OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 13: AYER (MARTES, 11 DE AGOSTO DE 2015)

Diario:

Ni siquiera sé cómo contar el día de ayer. Durante este diario me he dado cuenta de que, además de que mi vocabulario es limitado, tengo una incapacidad para poder transmitir con palabras algunas de las cosas que me suceden. Lo de ayer es, probablemente, una de estas cosas. Quizá con el paso del tiempo pueda explicarlo todo mejor, con más detalle; ahora voy a hacer lo que pueda.

Llegué a casa de Alba bastante temprano. Estaba a punto de llamar al interfono cuando me abrieron la puerta y me preguntaron qué quería. Era el portero. Me quedé flipando. Era la primera vez que estaba en una escalera que tuviera portero. Yo pensaba que eso ya no existía, que eran historias de mi abuela. Le dije que iba al piso de Alba y me dejó pasar y me llamó él mismo al ascensor. Me sorprendió que lo hiciera, al fin y al cabo se trata de apretar un botón. Yo, para eso, no necesito portero, pero supongo que si todos pensaran como yo esta gente no tendría curro. Alba me recibió en la puerta de su casa. Estaba guapísima, y eso que iba un poco de estar por casa: un pantalón corto, una camiseta y unas chanclas. Nos besamos. Nos besamos un buen rato. No es que nos saludáramos con un beso, no. Es que nos besamos como si nuestro lenguaje fuera ese, los besos. Supongo que sí, que nuestro lenguaje es ahora ese, o por lo menos, también es ese. Me fijé en su olor. No era la primera vez que lo hacía. Ya hace unos años que las chicas han empezado a oler bien, quiero decir, ya sé que no es una cosa espontánea, que es que se perfuman. La colonia de Alba me gustó, pero además del perfume que llevaba, lo que me gustó fue su olor, cómo le olía la piel. Yo también me había puesto colonia, aunque creo que dejó de funcionar durante el transbordo de Paseo de Gracia. No llegué muy sudado, pero sí más sudado de lo que pretendía.

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Era la primera vez que quería causar buena impresión, más allá de la ropa o el peinado. Esa mañana, en la ducha, me había frotado a conciencia —incluso las uñas, que también me había cortado—, me había pasado palitos por los oídos, me había afeitado los cuatro pelos que tengo por barba, me había peinado, perfumado, y me había tirado más de lo normal frente al armario, escogiendo qué me ponía. Durante un buen rato pensé en ponerme pantalón largo, pero sabía que me iba a morir de calor, así que al final no varié tanto de mi día a día y fui fiel a las bermudas y la camiseta de manga corta.

Alba me invitó a pasar. Me cogió el diario de los profes y la caja del sombrero y me llevó a la cocina. Su piso se veía grande, aunque no como la casa de la playa, claro. La cocina era blanca, de líneas rectas. Muy moderna. Tenía una nevera enorme, de esas de doble puerta que echan hielo, o sea, que tienen un dispensador, como las de las películas americanas. Había una mesa con cuatro sillas. Alba había preparado algunas cosas para desayunar: fruta, mermelada y mantequilla. Me dijo que me sentara, que ahora tostaba pan y me traía café y zumo. La tía se puso a exprimir naranjas mientras se calentaba el agua de la Nespresso. Yo la miraba hacer, desenvuelta, sacando cada cosa de su cajón, sin dudar. Su portátil estaba en la cocina y sonaba música desde su Spotify. Alba canturreaba, silbaba, y, de vez en cuando, se movía medio bailando. “Me gusta mucho esta canción”, me dijo. Yo la seguía con la mirada, entre pasmado y encantado. Cuando se sentó, desayunamos mientras hablábamos de cómo habían ido estos días, de qué había escrito en el diario de los profes y todo eso. Por increíble que parezca no me acordé de Vanesa. Quiero decir que cuando me puse a contarle qué había hecho le dije que me había tomado una palmerita, que había cenado en Can Llaunes, que había hablado con Carlitos, que mi madre fue con Juan a Sitges pero yo me quedé en casa, que jugué a fútbol y fui a la playa… No fue hasta el final, hasta que ella volvió a hablar, cuando se me apareció el cuerpo de la Vane en mi cabeza. Intenté deshacerme de la imagen, prestarle toda la atención a Alba y a sus palabras, pero supongo que la cara me fue cambiando por el esfuerzo y ella no tardó ni un segundo en preguntarme si estaba bien.

“Sí, sí. Perdona. No es nada”, le dije, y bebí un poco de café o de zumo, no sé. Con el recuerdo de la Vanesa se me había secado un poco la boca. Alba siguió contándome sus cosas. Me preguntó por las canciones de los discos que me había enviado. Le dije que las había buscado con el Shazam, la que más me gustaba y todo eso. Escuchamos alguna y me las estuvo traduciendo mientras la música sonaba. Qué flipe de tía, como lo parte con el inglés. Cuando salían palabras difíciles —bueno, difíciles para ella, para mi eran imposibles— me contaba historias sobre cómo las había aprendido, o de dónde venía o cosas así. Alba disfrutaba haciendo lo que estaba haciendo. Disfruta de la música, del idioma y de saber que su nivel de inglés era bueno. A mí me daba una envidia sana: ojalá yo pudiera, algún día, tener ese nivelazo de inglés.

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Ayudé a Alba a recoger las cosas del desayuno, aunque fue un momento porque como tenía lavavajillas sólo hubo que meterlo todo allí y poco más. Me había propuesto ir a dar una vuelta por Gracia, así que fuimos para allí. Para mí todo eso era nuevo. Me enseñó calles, tiendas, restaurantes, plazas… Me contó mil historias, hicimos bromas, nos reímos, nos sacamos fotos… fue una mañana genial. Alba me llevó a tomar una cerveza a una bodega donde la gente hacía el vermut. ¡Qué sitio tan guay! Me enamoré al momento. La cerveza estaba buenísima y nos pusieron unas olivas de vicio. Volvimos a casa andando. Ya lo habíamos hecho de bajada. No está lejos, pero es un trocito. Durante el viaje de vuelta nos cogimos de la mano, nos paramos mil veces a besarnos. Cada semáforo en rojo, cada escaparate, era una excusa.

Comimos en su casa. De primero ensalada, llevaba queso fresco y aguacate. Yo nunca me había comido una ensalada con queso fresco y aguacate, pero no estaba mal. De segundo tomamos una especie de canelones de verano. Los había comprado hechos, porque los sacó de una caja de plástico de esas que ponen en las tiendas. Estaban buenos, eran ligeros. No puedo decir de qué hablamos, pero sé que no paramos de hablar. Las conversaciones se enlazaban una tras otra, nos escuchábamos, nos reíamos…

Después de comer, Alba me quiso poner una película y nos tiramos en el sofá a verla. No sé cuánto vimos, quizá diez o quince minutos, no más. Nos comíamos a besos. Recuerdo el sonido de los diálogos en inglés desde su habitación. El olor de las sábanas de su cama de matrimonio, su escritorio, su armario, la ropa tirada por el suelo. Alba sobre mí, sólo vistiendo el sombrero Stetson. Mis manos en su cuerpo caliente, recorriéndolo; las suyas en el mío, apretándolo. No lo hicimos. Podríamos haberlo hecho, pero no lo hicimos. No entonces o no todavía. Quizá pronto, no lo sé. Con Alba siempre salen las cosas, como cuando nos ponemos a hablar. Como al llegar a su casa, que estaba nervioso, empezamos a hablar y se pasa. Con ella todo fluye, todo sale solo. Nunca me había sentido así, con nadie.

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Nos quedamos dormidos desnudos. Para mí era la primera vez: la primera que veía a una chica desnuda por completo, la primera que dormía sin ropa, la primera con una chica… La primera vez de todo eso, pero no “mi primera vez”. Cuando me desperté tenía cogida a Alba y mi mano estaba en su pecho. Tenía el otro brazo dormido por el peso de su cabeza y su pelo en mi cara. Esas cosas no son muy románticas, pero son. Quiero decir que existen, que forman parte de todo eso. Apreté a Alba contra mí. Quería notar su espalda contra mi cuerpo. Se despertó y nos duchamos. También fue la primera vez que me duchaba con una chica. No sentí vergüenza a la desnudez, y ella tampoco. Me sorprendió un poco, pero no en ese momento, sino ahora que lo escribo. Había oído historias de amigos, de situaciones loquísimas… Con Alba no fue así. Fue, no sé cómo decirlo… natural, sí. Creo que natural es la palabra.

Alba se secaba el pelo. Yo me vestí y me salí al balcón de su habitación (su habitación tiene balcón) y me fumé un cigarro. Salió a por mí y le dio un par de caladas. Nos sentamos en unas sillas que tenía. Ella apoyaba los pies en el murito del balcón. Yo le miraba las piernas mientras fumaba y ella me acariciaba la parte de atrás de la cabeza. No puedo describir eso, ese instante, esa sensación. No sé cómo contarlo, pero cómo me sentía en aquel momento es cómo me quiero sentir el resto de mi vida. Se habían apagado todas las ralladas de mi cabeza: no había dudas, no había Vanesas, no había suspensos, no había futuro incierto… sólo había un sol de tarde, la mano de Alba en mi cabeza, el humo de un cigarro y mis ojos puestos en sus piernas.

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Recogimos y la acompañé a la Estació del Nord, la estación de autobuses. Alba se volvía a la casa de la playa. Me dijo que volviera a ir el fin de semana, si quería. Tendré que hablarlo con la vieja, porque me muero de ganas. Cogí el metro en Arc de Triomf y volví a casa solo, en silencio. Escuchaba música y pensaba, a cada canción, en lo que había pasado ese día. Llegué a casa sin ganas de hablar. No cené. La vieja se lo debe de oler fijo, pero me da igual. Hoy por la noche le diré que Alba me ha invitado a volver a pasar el fin de semana con ella. A ver cómo se lo toma. Ahora voy a ponerme a hacer ejercicios del cuadernillo para ir allanando el terreno. Mañana más, pero no creo que mejor.

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OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 12: MUY FUERTE

Diario:

Lo de ayer con la Vanesa fue muy fuerte. Habíamos quedado para vernos por la tarde. Yo pensaba que la tía me iba a montar otra pajarraca como la de la del domingo, pero me propuso ir a la playa y a mí no me pareció mal. Pensé que en un espacio público me la liaría menos, si es que me la iba a liar. Cuando vino a buscarme estaba como siempre, como la recordaba. Es que la Vanesa es una tía guay, siempre lo ha sido. Tiene su carácter y va muy a su bola, quiero decir, que siempre hace lo que le apetece, si algo no le apetece pues no lo hace y ya está. La verdad es que me sorprendió que se pusiera así conmigo, aunque también entiendo un poco que le entrara la rallada. Durante el camino estuvimos hablando muy normal, incluso nos hicimos bromas y nos reímos juntos. Yo a la Vanesa siempre le he hecho mucha gracia, quiero decir, que siempre se ríe mucho conmigo. Yo también me lo paso bien con ella, o me lo pasaba, porque desde que cortamos casi no nos vemos.

El verano pasado había ido alguna vez a la playa con la Vanesa. Ella sabe que a mí me gusta más ir a Montgat, así que fuimos directos a la estación. Cuando llegamos a la playa todo fue normal: plantamos la toalla, yo me di un baño, ella se tumbó al sol y al poco empezamos a hablar. Me estuvo preguntando cómo me había ido este año, qué planes tenía y todo eso. Yo le conté que me habían tumbado tres y que andaba más colgado que un chorizo, que estaba que no estaba y que necesitaba tiempo para pensar en las cosas importantes; en fin, que tenía un cacao en la cabeza de tres pares. Vanesa me entendía y me decía que ella estaba igual. Que no tenía ni idea de qué hacer con la vida y que le costaba mucho concentrarse en todo, que andaba de pensamiento en pensamiento. Claro, igual que yo. Yo con ella siempre me he entendido muy bien y como nos tenemos confianza siempre ha sido muy fácil hablar con ella. Poco a poco fueron saliendo cosas que hicimos cuándo estábamos juntos: las playas, los cines… Yo me acordé de cuando me ponía la mano en la pierna en clase, y de los masajes que me daba con las uñas y las puntas de los dedos. Me dijo que me regalaba uno, así que me dejé hacer. Cuando a ella le pareció me dijo que me ahora me tocaba a mí hacérselo a ella.

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Yo recorría el cuerpo de la Vanesa con la punta de los dedos y no paraba de recordar todas las veces que estuvimos juntos. La miraba tumbada y la tocaba despacio. La tía siempre ha estado muy buena pero ayer estaba que se salía, a ella también se le ha puesto más cuerpo de mujer. Yo la acariciaba y la notaba respirar profundamente. El pecho se le hinchaba y yo no podía apartar los ojos de sus tetas. Los pezones se le habían puesto duros y yo me estaba poniendo cardíaco. La estaba tocando cerca del ombligo cuando abrió los ojos, me cogió primero del brazo y después del hombro, se giró un poco y me besó.

Nos dimos un beso larguísimo, como los que nos dábamos antes. Mientras nos besábamos yo me empecé a sentir mal. Se me apareció Alba en la cabeza y pensé que no podía hacer lo que estaba haciendo. Me separé de ella y se lo dije: “no puedo Vane, no puedo”. Me sentía el tío más capullo y más idiota del mundo. Aquel pibón a mí lado, en la playa, para mí… Vanesa me miraba a los ojos y me acariciaba los labios y la cara. La tía estaba sobre mí y notaba sus tetas apretadas sobre mi pecho. Yo la cogía por la espalda. Quería seguir enrollándome con ella, pero me sentía mal. ¿Cómo me pueden pasar todas estas cosas a mí, joder? Tenía que quitármela de encima, respirar, despejarme. Si no me apartaba la iba a liar pardísima. Le dije que necesitaba darme un baño y me levanté como pude sacándomela de encima. Nadé hasta la boya y me quedé un rato ahí, pensando. La boya es una de las mejores cosas de la playa. Está lejos de la orilla, así que casi nunca hay nadie. Cuando llegas notas que el suelo está tan abajo, tan profundo, y la boya es tan grande, que te sientes pequeñísimo por fuerza.

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Cuando volví a la toalla Vanesa se había quitado la parte de arriba del bikini. La madre que la parió, lo que me faltaba. Estuve por volverme al agua, pero me quedé en la toalla. Me sequé un poco y me encendí un piti. Vanesa me dijo que me tenía que poner crema o me iba a quemar. Yo la vi venir de lejos y le dije que no, que no… que si eso ya me la ponía yo, que si me la ponía ella ya sabía cómo iba a acabar la cosa. La tía se reía, pero no paraba de buscarme: me abrazaba por la espalda, me hablaba al oído, me daba besos en el cuello. Joder, a mí me iba a dar un infarto. Al final le tuve que decir que parara, que me estaba poniendo malo y que no podía ser. Me tuve que poner un poco borde y decirle que ya estaba bien, que ya habíamos tenido lo nuestro y que ahora yo estaba a otras cosas. Se quedo un segundo callada. Se puso el bikini y se fue al agua. No sé cuántos cigarros me fumé en ese rato. Me los estaba comiendo. Quería desaparecer, borrar esa tarde, que no hubiera sucedido. Cuando volvió a la toalla le dije que me quería ir. Nos secamos, recogimos y nos fuimos. Durante el camino hacia la estación y en el tren no hablamos nada. Yo no sabía qué decirle y supongo que ella a mí tampoco. No sé qué pretendía ni a qué estaba jugando, pero todo, en general, había sido un golpe bajo. Joder, la Vanesa es un cañón de tía, y cuando estuvimos juntos yo me sentía el rey del mundo, pero ahora… Claro que físicamente me pone un montón, pero bastante mierda tengo ya en la cabeza como para cargar con esto también. Me sentía mal. Mal por Alba, mal por Vanesa y mal conmigo mismo por no saber lo que quiero. Bueno, supongo que si no le seguí el rollo a la Vane es porque sí se lo quiero. Mira, al menos algo se va aclarando.

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Cuando llegamos a Badalona Vanesa me dijo que ella se quedaba ahí, que estaban unas amigas suyas y las iba a ver. Yo me subí a casa solo, caminando, así que tuve un rato para pensar en lo que había pasado: Vanesa se me había puesto a tiro y le había dicho que no. Eso es una decisión. Una pedazo de decisión. Decir no es decidir. Seguía sintiéndome mal, pero empezaba a sentirme orgulloso. De todas formas, no iba a poder contárselo a nadie. No iba a poder decirle a Alba: “Ei, mira lo que me ha pasado: ayer me estaba enrollando con la Vanesa y le dije que no quería seguir comiéndole la boca porque he decidido que tú eres más importante”. Manda huevos. Es la primera vez que me doy cuenta que tomo una decisión que me cuesta un esfuerzo y no se la puedo explicar a nadie. Bueno, es igual. Al menos yo sé que eso lo llevo dentro, mi primera decisión, o la primera de la que soy consciente. ¿Ves como poco a poco todo va saliendo solo? Al final va a resultar que no soy tan panoli.

Cuando subía para casa me paré un rato y le escribí un Whatsapp a Carlos T. Quería saber si estaban jugando a fútbol en algún sitio. Me apetecía pegarle chutes al balón, correr, desahogarme un poco. Estaban en el Iris. Tuve que deshacer casi todo el camino que había hecho hasta casa, pero valió la pena. Es un campo pequeño, y como estaba enchufado jugué con toda la rabia, rapídisimo. Jugamos contra los mismos chavales del otro día. Nosotros éramos cinco y ellos seis, así que ellos jugaban con un cambio, pero esta vez les pegamos una fundida. Los Souliman se portaron mejor, supongo que porque siempre estuvimos ganando y no se cabrearon tanto y no repartieron ninguna patada trapera. Nos fuimos de allí que ya era de noche y cuando llegué a casa la vieja me preguntó que dónde había estado. No le dije nada de la Vanesa, sólo que había ido a la playa y a jugar a fútbol. Me dijo que eso no podía ser, que me habían quedado tres y que si pensaba que iba a poder estar todos los días haciendo lo que me diera la gana lo llevaba claro. Me cagué porque me castigara y me dejara sin poder ir a ver a Alba. Así que jugué el papel de niño bueno y le dije que tenía razón, que lo sentía muchísimo. Que iba a trabajar. Que iba a trabajar muchísimo. Que estos días en casa de Alba me han servido para darme cuenta que tengo que centrarme más, pero que necesitaba salir a dar unos chutes, que de verdad lo necesitaba. Le estuve contando a mi madre cosas sobre los libros de los que habíamos hablado. Le dije que quería leer más, que le había pedido a Sergio una lista de libros, que quería mejorar mi vocabulario, que a veces me sentía un tontaco y que quería sentirme tan listo como ellos. La vieja me miró un momento en silencio. Estaba extrañada por cómo había respondido yo a su bronca. Me dijo que muy bien, pero que me aplicara con las tres que me habían tumbado. Y que me dejara de tanta Play y tanto fútbol y tanta playa. Que este verano me tocaba currar. No me dijo nada de que hoy no saliera, así que yo tampoco se lo recordé.

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Esta mañana cuando mi madre se iba de casa me dijo que qué me sacaba de comer y entonces he aprovechado para decirle que hoy no comía en casa, que había quedado con estos para hacer lo del diario. Me ha mirado con los ojos que pone ella cuando se medio enfada. Me ha dicho que no me olvide de lo que hablamos ayer, y que a ver si me pongo luego un poco con el cuadernillo de ejercicios que me dieron en el insti. Yo le he dicho que sí, pero que esto no era Play ni fútbol, que era ir a escribir… “Mucho escribes tú”, me ha dicho ella, como echándomelo en cara. No me ha sentado muy bien, porque, joder, se supone que escribir es una cosa buena, ¿no? Quiero decir, entre jugar a la Play y escribir mejor escribir… En fin… yo creo que la vieja se huele algo. Ya se sabe que las madres, al final, acaban sabiéndolo todo. En un rato he quedado con Alba en la puerta de su casa. Tengo una excursión hasta allí. Llevo el diario de los profes y el sombrero que me regaló Alba. Me mandó un Whatsapp y me dijo que lo cogiera. Voy a salir ya, así que hala: mañana más.

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OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 11: EL RETORNO DE LA VANESA

Diario:

Ayer me pasé buena parte del día escuchando los cd que me había enviado Alba en el paquete. No tenía el nombre de las canciones, ya que me lo había metido en sobres, y cada vez que sonaba una la buscaba con el Shazam. ¡Había un montón con nombres de tías! Que si Lola, que si Cecilia, que si Cindy, que si Ophelia, que si Victoria… ¡qué barbaridad! En la carta me decía que podía llamarla con otro nombre, un nombre cowboy, que escuchara los discos y que a ver si sabía cuál era. Pero, joder, hay tantos que no tengo ni idea. Espero que no sea una cosa súper importante, porque no sabría qué decirle. De todas las canciones con nombre de mujer la que me hace más gracia es Lola, pero la que más me pone es Ophelia. Tiene un algo que no sé cómo describir. Me sale decir la palabra “punch” o la palabra “roll”. Ya me extraña que sean palabras en inglés, lo mismo es que no voy tan mal, o que las clases de Ana me van sirviendo para algo.

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También estuve escribiendo en el diario de los profes. En verdad me costó un huevo, porque ahora mismo lo único que tengo en la cabeza es a Alba, y no quería escribirle eso a Guillermo y a Nerea. Les empecé contando la conversación de libros que tuvimos el otro día, que me había leído La Celestina, que lo había vibrado con La casa de Bernarda Alba, que este año me había leído El guardián entre el centeno y El principito, y una cosa me llevó a otra y me salió un “olvidóseme decir” y les acabé contando una de las primeras veces que quedé con estos. Normalmente nos vemos en la puerta de la FNAC del Triangle, la que está al lado del Zurich. Cuando llegué les escribí y resulta que estaban todos dentro, chafardeando libros. Subí con ellos, claro, y me estuvieron enseñando cosas que habían leído. Me acuerdo que pensé “madre mía, ¿dónde me he metido?”, por un momento creí que no iba a ser capaz de entenderme con esta gente y que el final del summercamp había sido el final de nuestra amistad, pero los tíos estuvieron haciendo bromas y me hacían tanta gracia y me reía tanto que pensaba que me iban a echar de allí. Ojalá pudiera compartir con ellos la unión que crea haber leído el mismo libro. Supongo que por eso me decepcionó un poco que a mí me enganchara mucho Quevedo y ellos no le dedicaran un poco más de atención. Recuerdo que mientras lo veía en el colegio pensaba que iba a poder hacer broma con ellos, usar un poco sus palabras como “polvo será, mas polvo enamorado”, o variarla y decir mil burradas sobre eso. O el “Érase un hombre a una nariz pegado”, o no necesariamente ese verso, pero sí el de “naricísimo infinito”, que a mí me hace mucha gracia. O decir “poderoso caballero es don Dinero”, bueno este es de Góngora, pero eso da igual. O usar esa primera estrofa del soneto anónimo de “No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tienes prometido;/ ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte”, para decir que algo nos chifla, como le chifla Dios al tío del poema. Bueno, al tío o a la tía, porque como es anónimo no saben de quién es y se han liado a decir que si San Ignacio de Loyola, Santa Teresa, o vete tú a saber…

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En fin, que eso les estaba contando cuando me di cuenta de que me estaba quejando un poco, y me sentí mal. Manda cojones que yo, que soy el que menos ha leído aquí, sea el que pida que los otros lo vibren con mis gustos. He pensado en la cara de muerto que se me queda cuando ellos se ponen a hablar de algo de lo que yo no tengo ni idea y entonces desconecto y me pongo a pensar en mis movidas. Más me valía ponerme a leer, para pillarlos. Si me he enamorado de Quevedo, seguro que puedo enamorarme de los autores que ellos leen. Y eso es lo que acabé diciendo en el diario de los profes: que no tengo ni idea de qué vendrá, pero que con estos tengo buen maestro. Que aunque los primeros días del summercamp me rallé, fue una experiencia guapa y tuve mucha suerte de conocerlos. Que espero ponerme las pilas para que no llegue un día en el que diga “Ayer se fue; mañana no ha llegado;/ hoy se está yendo sin parar un punto:/ soy un fue, y un será, y un es cansado”. Total, que con eso me despedía, que la vida había que comérsela y no dejarse ni las migas. En verdad escribir en el diario de los profes me vino bien y me dio un carga de energía y buen rollo. Eso y la música de Alba, que entre el roll y el punch no paro de sonreír. Son unos temas guapísimos. Hay uno que es flipante y que lo he estado escuchando en bucle un buen rato.

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Me hice la comida y recibí un Whatsapp de los colegas propiendo un fútbol en el Iris y luego una playa. Ostras, pues era un planazo, así que les dije que sí. A las cuatro, con todo el solano, bajamos a jugar. Estábamos los hermanos Souliman, Carlos T. y Carlos R. y yo. Como éramos pocos se lo dije a Carlitos; si no había nadie para jugar podíamos hacer un tres contra tres. Al final no nos hizo falta, porque cuando llegamos al Iris había unos tíos que también querían jugar. Eran un poco panolis pero tocaban bien la bola y nos dieron caña. Los Souliman, que son unos guarros, les pegaron alguna patada bastante trapera, pero es que los Souliman son unos tíos muy guarretes y muy traperos. Nosotros porque los conocemos desde siempre, pero sino, no sé si es el tipo de peña con la que te quieres juntar. Bueno, por decirlo de alguna manera: es mejor tenerlos de amigos que de enemigos. Los tíos son un poco turbios, aunque luego son bastante leales y buena gente, las cosas como son.

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Cuando estábamos jugando, llegaron las niñas, que también querían venir a la playa. Vinieron Sara, Lidia y Mireia, que son con las que más nos juntamos, y, ¡flipa!, también vino la Vanesa. No es que haya mal rollo con ella ni nada, sólo que la tía está desaparecida porque ahora para con gente de otros sitios y con tíos más mayores. No sé quién la habrá avisado, pero vamos, que cuando la he visto me he quedado un poco flasheado. Yo no les quería decir nada a estos de lo que había pasado con Alba, pero Carlitos se fue de la lengua durante el fútbol y supongo que luego alguno de estos se lo soltó al resto. Me fui a dar un baño un momento y, cuando volví, Mireia me empezó a preguntar que si era verdad que tenía novia y que les contara y todo eso. La Vanesa me miraba con una cara que daba miedo. Yo no soltaba prenda y no paraba de decirles que me dejaran en paz, pero no había forma. Al final Carlos T. ha dicho que era una tía de las que conocí en el summercamp el año pasado. Hostia puta, qué cerdaco. Vanesa me estaba apuñalando con la mirada, yo no lo acaba de entender pero sabía por donde iba. Después de terminar la conversación que estaban teniendo ellos sobre Alba con un “oye pavos, no os metáis en mi vida”, me fui a dar un baño y Vanesa me cogió por banda y me preguntó si el año pasado me había liado con Alba mientras ella y yo estábamos juntos. En fin, que si le había puesto los cuernos. ¡Buah, qué movidote! Yo venga a decirle que no, que de eso nada. Que lo de Alba era cosa de hacía unos días, que no sabía ni qué tenía con ella. Que es una tía muy guay, pero que me cogió por sorpresa que me comiera la boca. Vanesa estaba enfadadísima y no paraba de decirme que conmigo siempre era lo mismo, que no me enteraba de nada. Que al final iba a pensar que lo que pasaba es que me hacía el tonto y blablabla… Yo no tenía ganas de aguantar su chapa. ¿A santo de qué venía? Supongo que me salió la rabia de cuando me dejó, que aunque era una cosa que ya sabía que iba a pasar, siempre te jode, y me fui del agua y la dejé con la palabra en la boca. Vale, no ha sido lo más correcto del mundo, pero oye, bastante tengo yo con mis movidas para que me vengan ahora fantasmas del pasado a calentarme la olla.

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Me fumé un piti para secarme. Me quería pirar a mi casa y se lo dije al Carlitos, que se debía haber quedado con la copla y me hizo la cobertura. Total que, cuando me sequé, recogimos las cosas y nos fuimos. El tío me estuvo preguntando todo el camino cosas sobre Vanesa. Yo me estaba cagando en la puta, porque me había sentado como un tiro que la tía me pegara la chapa y necesitaba desahogarme. Cuando llegué a casa me di una ducha y me puse a jugar a la Play para desconectar, pero al poco llegó la vieja con Juan y se pusieron a contarme todo lo que habían hecho en Sitges. Me estaban enseñando fotos en el móvil cuando llamaron al interfono. Era la Vanesa, ¡manda cojones! La tía quería que bajara para hablar. Total, que para no liarla por el interfono y que mi madre se quedara con la copla bajé. Me estuvo pidiendo disculpas por cómo se había puesto y diciéndome que no tenía motivos: que era mi vida y que si ahora estaba con ella pues que bien por mí, sólo que cuando me ha visto en la playa ha sentido que me echaba de menos y cuando ha oído que tenía novia le ha entrado todo el mal. Yo no sabía de qué estaba hablando, llevaba sin coincidir con ella la hostia de tiempo. Pero espérate, porque en una de estas la tía va y me come la boca. Yo me quedé flipando, porque joder, no me lo esperaba para nada. Le pregunté que qué hacía y la tía otra vez a decirme que lo sentía, pero que me echaba de menos y todo eso… Yo estaba flasheado. Joder, qué verano, la cabeza me va a explotar. Le dije que tenía que subir, que me esperaban para cenar y que ya nos veríamos. La tía venga a darme abrazos y yo allí, sin saber qué hacer.

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Por la noche Alba me estuvo preguntando cómo me había ido el día. Le conté que había estado escribiendo para los profes, y escuchando la música. Y también que había ido a jugar al fútbol y a la playa, pero nada de lo de la Vanesa, claro. Ella me estuvo contando su día y diciéndome que el martes llegaría a BCN lo más temprano posible, que había pensado que podíamos pasar el día juntos, que avisara a la vieja. Dice que a ella lo que le va mejor es que quedemos en su casa, en Lesseps. Joder, yo no he estado nunca allí pero suena lejísimos. Hay una parada de metro, pero es de la línea 3, verde. A mí me sacas de la roja y la lila y ya voy perdido, pero en fin, es lo que hay. Le dije a mi madre que el martes no vendría a comer, que habíamos quedado todos para acabar el diario de los profes. Coló, o eso creo. La verdad es que desde que curro la vieja me hace menos preguntas. También es porque ahora no tengo que pedirle dinero a ella cada vez que salgo, aunque ahora tengo que aguantar que me diga que ahorre y que no me lo gaste todo, que el dinero hay que gastarlo con cabeza y todo eso. En fin, frases de madre.

Hoy por la mañana me ha vuelto a escribir la Vanesa. Dice que necesita hablar conmigo y todo eso. Yo venga a decirle que andaba muy liado, pero ha insistido tanto que le he dicho que nos vemos esta tarde. Miedo me da. Está claro que el mundo se ha puesto en mi contra y no me va a dejar que me ponga nunca a escribir mis movidas, a ver si consigo ponerme en orden. En fin, mañana más.

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OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 10: SÁBADO FAMILIAR Y DOMINGO COWBOY

Diario:

Ayer volví de mi semana de vacaciones con estos y me tocó hacer un poco el papel delante de la familia. Por supuesto no les conté lo que había pasado con Alba, pero algo debieron notarme, porque después de comer me dijeron que estaba un poco raro. Yo les decía que estaba cansado y que quería descansar. Coló bastante, o eso creo. En verdad lo que quería era meterme en mi habitación y ponerme a escribir, pero qué va: imposible. La vieja se empeñó en que fuéramos a pasear y a tomarnos una horchata a la Calle del Mar, que hacía una semana que no nos veíamos y que me habían echado mucho de menos. Entendido. Era lo que tocaba. Total, que fuimos para allí. Menos mal que les hice caso, ya casi no me acordaba que las palmeritas es de lo mejor del verano. Ah, qué riquísima esa mezcla de horchata y granizado de limón. Estuvimos toda la tarde andando por el paseo y acabamos cenando en Can Llaunas. Qué pasada de bravas y de bocatas hacen estos tíos. Yo no paraba de pensar en lo grande que es el mundo, pero en lo que mola este mundo pequeñito que es mi ciudad, mi Badalona: la Rambla con sus palmeras, el Pont del Petroli, el frankfurt de la calle del Mar, el puerto nuevo, el paseo, los chiringuitos… Es casi como vivir en el Caribe, qué coño. Además esta ciudad es muy manejable: andando te plantas en cualquier lado y tenemos un montonaco de playa. Vale, a mí me gusta más coger el tren e ir a Montgat, pero es por vicio. La playa de Badalona está bien y ahora la que está cerca del puerto mola mucho. También están las casetas de la Doncella. Alguna vez nos hemos colado y tiene ese punto viejuno pero selecto que también mola un montón. Lo que no es tan guay son todas las pijas casposas del centro que te miran por encima del hombro, como si les estorbaras, como si no tuvieras derecho a ser de esta ciudad… Esta peña sí que me jode la existencia: a ver por qué no pueden tener dinero sin ser repelentes, o directamente subnormales. A ver por qué no pueden ser como la familia de Alba, que seguro que tienen pasta a aburrir, pero me tratan bien y me aprecian tal y como soy, venga de dónde venga, tenga lo que tenga o sepa lo que sepa. En fin, gente idiota hay en todos los sitios, eso seguro.

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Llegando a casa, Carlitos estaba asomado a la ventana echándose un piti y me llamó. Me preguntó qué iba a hacer y le dije que nada, que ya habíamos cenado. Se bajó un rato y estuvimos en un banco de la plaza poniéndonos al día. Le conté que con lo de Alba estaba rallado, que éramos de mundos distintos y que estaba cagado por decepcionarla. El tío se echó a reír y me dijo que de eso nada. Que si le gustaba era precisamente porque éramos de mundos distintos. Que para ella yo era como un tío exótico. Que yo era de otro mundo, igual que ella era un mundo nuevo para mí. Me ha dicho que si a la tía le había molado, que no me rallara tanto y me dejara hacer. Le estuve contando cómo era su familia y su casa y todo eso y el tío me dijo que dejara de rallarle y le dijera si ella me molaba o no. Pues esta es la movida Carlitos, esta es la movida: que somos cantidad de amigos, no sé si hacemos muy bien en liarnos o qué. El tío dice que en general liarse con los amigos es una movida que no sale bien, pero que en todas las reglas hay excepciones, y que lo mismo nos iba de lujo. Que sólo lo iba a saber si lo probaba. No paraba de insistir en si me molaba, si estaba buena, vamos. Yo venga a decirle que sí, pero él venga a insistir. Al final le tuve que enseñar fotos. Carlitos flipaba. Me dijo era un pibón y que olé mi polla otra vez. Que menudo campeón estaba hecho y todo eso que decimos los tíos, en fin.

Me sorprendía la manera en la que me hablaba Carlitos, porque él siempre es un tío serio cuando hablamos de temas importantes y ahora estaba muy pasota. Cuando se lo dije me contestó que la mayoría de veces estas cosas de los tíos y las tías son incomprensibles, así que lo mejor es no pensar mucho y actuar por instinto: si los dos estáis bien es que estáis bien y sino, no estáis bien. Joder, Carlitos… hijo mío, menos mal que te conozco, porque sino ahora mismo te mandaba a solicitar una paga. Menuda subnormalidad me acabas de soltar. El tío me dijo que sí, que me callara la boca, que el que andaba subnormal aquí era yo, y que lo que tenía que hacer era dejarme de hostias. Que la cosa era mucho más simple y que no tenía que rallarme tanto con qué esperaba ella de mí. Que lo que tenía que tener claro era si yo quería tener una relación con ella así, de más que amigos. Yo le dije la verdad: que no me lo había planteado nunca. Me contestó que yo era un tontaco, y que seguro que se veía a kilómetros que la tía andaba por mí. Le conté que Sergio también me lo había dicho y que seguro que yo era un tontaco, porque si hasta él, que sólo le presta atención a la letra escrita, se había dado cuenta es que la cosa estaba bastante clara. “Claro, melón. Si hasta el muertaco ese que tú dices se ha dado cuenta lo que pasa aquí es que tú estás tolai total. Mira nen, llevas un cacao en la cabeza que ni tiene sentido ni sé a qué viene. Aquí tú eres tu propio enemigo. ¿Qué es eso de que te da miedo decepcionarla? Pues no dices que tú no te habías coscado de nada y que ha sido ella la que te ha comido la boca? Joder, pues tú a lo tuyo. Si luego a la tía no le molas es su problema, ni que estuviera contigo por pesado, ¿no?”.

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Joder. Menos mal, Carlitos. Menos mal que ahora sí me dices cosas con sentido y me das una colleja que me sacuda de toda esta paranoia que me he montado. De todas formas, la movida es que Alba se ha convertido en mi mejor amiga este año. Si la liamos y todo se va a la mierda va a ser un palo muy gordo, porque no es sólo como cuando me dejó la Vanesa, que yo ya sabía que la cosa iba a durar hasta que ella quisiera, es que yo no quiero perder a Alba. Me dijo que me entendía, pero que no hay ningún seguro para eso, que o me la juego o no me la juego. También que, si me rajo ahora, es muy probable que la tía se ralle y joda lo que hay; mientras que sí sigo puede que se joda, pero que la tía es un pibón y si encima es mi mejor amiga pues es como que te toque la lotería, así que que no haga el primo y me tire de cabeza. “¿Qué somos, leones o huevones? Pues eso, David, pues eso”. Echamos el último piti y nos subimos a casa. Por último me dijo que no me rallara y que fuera haciendo y a ver qué pasa. Que la mayoría de veces las preguntas que nos rondan la cabeza no son ni tan urgentes ni tan importantes y que en estas cosas todo se acaba contestando solo.

Ya en casa hablé un poco con Alba por Whatsapp. Ayer pasaron todo el día en Cadaqués. Durmieron allí y hoy querían ir a Roses a pasar el día. No paraba de decirme que ojalá estuviera con ella, que se habían comido un arroz con bogavante que me habría encantado. Me mandó fotos y sí, joder, seguro que me habría encantado. La tía no paraba de preguntarme cómo estaba y yo le decía que estaba bien, pero que también estaba cagado. Ella se reía y me decía que era muy mono, y que no tenía que tener miedo de nada. Que ella estaba genial y que quizá yo tenía otros tempos, pero que a ella ya le estaba bien, que me entendía y que no quería agobiarme. Yo le decía que tenía mil preguntas que hacerle, pero que no acababa de atreverme. Me ha contestado que no me preocupara, que podíamos hablar largo y tendido, que el martes tenía pensado bajar a BCN y que si quería nos podíamos ver un rato. Joder, pues claro. El martes nos vemos.

***

Esta mañana, a las 9, ha venido a casa un transportista de Seur que traía un paquete para mí. ¡Qué ilusión! Era la primera vez que recibía un paquete y he tenido que salir a firmar y poner mi DNI y todo. Era una caja bastante grande. No tenía ni idea de qué había dentro ni quién la enviaba. La vieja me ha preguntado que si de verdad era para mí, claro, es que en casa nos hemos quedado todos flipando. Al abrirla yo he sabido de seguida quién la enviaba y me he puesto un poco rojo. El paquete lo mandaba Alba y dentro había el diario que estábamos escribiendo para los profes, unos cd de música y una caja de color plateado en la que ponía STETSON 150. Juan y la vieja estaban flipando y no paraban de preguntar qué era eso y decirme que qué bonito todo. Cuando les he dicho que esto era cosa de Alba me han dicho que era muy mona y que tenía que llamarla para darle las gracias. Yo les he dicho que sí, pero que antes tenía que verlo todo bien para saber qué decirle.

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El plan de hoy en casa era ir a Sitges a pasar el día, pero como yo he recibido esto les he dicho que si no les importaba que me quedase en casa, que quería escuchar todas las canciones y escribir un poco en el diario de los profes. La vieja se ha hecho la remolona y me ha dicho que podía escuchar la música en el coche, pero Juan se ha puesto de mi lado y le ha dicho a la vieja que no pasaba nada, que podían ir ellos, que a mí me vendría bien tener un día para mí. Un domingo de Rodríguez. Cuando he abierto la caja plateada hemos visto que había un sombrero de cowboy y Juan ha dicho que mi domingo iba a ser de cowboy. A todos nos ha hecho mucha gracia, pero la vieja, que es más curiosa que un gato, me ha preguntado por qué me enviaba esto y yo le he dicho que no lo sabía. Que el sombrero era parecido a uno que tenía su padre, que se lo puso los días que estuvimos en la casa y que a mí me flipó bastante, que supongo que lo haría por eso. Mi madre ha estado diciendo que un sombrero así era un regalo muy caro y que si estaba seguro de que era para mí. “Joder mamá, ¿pues no ves que el paquete está a mi nombre?”. La vieja no paraba de insistir en que llamara a Alba y yo que sí, pero que se esperara un poco y dejara de agobiarme. Menos mal que Juan se estaba quedando con la copla y le ha dicho “mujer, no agobies al chaval. Ellos sabrán, son cosas suyas, no te metas en lo que no te llaman”. No veas, qué bien traído. Hemos desayunado y ellos se han preparado para irse.

Cuando me he quedado sólo me he vestido con un tejano y una camisa de cuadros, me he puesto el sombrero y me he hecho una foto y se la he enviado a Alba por Whatsapp. Me ha contestado al segundo poniéndome la cara con los ojos de corazón. Iba a llamarla, pero se me ha adelantado. Me ha llamado Woody y me ha dicho que estaba guapísimo con el sombrero y si ya había oído los cd y leído su carta. Le he dicho que no, que acababa de recibirlo y de quedarme solo en casa. Me ha dicho que vale, que entonces mejor me llamaba luego o la llamara yo, si quería. Yo le he dicho que sí. Que me lo miraba todo y luego la llamaba. Casi se me olvida darle las gracias, sigo siendo un cero a la izquierda cuando recibo regalos, aunque cada vez sean más frecuentes.

Lo primero que he hecho ha sido buscar la carta de la que me había hablado Alba. Era un sobre de color rojo oscuro. Dentro había unas hojas de color amarillo escritas a mano. Empieza diciendo “Hello; Supongo que a estas alturas ya llevarás puesto el sombrero. Sé que te parecimos una familia de cowboys, así que ¿qué mejor que un sombrero para que te acuerdes de mí? David no es un nombre muy de cowboy, eso sí, he pensado que puedes ponerte otro: a mí me gusta Woody, como el de Toy Story. Si quieres, te dejo que me llames Jessie; aunque si te soy sincera prefiero otros. Escucha los discos que te envío y a ver si te enteras de por qué”. La carta seguía diciendo que me echaba de menos y luego me explicaba cosas de las canciones que me enviaba en los discos. Había de todo. Tengo que escucharlas con atención, pero se me acumula la faena, ya que una de las cosas que me dice Alba es que tengo que escribir en el diario de los profes, que soy el que menos he escrito y que eso no puede ser, que “el escritor del grupo eres tú”. Pues es verdad. Voy a ponerme a escribir allí. Está claro que lo de ponerme a pasear por mi cabeza va a tener que esperar un día más. A ver si mañana.

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OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 9: UN TREN HACIA EL FUTURO

Diario:

Muchas cosas han pasado durante estos últimos días que no me han dejado ponerme a escribir como a mí me gustaría. ¡Qué cosas tiene la vida! Quién me hubiera dicho que este diario que empecé con tantas expectativas se iba a convertir en lo que se ha convertido. Pues ya ves, ya ves, así son las cosas. Ahora escribo, o querría escribir, aunque no siempre puedo contar lo que querría. A veces es porque no me da tiempo: la vida pasa muy deprisa y no paran de suceder cosas y, a mis dieciséis, no soy capaz de seguirle el ritmo con el lápiz y el papel. No me quejo, claro que no me quejo. Que sigan sucediéndome todas estas cosas que me suceden que, aunque a veces sean un movidote de la parra, son un pasote total. Otras veces no puedo contar lo que querría porque no sé cómo hacerlo. Hay un descuadre entre lo que me pasa y lo que sé contar. Hace siete días me acordaba de la frase del filósofo (“los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”) y ahora sé que no va a la par: mi mundo crece más rápido que mi lenguaje y, aunque ahora lleve un diccionario en la palma de la mano gracias al móvil, y pueda inventar palabras, no siempre es una cuestión sólo de vocabulario. Podría decir “hoy estoy chipiritiflaútico”, pero no sabría qué más poner después, no sabría cómo explicarme a mí mismo, y, entonces, esta prueba material no serviría para nada. No me olvido que escribo, entre otras cosas, para que cuando tenga cincuenta o sesenta o setenta años y la cabeza me haga de más y de menos pueda leerme a mí con dieciséis y acordarme de cómo fue este verano. Pero claro, si la cabeza no me furula todo lo bien que yo querría y a los cincuenta se me ha olvidado qué quería decir con chipiritiflaútico pues a ver quién es el guapo que entiende cómo era yo por aquel entonces. Total, que este diario que debería acabarse hoy, que es el último día de las vacaciones que he pasado con Carla, Sergio y Alba, tiene que seguir unos días más.

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Necesito horas en mi habitación, necesito horas de pasear por la cabeza y necesito tirar del título de este diario y ponerme en plan “olvidóseme decir” para poder explicarme a mí mismo qué ha pasado todos estos días, qué ha sucedido todo este año, y ver en qué punto estoy y cómo va mi vida. Ahora escribo otra vez en un tren que me lleva de vuelta a la estación de Sants, pero sé a la perfección que este tren a donde de verdad me lleva es al futuro. El verano pasado la vida me empezó a dar collejas. Las collejas son unos golpes que le pegan a uno en la nuca, en la folleta cómo la llamamos en el barrio y, por esa forma natural que tienen de impactar en la parte trasera del cuerpo, le hacen a uno avanzar. Eso es lo que me ha pasado a mí este año, que he ido avanzando a collejas. Pero claro, olvidóseme decir que las collejas no son golpes de los que intentan herirte, no. Son golpes de cariño, o toques de atención. El peluquero te da una cuando acaba de cortarte el pelo y con ese gesto te está diciendo: “chaval, aquí tienes tu casa. Ven cuando quieras”. Si en el insti te cae una de los Souliman, por ejemplo, lo que te está diciendo el golpecito es “¿qué pasa David, cómo va cachocabrón?” Las collejas sólo te las da la gente que te quiere. A veces no te las esperas y te pican un poco, pero es lo que tienen. Son de buen rollo. Bueno, pues eso, que he ido avanzando así, a golpes. Podemos decir que han sido como unos empujones rápidos y cortos, inesperados. Este año he avanzado mucho, pero sin saber qué mano me daba la colleja (bueno, hay algunas manos que sí que sé de quién son), ni de dónde venían ni adónde me querían llevar.

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Pues se ha terminado. Como en agosto no tengo clase ni con Ana ni con Adri ni tampoco trabajo en la empresa de Juan me voy a dedicar unos días a ponerme en orden. A ver si me aclaro o me complico más, que todo puede ser. Otra de las cosas que tengo pendiente de hacer es ponerme a escribir bien, experimentar con el lenguaje: ampliarlo, mejorarlo, ejercitarlo. Sergio es un muerto, pero cada vez me da más envidia cómo habla y lo bien que se expresa. Sé que su mente funciona de una forma más ordenada que la mía porque tiene más vocabulario, así que cuando tiene que expresar algo sólo tiene que ir al cajón donde tiene guardada la palabra. Sin embargo, yo tengo que dar un rodeo enorme para poderme explicar, y como en ese rodeo a veces tampoco encuentro qué palabra tiene que ir después de la otra pues me pierdo en la explicación y al final no centro y me voy del tema y no me entero y booooh. Pues eso lo voy a empezar a cambiar. Palabra. Nunca mejor dicho. Sé, también, que Sergio no es un marciano que haya venido de otro planeta con una mente llena de vocabulario y que toda esa biblioteca de palabras y de ideas la ha conseguido leyendo. Por eso le he pedido que me recomiende libros y él, con un brillo en los ojos, como si me hubiera convertido a su religión, me ha escrito una lista bien larga con títulos con los que empezar: El mundo de Sofía, Moby Dick, Drácula, Un mundo feliz, Alicia en el país de las maravillas, El corazón de las tinieblas, Rebelión en la granja… No me quiero agobiar, pero sé que me tengo que poner también a leer. Siempre estoy diciendo que estos tíos tienen mundo y está claro que el mundo que tienen lo tienen dentro de su cabeza y lo han hecho leyendo. Leyendo y viajando. Sergio siempre dice “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Viajar debe de ayudar, claro, pero como yo eso no me lo puedo permitir pues no me queda otra que tirar de libros, que eso es casi gratis: sólo tienes que ir a la biblioteca y no pajarearte y devolverlos a tiempo. Sé que lo bonito de los libros debe ser tener cada uno los suyos propios, pero eso, en mi casa, es casi imposible. Si nunca pude meter una tienda de indios, ¿cómo voy a poder meter una biblioteca como la de la casa de la playa de Alba? Tendré que esperar a ser mayor y tener mi casa y, de momento, irme haciendo una biblioteca dentro de mi cabeza, aunque sólo sea de palabras o de ideas nuevas.

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De todas formas, lo primero, lo más importante es ver qué pasa con Alba. Supongo que estos días podremos hablar como hemos hecho siempre, es decir: por Facebook o por Whatsapp. Esta es la jerna de nuestra generación: que, a veces, nos entendemos mejor si nos leemos que si nos vemos. Yo no me quería ir, pero sé que para saber qué le pasa a ella por la cabeza nos va a venir bien un poco de espacio, contarnos las cosas a distancia. Madre mía, cómo cambia el mundo y la vida. Si me oyera mi abuela me diría que los jóvenes de hoy en día nos hemos vuelto gilipollas y que no hay nada mejor que hablar las cosas cara a cara, pero nosotros ya no estamos acostumbrado a eso. Quiero preguntarle por qué yo, qué ha visto ella en mí y qué espera, porque lo que me asusta es que ella tenga una idea de mí en la cabeza que no sea realmente lo que yo soy. Alba es un encanto y es guapa, aunque en este caso, cómo sea ella físicamente da un poco más igual. Si tenemos algo supongo que no puede ser un rollete como los que se tienen en el insti, que es una cosa física del todo: te lías con una o con otra por si está buena; total, no te vas a casar con ninguna. O puede que sí, nunca se sabe. En el cole también hay gente que lleva un puñao de tiempo de novios. Pero no sé, a mí eso no me va. Si no he sido capaz de tomar una decisión nunca, ¿cómo me voy a poner ahora a escoger a la mujer de mi vida? Supongo que eso es lo que más me ralla de Alba. ¿Qué pasa si se acaba? Yo no quiero que Alba salga de mi vida y ahora está dentro, vaya si está…

1938 ---  by Edward Hopper --- Image by © Geoffrey Clements/CORBIS

1938 — by Edward Hopper — Image by © Geoffrey Clements/CORBIS

Cuando me ha despedido en la estación me ha abrazado y me ha dicho al oído que íbamos a vernos pronto, muy pronto. Yo no he sido capaz de decirle nada. En ese momento yo era una incertidumbre total, yo era la duda hecha carne. Cuando me ha soltado ha visto que tenía el ceño fruncido, no es que estuviera enfadado, es que supongo que tenía acumuladas ahí, entre los ojos, todos los besos que quería darle y todas las ganas de quedarme con ella; pero también, claro, todo ese no saber qué pasaba, que había pasado y qué iba a pasar. Alba me ha dado unos toquecitos con el dedo. “uy, uy, uy… ¿qué es este ceño tan fruncido? ¿que no te lo has pasado bien? Va, movidote de la parra, te veo pronto”. Si yo era la incertidumbre, Alba era la dulzura personificada. Yo casi esperaba que me diera una colleja. Una más. Una que me subiera al tren, que me sacudiera la cabeza y me hiciera avanzar. El cuerpo me va de camino a Badalona, pero la mente me la he dejado en ese terreno pantanoso que es Alba y todas las dudas que me genera. No voy a volverlas a escribir. De momento tengo sus últimas palabras: “nos vemos pronto”. Ahora pienso en qué pasará, qué me dirá y cómo estaremos…

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En fin, son demasiadas cosas como para darles respuestas el primer día. Además, ya estoy llegando otra vez a Sants sí, esto que escribo ahora lo estoy escribiendo en el tren que me lleva de vuelta a Barcelona y ahora me toca coger otro tren y un autobús para llegar a casa y ver a la vieja y a Juan y a la abuela y comer con ellos y explicarles casi todo lo que hemos hecho esta semana. Hoy ya no puedo rallarme más con estos temas, así que tendré que volver a cogerlo mañana. Pues eso: mañana más.

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OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 8: UNA FIESTA DE DESPEDIDA

Diario:

Ayer tuvimos la fiesta ibicenca de Alba. Estábamos nosotros cuatro y vinieron sus amigos de aquí. Sus padres habían preparado San Franciscos y Mojitos sin alcohol, y eso estuvimos bebiendo. Yo estaba bastante cortado, así que me pasé un buen rato hablando con Sergio sentados en una de las tumbonas del jardín. Empezamos a hablar de lo que molaba la casa y poco a poco salió el summercamp del año pasado y después Carla y, claro, también Alba. Sergio me dijo que quizá no quería hablar de eso, pero que se había dado cuenta de que había pasado algo con Alba y que si era eso lo que quería. Al principio sentí como si me atacara, como si Sergio diera por hecho que la cosa la había iniciado yo. Yo me quedé un poco a cuadros y le dije que no tenía ni idea qué era lo que él sabía, pero que yo andaba perdidísimo. El tío no se puso en plan chafardero, pero me preguntó que qué quería decir, así que le conté que Alba me había besado y que me había dicho que yo le gustaba y que yo me había quedado flasheado. Sergio se quedó mirándome fijamente, en silencio, un buen rato. Yo lo miraba a él esperando algún tipo de respuesta y al final, ¡flipa con lo que me dijo el tío! Va y me suelta: “David, no sabía que fueras tan idiota”. Échale huevos. Yo me quedé planchado, claro, y le dije que de qué iba y que qué quería decir. Me dijo que se veía a la legua (eso dijo, que “se veía a la legua”) que Alba estaba por mí. Pues hala, ¡HALA!, doble flash.

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Yo le dije que cómo era posible y me volvió a decir que se veía desde la Luna y que ellos lo sabían desde hacía tiempo. Que era tan fácil como atar cabos: todas las veces que habíamos quedado, cómo me trataba Alba, los regalos que me había hecho y, por último, el enfado del otro día. Todos pensaban que yo estaba al caso y por eso él dio por hecho que el que se había lanzado había sido yo. Se puso serio y me dijo que entonces tenía que ir con ojo porque Alba parecía estar bastante colada y que había entendido que yo también, porque le daba pie a creerlo. ¿Cómo que yo le daba pie? ¡Si yo no he hecho nada! Sergio siguió diciéndome que sí, que sí que había hecho. Que siempre entraba al trapo con las bromas y los chistes que Alba me hacía. Y que ella siempre me había tocado mucho y yo encima le pedía que me diera masajes en la playa y hasta nos echamos la siesta abrazados. Joder, joder, joder: ¡qué movidote! Yo no había hecho nada aposta, es sólo que trato así a las tías. Aunque pensándolo bien, supongo que es verdad que con Alba hemos hecho confianza muy rápido y hemos tenido un contacto más intimo, por decirlo de alguna manera, desde casi el principio. No sé, para mí puede haber sido más normal. Al final mi mundo es el barrio y es pequeño y pasamos muchas horas juntos: en el instituto, en la calle… A veces sólo nos tenemos los unos a los otros porque algunos de nuestros viejos son muy piezas y al final te acabas haciendo una familia grande con los amigos o los vecinos y nos damos más confianzas. Cuando mi viejo se largó, por ejemplo, muchos vecinos nos ayudaban. Yo era pequeño, pero me acuerdo. Venían a casa a ver cómo andábamos, nos arreglaban las cosas que se jodían y alguna vecina subnormal empezó a decir que si mi vieja hacía o no hacía esto o lo otro con ellos, pero qué va. Lo que pasa es que en el barrio nos tratamos así. En el barrio sabemos que somos de carne y hueso y hay que cuidarse y darse cariño. Y nos tocamos y nos abrazamos, pero joder, no sé, a mi me parece normal, aunque supongo que para estos tíos no es normal. Ellos vienen de familias enteras, y yo no. No sé si el resto de gente se relaciona igual. Lo ves, joder, si es que soy un cateto. Esta gente sí que tiene mundo.

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Sergio me preguntó qué era lo que yo quería y si estaba seguro que el tipo de relación que quería tener con Alba era esa, porque si la cagaba podía hacer que todo esto se fuera a la mierda. Hala, lo que me faltaba para acabarlo de adobar, que Sergio me metiera más presión. Se lo dije. Le dije exactamente eso: “Joder Sergio, ya lo que me faltaba: que tu me digas eso. Bastante rallado estoy, menuda ayuda, macho”. Él se disculpó con ese tono de Ministro que le sale a veces y me dijo que no sabía cómo podía ayudarme; que a estas alturas ya tendría que tener claro lo que quería y que la cosa no era baladí (sí, dijo baladí. No es sólo que no me ayude con lo que me dice, sino que encima hace que entenderlo sea complicado), que todos formábamos parte de un grupo de amigos que molaba y que él, personalmente, quería mantener y que no quería que por mi culpa esto se fuera a la mierda. Bueno, él no ha dicho la palabra mierda ni la palabra molar, pero yo ya me entiendo.

Yo venga a insistirle en que me ayudara y el tío venga a decirme que eso era cosa mía. Al final le pregunté que qué haría él estando en mi lugar y me ha dicho lo que yo ya sabía: que Alba era un encanto de niña, que era lista y buena y que con ella iba a aprender mil cosas nuevas. Me dijo que Alba era así, pero que eso no tenía nada que ver, que el que tenía que decidir era yo y no tanto por cómo es Alba, sino por cómo soy yo y por lo que quiero. Joder, menudo follón. Yo le dije que estaba acojonado, y que no sé lo que quiero. Sergio volvió a mirarme de arriba a abajo, suspiró y me dijo que todos estábamos igual, que por eso somos adolescentes, y que de eso se trata: de no tener ni idea, y rallarse, y pensar, y probar y decidir. Que si no lo hacemos, sino hacemos todo ese proceso y nos comemos la bola y luchamos contra nosotros mismos, sino hacemos por ir un paso más allá y por dejar atrás el miedo que da todo: la vida, las decisiones, las cosas que parecen muy cuesta arriba… sólo cumpliremos años, pero no maduraremos. Joder con Sergio, el tío habla poco pero cuando habla lo clava. Voy a tenerme que poner a leer como él. Lo digo sobre todo porque él, que apenas me conoce, me ha podido decir todo esto, mientras que Carlitos lo único que me ha contestado cuando le he dicho que Alba me había comido la boca y que estaba ralladísimo ha sido un mensaje de Whatsapp que decía “Olé tu polla! Campeón!!!”. Menudo chasco con Carlitos, yo pensaba que me iba a escribir dándome alguna solución y lo único que me ha mandado es una felicitación de macho ibérico. Me ha hecho cantidad de ilusión, las cosas como son, y me he partido la caja, pero pensaba que me iba a decir algo más. Manda huevos.

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Seguíamos dándole vueltas al tema cuando las niñas venieron a por nosotros para que bailáramos un rato con ellas. Yo pensaba que Sergio iba a decir que no, que iba a decir que él no bailaba o algo así, pero qué va. Cogió a Carla y dijo “a bailar”. Alba me cogió de la mano y estuvimos bailando. Yo me movía haciendo el indio, pero cada dos por tres me tenía que colocar bien las chanclas, porque a la que levantaba un poco el pie del suelo se me salían. Después de dos o tres canciones Alba me volvió a coger de la mano y me llevó a la mesa donde estaban las bebidas. Se llenó un vaso y fuimos donde estaban sus amigos de la casa de la playa. Me los presentó y estuve un rato con ellos mientras hablaban. Me estaba rallando mogollón oyendo sus historias y además tenía que mear, así que le dije a Alba que ahora venía. Cuando salí del baño la tía me estaba esperando en el salón. Me llevó al garaje y estuvimos dándonos besos. Alba me abrazaba muy fuerte. La tía se separó un momento de mí y se quedó mirándome mientras me tocaba el pelo y la nuca, como el día de la piscina. Yo aproveché y le dije que esto era un movidote de la parra, que yo me marchaba y que no quería irme porque no sabía qué iba a pasar. Que de hecho la movida más gorda es que no acaba de entender qué había pasado ni qué quería. La tía me dio un beso más y me dijo “David, a veces no hay explicación. A veces las cosas que ocurren no se pueden explicar, las palabras se quedan cortas. A mí me gustas mucho y creo que yo también te gusto, ¿no?”. Claro, claro que me gusta, joder. Alba sonrió y me dijo “pues ya está, ¿qué más se necesita? ¿Tú estás bien?”. Yo le he dicho que sí, que yo estaba muy bien y me ha dicho que lo importante era eso: estar bien. Seguimos besándonos. Yo estaba en la gloria, pero también estaba cagado de que nos pillaran sus viejos, que debían de andar por ahí todavía, así que se lo he dicho y hemos vuelto a la fiesta.

Me pidió que le ayudara a llevar la guitarra y un atril y unos papeles con partituras. Salimos fuera y se puso a tocar canciones. Todos íbamos cantando y lo estábamos gozando, pero la fiesta se acababa y teníamos que empezar a bajar la voz. Entonces Alba dijo que quería dedicar una canción a una persona especial y ¡al loro con lo que dijo!: “David, tú sí que eres un movidote de la parra” y se puso a cantar You are my Sunshine. Yo me he quedado flipando y me subió una cosa desde el estómago al pecho que al principio pensaba que era vergüenza, pero que ahora estoy seguro de que no era eso, sino otra cosa. Alba es una tía genial, una delicia, como dice ella a veces. En el fondo me quería morir porque todos me miraban, pero ella no aparta sus ojos de los míos, como cuando estábamos en la piscina, y yo no paraba de sonreír.

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Cuando acabó de tocar todo el mundo aplaudió muchísimo y Carla, que estaba a mi lado me pasó un brazo por los hombros y me dijo “que monus que sou” mientras se reía y me daba golpecitos. Aún estuvimos un rato más de fiesta, pero Alba se puso a recoger y nosotros la ayudamos mientras sus amigos se iban yendo. Había empezado a refrescar y Carla y Sergio dijeron que se iban a la cama. Ella me dijo que no tenía sueño y que si me quedaba un rato con ella. Yo le he dicho que sí, pero que tenía frío y que me iba a poner un chandal. Me ha dicho que ella también frío y me guiñó un ojo. Joder con la tía esta: ¡está desatada! Vino con una manta y nos estiramos en una de las tumbonas, tapados. Estuvimos hablando de todo y de nada. Alba me tocaba la cara y me decía que no quería que me fuese y que me iba a echar muchísimo de menos. ¡Joder Alba! Yo también te voy a echar mogollón de menos. No tengo nada de ganas de volverme a Badalona. Ella insistía en que me quedara, que llamara a la vieja y le dijera que me iba a quedar más días y yo, aunque me moría de ganas de hacerlo, le decía que no podía ser, que la vieja no me iba a dejar. Me ha dicho que iba a intentar subir un día de esa semana a Barcelona y que podríamos quedar. Claro, claro que sí. Nos hemos estado liando y nos estábamos poniendo los dos trambólicos, así que en un momento de lucidez respiramos y, como pudimos, recuperamos la calma. Joder, es que Alba parece que sepa todo lo que pone loquísimo. Entramos, nos lavamos los dientes y nos dimos el último beso de buenas noches. Cuando llegué a la habitación Sergio andaba con un libro nuevo que no le había visto. Supongo que no lo debió sacar de la maleta. Se titulaba Del amor y otros demonios. Ya te digo, tío. Que título más apropiado y qué durísimas son las despedidas.

Carla se coge el autobús hoy y Sergio y yo todavía dormiremos aquí esta noche. El sábado, temprano, los viejos de Alba nos llevaran a la estación, nosotros cogeremos el tren de vuelta a casa y ellos se irán por ahí. Todavía no sé cómo me voy a despedir de ella: me voy a morir de la vergüenza.

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OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 7: LAS MUJERES Y LOS DÍAS

Diario:

En mi bloque hay una mujer, Rosa, Rosita, que es nuestra vecina y con la que tenemos relación. Su hija me cuidó cuando era pequeño. Creo que esa mujer siempre fue viuda, o al menos, yo siempre la recuerdo sin marido. Su hija se casó y se fue cuando yo debía tener cinco o seis años y para que su madre no se sintiera tan sola le regaló un gato. Al principio era una bolita de pelo, pero pronto se convirtió en un trasto que no paraba quieto. Me acuerdo que cazaba moscas, avispas, en fin, todo lo que se le colara a Rosita en casa. “Este gato es un lince”, decía ella, y contaba cómo había atrapado a una abeja y la llevó en la boca hasta la salita y ahí estuvo dándole golpes con la zarpa. El animal todavía vive, pero ahora es un gato gordo que no se mueve en todo el día. El único ejercicio que hace es maullarles a los muebles. Se sienta delante de ellos, los mira durante un rato y la emprende con ellos a maullidos. Luego se vuelve a dormir. Eso es lo más que hace. Es flipante ver como se queda mirando fijamente la puerta del armario del comedor, como si fuera una ventana. Rosita se ríe de él y lo compadece un poco: “ay mi Currito el gato se llama Curro quién te ha visto y quién te ve”. A mi madre y a mí nos hace mucha gracia, porque Rosita tiene también mil años, como el gato supongo (ya se sabe que un año de persona son como unos siete o diez para los gatos, nunca sé cómo va eso), y cuando le habla parecen lo que son: un matrimonio de viejos.

Pensaba en esto porque en Curro, el gato de Rosita, se ve perfectamente el paso del tiempo. La vieja siempre me lo dice, que se hace vieja, como Rosita, aunque a ella, a mi madre, aún le queda mucho fuelle; menuda es la vieja. Donde también se ve el paso del tiempo es en nosotros. Los cuerpos nos explotan: crecemos, nos ensanchamos, se nos marca más la mandíbula, nos empieza a cerecer la barba, se nos cuadran los hombros… Hoy miraba a Alba tumbada en su toalla, boca arriba, o yendo al agua, y me daba cuenta de que es el ejemplo perfecto de que el tiempo pasa. Su cuerpo sí que ha explotado. Recuerdo que la primera vez que la vi me fijé en que no tenía casi tetas. Era una tía normal, bastante plana. Era mona de cara, pero ahora, madre mía, ahora es un cañón de niña. Vale, es verdad que me la miro con otros ojos, pero es que ha dado un cambio tremendo, le han salido las curvas de golpe. Se le nota, sobre todo, en las tetas, claro, ahora tiene unos cocos bien redondos, pero también en la cintura y en el culo. Alba no tiene el culazo de Carla, pero es que eso es de otro mundo. Carla también ha cambiado un poco, pero mucho menos. Este año a la hippie se le marcan más las abdominales. A ver, no es que tenga una tableta de chocolate, pero cuando se ríe o hace fuerza se le nota la forma del músculo. Carla está muy fuerte, esa niña es puro nervio y está morenísima. Va por ahí con un bañador de esos tipo brasileños que es para perder el sentido. Sigue igual de delgaducha y sin nada de tetas, eso sí. Pero va, volviendo a Alba, a ella el culo también se le ha puesto más redondo. También lleva un biquini como el de Carla y también hace que se te vayan los ojos. Vaya dos tías, qué nivel.

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Tenemos un grupo de Whatsapp que hicimos para hablar antes de venir de vacaciones. Alba hace fotos con el móvil, la tía nos pilla a traición echando la siesta, o jugando a palas a Carla y a mí, o a Sergio leyendo, y las envía al grupo. También nos hacemos algún selfie y nos pide que le hagamos fotos a ella tomando el Sol. Con esto quiero decir que tengo fotos de estos tíos, pero no sé si las fotos sirven para recordar lo que los cuerpos nos parecen en ese momento. Quiero decir, cuando tenga cincuenta años podré mirar las fotos, pero no sé si sentiré todo lo que siento ahora cuando las veo en bikini. Sobre todo a Alba, claro. Me pongo malísimo desde que nos liamos. Tengo ganas de agarrarle el culo y apretárselo fuerte mientras nos comemos la boca, cogerla por la cintura y apretarla contra mí. El día que pueda hacerlo sin presión de que nos pillen sus viejos me va a dar un infarto.

Hoy me he pasado un montón de tiempo mirándola. Al principio no se daba cuenta, pero luego se reía y me decía que parase. Ha sido un día un poco raro porque yo sigo muerto de vergüenza y ni me atrevo a cogerla, ni a besarla, ni nada. Estoy bastante cortado, pero ella me trata como siempre, así que podemos seguir estando tan normal delante de estos. O bueno, más o menos, porque yo sigo con mi rallada, aunque como no paramos de hacer cosas pues no me dejan mucho tiempo para pensar. Hoy, durante el desayuno, se han puesto a hablar de libros. Yo les he dicho lo que me había leído este año. En mi cole nos tuvimos que leer La Celestina, vaya palo. Estos han leído Últimas tardes con Teresa, que se ve que también es lectura obligatoria, aunque es mucho mejor, o eso dicen ellos, porque no me jodas, lo que yo me he leído es bastante chusta. En catalán ellos han leído Bearn y yo los episodios amorosos de Tirant lo Blanc. Otra castaña, aunque Blanca, la profe, lo explicaba bastante gracioso y tenía su punto. Para ser todo de la Edad Media tenía su qué. Todo muy turbio y muy picante.

En los dos libros echar un polvete se les complicaba cosa mala y acaba la cosa como el rosario del aurora, pobres. Ellos también se han leído la selección de poesía española, como yo, pero, salvo Sergio, ninguno lo ha flipado con los poemas de Quevedo. Joder, ¡qué mal! Para una cosa que me engancha a mí y de la que puedo hablar un poco… Hay un libro que sí que hemos leído todos y con el que lo hemos vibrado por igual: La casa de Bernarda Alba. Es una obra de teatro. Carmina nos lo explicaba con mucha pasión. Bueno, es que Carmina es una tía guay. Es una vieja pelleja, pero tiene gracia. Con La Celestina se ponía a imitar a Calisto hablándole a Melibea: “En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios. […] En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase, y hacer a mí, inmérito, tanta merced que verte alcanzase, y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte pudiese. Sin duda, incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías que por este lugar alcanzar tengo yo a Dios ofrecido”; entonces Carmina se ponía a imitar a Melibea y decía: “¿Qué dices mentecato, por qué me hablas como en los libros, necio?, ¡háblame normal!”. Melibea no le dice esto, claro, pero Carmina lo hacía para que entendiéramos el sentido cómico de la imitación del amor cortés. Cuando lo hizo en clase a mí me entró la risa y estuve partiéndome la caja un buen rato.

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En verdad los profes de mi cole, menos el de educación física que es un gilipollas, son bastante guays. A ver, también tenemos muertos, claro, pero yo tengo buen rollo con todos. Nati, la de natus, me vacila un poco, pero sé que me tiene cariño y me deja pasar muchas cosas. Será que le caigo bien. Carmina y Albert me ayudan un puñado y siempre me animan y dicen cosas, sobre todo cuando escribo. Les conté lo de los diarios y se alegraron un montón. Dicen que se me da bien, pero que tengo que aplicarme más, que estoy despistado y blablabla… a ver, papel de profe, claro. Yo sé que también me tienen cariño. Si es que yo soy buen chaval. No la lío, lo que pasa que en la ESO, como me juntaba con los cafres de los Souliman y todos esos, pues al final también me pillaban a mí haciendo trastadas. Qué le vamos a hacer, los tíos somos así de subnormales, a veces. Me acuerdo una vez que nos colamos a fumar en el lavabo del piso de bachillerato. Estaba el Moha también, que ese sí que es un pieza. El tío se puso a liarse un porro para pegarse la vacilada delante de nosotros. El Moha es que era un fumao. Total, que alguien quiso entrar en el lavabo y al tío le entró la paranoia y se puso a cerrar la puerta, pero el muy subnormal se pilló el dedo y de la fuerza que hacía para que no abrieran se lo acabó rompiendo. Vaya gritos daba. Nosotros flipábamos de lo que acababa de pasar, pero tuvimos que salir de ahí por patas. Si nos llegan a pillar nos cae la del pulpo. Al final para que llevaran al chaval a la mutua les tuvimos que decir que estábamos jugando y le habíamos pillado nosotros el dedo con la puerta sin querer. Madre mía, vaya lagrimones echaba el tío. Se le puso la mano que parecía un pie de lo fea que la llevaba. Este es el nivel de los piezas de mi cole. Ahora estos tíos ya no están y estamos todos más calmados, pero es que en mi insti había historias de estas, historias de miedo, para qué engañarnos, día sí y día también. Cuando se las cuento a estos lo flipan colores.

Hoy hemos estado haciendo el indio en la piscina: tirándonos de voltereta, de bomba, echándonos agua… Carla da unos saltos que parece los trapecistas del Cirque du Soleil, qué tía. Yo también me doy la voltereta en el aire. Sergio no, claro. Sergio a lo suyo. A este tío el cuerpo no le cambia. Sigue pareciendo un fiambre. Está blanquísimo y se mueve lento, a veces parece un viejo. La mitad de veces no se quita ni la camiseta. Estos días le está dando el Sol y el colega lleva un moreno paleta que lo flipas. Luego se anima y se baña y juega a la pelota con nosotros y entra al trapo, pero es de metabolismo lento. Le cuesta ponerse las pilas y seguirnos el rollo, aunque es verdad que está más despierto que el año pasado. Yo creo que es porque como nos ha cogido confianza se ha quitado muchos complejos. Ahora habla más y nos cuenta sus movidas. Yo a veces no me entero de lo que quiere decir, sobre todo porque sigue poniendo muchos ejemplos que son de libros. A veces las niñas tampoco los han leído y los tiene que explicar. Este tío tiene que dedicarse a dar clases, te lo digo en serio. Cuando cuenta novelas se le pone un tono de voz y un brillo en los ojos que es brutal. De repente notas que el tío es feliz, pero claro, no tenemos su nivel y a veces se frustra y, aunque hace por no cabrearse, acaba diciendo que no tiene importancia y nos deja a nosotros a nuestra bola. A mí me sabe mal, porque yo le entiendo. Sé que él está igual de atrapado en su mundo como lo estoy yo. Yo a veces también les tengo que explicar palabras que me salen solas, pero claro no es lo mismo, porque las mías no existen y las suyas sí, sólo que nosotros no sabemos tanto como él. Alba le sigue de cerca, eso es verdad. ¡Yo no sabía que Alba había leído tanto!

Como hemos estado hablando de libros, Alba le ha dicho que le quería enseñar la biblioteca. En la casa hay una especie de despacho. Claro, como este casoplón tiene dos de todo pues una habitación la han dejado de despacho. Ya nos la había enseñado el primer día pero yo no le presté atención porque estaba asado de calor y sólo quería irme a la piscina. Hemos subido todos y Sergio ha estado revisando los libros y le iba diciendo cosas. Fíjate si es otro nivel el suyo y el mío que han estado hablando sobre el libro Alicia en el País de las Maravillas. Sergio lo había leído y Alba también, pero ella tenía la edición de no sé qué, que era crítica o algo así, bueno, que tenía notas al pie, y entonces daba una visión de la obra mucho más filosófica. En fin, que estaban hablando del mismo libro, pero de dos ediciones distintas, y Sergio y Alba decían que era como leer un libro distinto. En fin, demasiado para mí. Ellos se han quedado allí y yo tenía calor y les he dicho que me iba un rato al porche. Carla se ha venido conmigo y hemos acabado jugando a las palas y volviendo a sudar, así que nos hemos ido al agua casi hasta la hora de comer.

Esta noche tenemos la fiesta ibicenca así que hemos estado preparando un poco la casa: farolillos, antorchas, mesas plegables y hemos ayudado a su padre a montar unos altavoces en el jardín con una minicadena. Alba me ha dicho que me tenía que probar los pantalones de su padre y no veas: son unos pantalones chinos blancos. Me quedan bien de cintura, pero me están largos, así que Alba me los ha arremangado, o sea, me ha doblado el bajo y voy enseñando los tobillos, como los modernos. Me ha preguntado si tenía algo blanco de camisa o camiseta y le he dicho que sí, que tenía la camiseta del pijama. Me ha dicho que eso no me lo podía poner y me ha sacado una camisa blanca de su padre. Lo mismo, me ha doblado los puños. Voy hecho un pincel, las cosas como son, pero si me presento así en el barrio me corren a pedradas, eso seguro. También me ha sacado unas abarcas de su viejo, unas menorquinas de esas. Me quedan un poco grandes, pero me ha dicho que me pase la tira del talón por encima del pie y que así no se me caen. Pues hala. Mientras me vestía me han caído unos besos, así que tampoco podía decirle que no. Yo me veo guapo, pero nada de lo que llevo es mío y no me siento yo. En fin, es lo que hay. Si estuviera aquí la vieja seguro que me decía que estaba guapísimo pero que llevara muchísimo cuidado de no mancharme. La vieja siempre con sus cosas.

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Ahora nos vamos a ir un rato a la playa y luego a la ducha y a la fiesta. Se me acaban las vacaciones porque el viernes nos ventilan a todos de aquí, que Alba se va a pasar el finde con sus padres por ahí y, claro, nosotros no vamos. Han sido unos días perfectos, pero yo no tengo ni idea de cómo va a acabar esto, sobre todo con Alba, claro. Ahora ya no nos vamos a ver y la tía vive en Barna, no es como cuando estaba con la Vanesa que la veía en el cole y en el barrio. En fin, lo importante ahora es disfrutar las últimas horas aquí, ya pensaremos en esto cuando toque. Hala pues, mañana más.

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