Por eso tengo que acabar este diario. Ponerle punto y final y, en todo caso, empezar otro. A este bloc le quedan páginas en blanco. Pues que así sea. Que se queden aquí, encerradas entre estas tapas de cartón. Lo que necesito ahora son otras páginas blancas. Unas que no pertenezcan a la misma serie. No me basta con pasar página. Necesito cerrar el libro. Empezar uno nuevo. Yo he sido este diario: mis dudas, Alba, Vanesa… Pero se ha acabado. No da más de sí. Ahora quiero ser más, otra cosa, otras palabras. Esta historia se ha acabado. No tiene sentido estirar la narración de unas vacaciones que ya hace siete días que terminaron.

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Estas últimas páginas las escribo desde otra estación, la del Nord. Hace unos días dejaba a Alba aquí y hoy el que se despide de mí soy yo. Adiós David, adiós. Seguiré teniendo dudas y probablemente las vuelva a escribir, pero eso será en otras páginas. He sido la tinta de estas: he sido un mar de dudas, la incertidumbre encarnada y el placer infinito que me dio fumarme un cigarrillo mientras Alba me acariciaba la nuca y yo miraba sus piernas apoyadas en el muro del balcón de su casa. Fui todo eso, pero ahora quiero más. Ahora lo que toca es pasar este fin de semana con Alba. Aparcar las dudas, aunque sea un momento, y dejar que las cosas se contesten solas. Creo que este último año he estado tan pendiente de lo que pasaba por mi cabeza que se me ha escapado parte del mundo, del presente, de la realidad. Si hubiera pensado menos y mirado más, si hubiera vivido más el mundo y menos los pensamientos, quizá tendría más respuestas. Quién sabe. Lo único que puedo hacer es probarlo. Ya sé que no voy a poder apagar el cerebro, pero ahora tengo una cosa muy real y muy presente a la que dedicarle toda mi atención.

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No sé qué contaré en mis próximos diarios, pero sí sé cómo lo quiero hacer: si quiero mejorar mi vocabulario, si quiero meter palabras nuevas, simplemente lo haré; como ayer o como hoy. Sin perderme tanto en decirlo y explicarlo. Creo que fue Carlitos el que me dijo que yo era mi peor enemigo. Si me recreo en mis miedos y en mis dudas estoy vendido. Claro que me acojona plantarme en casa de Alba otra vez, con sus padres, si es que este fin de semana van a estar allí, que aún no lo sé. Me muero de vergüenza y cuando lo pienso me echo a temblar, pero lo mismo no hace falta que vuelva a llenar un día entero del diario hablando sobre eso. Al final la vida no pueden ser los miedos que tenemos, sino los logros que conseguimos saltándonoslos. Ya me lo decía Sergio, que todos estamos igual, que de eso se trata ser adolescente, de no tener ni idea; pero que tenemos que luchar contra nosotros mismos e ir un paso más allá. Sino, muerte en vida.

En fin, hasta aquí ha llegado este diario, este olvidóseme decir. Con sus cosas buenas y sus cosas malas. Quizá desaparezca o quizá perdure, aún no lo sé. Ahora no quiero ocuparme de esto, quiero dejar que el pasado pase. Lo más importante ahora es lo que vendrá. En poco más de hora y media voy a volverme a reunir con Alba. Aún queda mucho verano por delante. Quizá tenga que coger más autobuses, o más trenes, o más metros que me lleven hasta su casa, sea cual sea: la de Barcelona o la de la playa. Quizá ella venga también a la mía y descubra mis muebles heterogéneos y mi lavabo de baldosas con sarro. Quizá yo me ponga a inventar personajes, o siga escribiendo como hasta ahora. Sea como sea no será aquí, no en estas páginas. Este diario se termina y serán otros los que vendrán. Lo que está claro es que mañana no habrá más. No aquí. Este fin de semana no quiero quitarle tiempo a la vida, no quiero perderme ni uno solo de sus detalles. Quiero vivirlo todo y luego, si eso, ya me pondré a recordar.

Sin nada más,

FIN

David Alcaraz,

31 de julio – 14 de agosto de 2015.

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OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 14: LOS OTROS. EL PASADO, PASADO

Diario:

¿Qué pensarían las personas que aparecen en mi diario si alguna vez leyeran estas páginas? ¿Qué pensaría Alba si se viera aquí reflejada, a través de mis ojos y mis palabras, si supiera todo lo que me hace sentir, las dudas que me genera, las cosas que le oculto, cómo veo a su familia o qué se me pasa por la cabeza? ¿Qué pensaría la vieja, o Juan, o Sergio y Carla; qué Carlitos, qué Vanesa, qué los Souliman, o los profes…? ¿Qué pensarían de ellos mismos o qué pensarían de mí? ¿Cuánto de privado son mis diarios? Quiero decir, ¿quién me dice a mí que, cuando no estoy, la vieja no revuelve en mis cosas y se pone a leer qué pasó el día que Mohammed se rompió el dedo, qué hice el martes 11 de agosto de 2015, o por qué no soporto al profe de gimnasia? ¿Cómo sé que Sergio no se pasó el summercamp entero sabiendo que le llamaba loco, que me daba miedo que fuera un asesino en serie la primera vez que lo vi, o que el culo de Carla me ponía a cien?

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Escribo y con la escritura expongo mis secretos, mis recuerdos, la forma que tengo de ver el mundo, las cosas que hago o dejo hacer y la opinión que tengo de las personas, los sitios y los acontecimientos. Digo que escribo para recordar, pero no sé si todo lo que escribo voy a quererlo recordar alguna vez. Con Alba, por ejemplo, si la cosa funciona, si aguantamos años el uno junto al otro y envejecemos hasta los cincuenta o los sesenta y un día me pide que leamos los diarios, ¿voy a querer recordar que me besé con Vanesa? ¿Cuánto daño podría hacerme eso a mí, y a ella, claro? ¿Por qué me empeño en rescatar la memoria, en anclarla al presente y hacerla eterna? Si lo escribo, si lo materializo a través de este boli y este cuaderno, ¿no me estoy atando a un pasado que a veces es mejor dejar atrás? Verba volant scripta manent, que dicen los de latín. No sé si ahora que tengo algo en el futuro de qué preocuparme me estoy tirando piedras a mi propio tejado. El pasado ya ha pasado, y como dice Sergio, “deberían quedarse medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido”. El pasado, pasado. El pasado, pa-sa-do.

Quizá debería inventármelo todo, ser un personaje de mi mismo, como en una obra de teatro, en la que el actor sale a escena con su voz y con su cara, pero no es él; es otro. Es Romeo, o Macbeth, o Otello. Quizá si hiciera eso, si lo inventara todo, todavía podría servirme para poner mis ideas en orden y mejorar mi vocabulario. Podría ser un personaje llamado Daniel, por ejemplo, que tiene algo con una chica, que podría llamarse Alicia, y que hay otra, la Valeria, tal vez, que viene a seducir y confundir al protagonista, creándole un mar de dudas y haciéndolo sentir como una mierda. La conexión que tenemos con el lenguaje es fuertísima: lo que decimos, las palabras que escogemos, las que decimos o las que callamos, eso es lo que realmente somos. Si las pronunciamos puede que no sean oídas, que se pierdan en el aire, o que se confundan. Siempre podemos decir “no, no. No he dicho eso” y corregirnos a nosotros mismos; pero si lo escribimos, ¡ja!, eso ya es otro cantar.

Una vez Sergio se puso a hablar de un escritor, no recuerdo el nombre. Había leído un libro suyo que le había gustado muchísimo y que decía que los oídos no tienen párpados que puedan cerrarse y nos permitan así escuchar y saber. He pensado que tenía razón hasta ahora, porque una palabra oída tiene margen de error, pero no hay forma de borrar lo que uno busca con los ojos, lo que uno lee cuando lo va buscando leer. Estoy pensando seriamente en destruir este diario. Bajar con él un día a la calle y quemar sus páginas. Quizá podría derramar alcohol y arrojar la colilla aún encendida de un cigarro. Podría romperlo en mil pedazos y luego decir que se ha perdido. Borrar de la historia que una vez, a mis dieciséis, no supe qué hacer con mi vida, que mentí a mi madre para estar con una chica, que me sentí mal por no tener un padre con el que compartir cosas, que me besé con Vanesa cuando a quien besaba por aquel entonces era a Alba.

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O quizá debería escribir más. Escribir el porqué de todo lo que hago. Explicar el presente con tanto detalle que no pueda funcionar fuera de sus límites del tiempo. Para que sea, efectivamente, pasado; cuando su tiempo —el tiempo de la acción en el presente— se haya acabado por completo. Podría decir: “me besé con Vanesa porque no sabía qué hacer con mi vida, y me sirvió para darme cuenta de que con quien de verdad quería estar era con Alba. Los errores enseñan y, a veces, es necesario cometerlos. Ahora soy un David nuevo, sin dudas, que sabe sólo quiere besar a Alba”. En fin, parecido a la realidad, aunque también tendría que inventar casi todo. La mayoría de las veces no sé por qué pasan las cosas que pasan, ni por qué hago las cosas que hago. La vida todavía es un tren a toda mecha que viene directo hacia mí. El otro día fui capaz de ponerme en el andén y decidir qué tren quería coger, pero fue una excepción. Normalmente lo que pasa es que me arroya y me hace pedazos.

No, quizá no debería destruir el diario. No está tan mal esto de saber que fui igual de mierda que el resto de mis amigos, que la cagué, que la lié pardísima y que, pese a todo, seguí adelante, crecí, mejoré. Puede que si sigo con Alba y envejecemos y llegamos a los cincuenta o los sesenta y un día me pide que leamos los diarios, no le importe que me besara con Vanesa, si después he seguido con ella. Quizá el pasado, con sus errores, es algo de lo que estar orgulloso. O mejor, quizá es bueno tenerlos registrados para no volver a cometerlos, como pasó con el título de este diario y la catetada que hice escribiendo “olvidó decíseme”.

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Puede que la vieja haya hecho eso de registrar mis cosas, sentarse en mi cama y ponerse a leer. Puede que ya sepa cómo se rompió el dedo Mohammed, o qué hice el martes 11 de agosto de 2015. Si es así, no me ha dicho nada. Hemos desayunado juntos, me ha dado un beso al irse al trabajo, me ha seguido preparando la cena y planchando los pantalones. Puede que sepa que la he mentido, o que he hecho más trastadas de las que ella creía. Si a ella no le importa, ¿por qué iba a importarle a los demás? Puede que Sergio sepa que, cuando lo conocí, me cagué en su estampa, y aún así me sigue recomendando libros y dando consejos. Puede que la palabra no sea tan mala. O que dependa de dónde venga y pueda perdonarse. Es posible que nada de lo que yo escriba sea tan malo, al fin y al cabo.

Es probable que con todas mis dudas, mis engaños, mis travesuras y mis errores, sea una buena persona. Un buen nene, como dice la vieja. Al final la vida viene como viene, nos toca vivirla como cae. Puedes ser un cabrón, o puedes ser legal. Yo creo que soy de los segundos, aunque a veces, no nos vamos a engañar, pondría a todo cristo en fila y no dejaría ni uno sano. Quién me iba a decir a mí que el día que pretendía ponerme a pasear por mi mente me iba a salir esto. En fin, qué le vamos a hacer, las ideas también vienen como vienen. Mañana más.

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