OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 15: FINAL

Diario:

No sé si todas las cosas de la vida deberían tener un final, pero sí muchas de ellas. La vida, en sí misma, también lo tiene. Es posible verlo a menudo. Este año he escrito sobre las muestras del paso del tiempo: el gato de Rosita, el cuerpo de Alba… No lo he dicho, pero supongo que en mí también se nota, y no sólo en que se me hayan cuadrado los hombros y me hayan salido algunos pelos más en la cara. También en toda esta actividad mental: las dudas, las incertidumbres, la manera de escaparme de la realidad pensando o imaginando esto y lo otro. También con las cosas que me pasan, claro. Los finales también se van descubriendo poco a poco, de forma más trágica. Si el cuerpo de Alba es una explosión de la vida, el de la abuela, por ejemplo, es todo lo contrario. Este verano, entre el trabajo y las vacaciones, casi no he podido ir a su casa. Eso quiere decir que no he tenido que beberme siete litros de gazpacho al día, y que no he sufrido el ataque del pulverizador de agua. Pero no verla durante un tiempo ha hecho que, cuando por fin coincidimos, me diera cuenta de que la abuela, aunque me duela decirlo, ya está en tiempo de descuento. Durante este año la cabeza cada vez le ha ido peor. Sé que un día faltará, y aunque me va a doler muchísimo, tengo claro que es ley de vida.

La frase me encanta: ley de vida. Al final todas las cosas tienen leyes, márgenes, de los que no podemos escapar. Es curioso que, paradójicamente, sea la ley la que nos hace libres. Esto lo vimos en filosofía. Yo no me lo había planteado nunca, pero es verdad. Somos libres, aunque vayamos a morir un día. O somos libres porque un día ya no estaremos sobre este mundo y todo lo que hicimos, lo bueno y lo malo, estará ya a salvo en el tuerto e inseguro olvido del que habla Sergio. Pero volviendo al tema de los finales: hoy es el final de este diario, y esto también es ley de vida. Tendría que haber sido una crónica sobre las vacaciones que pasé en casa de Alba, pero la cosa se fue complicando, y no sé qué ha acabado siendo. De verdad lo digo. Ayer por la noche lo leía y pensaba, otra vez, sobre la memoria. No tenía ganas de nada, pero me acordé de Sergio. Me dolió recordar todas las veces que lo he llamado muerto y no sé por qué, pero me salió escribirle un Whatsapp. No decía mucho, sólo que había estado pensando sobre la memoria, sobre los recuerdos y me había entrado un poco de mala gana. “La memoria es como un vaciadero de basura”, me dijo. La frase es de Borges. Lo bueno de Sergio es que tiene un senado de sabios dentro de la cabeza. Te suelta cosas y sabes que la autoridad no es la de un tío de 16 años tan mierda cómo yo, sino la de alguien como Shakespeare, o Borges, o alguno de estos… un sabio, vamos. Sergio es una máquina expendedora de frases. Además las clava, y las sabe explicar. Yo no supe qué responder, pero saber que todos, en la memoria, acumulamos basura, mierda, cosas inservibles, me calmó.

end

La verdad es que mientras repasaba este diario sufría, porque no refleja casi nada las vacaciones en casa de Alba. Estuvimos 8 días, o sea, 192 horas. En todo ese tiempo ha habido mucho más que fiesta ibicenca, besos con Alba y paseos en Harley. Más que tardes de música y mañanas cocineras. Más que siestas, juegos de cartas, discusiones y ralladas. De todas formas, lo que me llevo, lo que se queda en mi memoria, lo que va a perdurar para siempre si decido conservar este diario es eso. El año pasado, cuando me puse a escribir por primera vez terminé diciendo: “Hasta aquí todo lo que ha sido el summercamp. Creo que no me dejo nada, y si me lo dejo es que tampoco era tan importante, o que no lo he querido contar para no recordarlo cuando sea viejo, ni para que dure cien o doscientos años, como decía la Nerea. Ahora hay que cerrar esto, ponerle punto final y volver a la vida normal y corriente”. Parece ser que el año pasado, aunque sabía muchísimas menos cosas, lo tenía más claro. Si he escrito lo que he escrito es porque eso era lo que tenía más importancia para mí, pero aún así no me siento bien. Sé que me he dejado muchísimas cosas y que no he podido cumplir con las expectativas que me había marcado al principio. Todas estas páginas me parecen inservibles, como un examen suspendido. El diario se ha hecho viejo, ha perdido facultades. Este cuaderno está también en tiempo de descuento, hay que dejarlo ir: es, también, ley de vida.

Lo peor de todo es que, mientras me planteo si conservar esta pieza de la memoria, me lamento de que sea una muestra parcial, sesgada, de mi verano. Lo horrible, lo atroz, es que no sé si quiero ser cómo soy en estas páginas. Me leo y me asusto. ¿Por qué he hablado tanto de mis ralladas y tan poco de las veces en las que he llorado de risa? ¿De verdad soy así? Lo monstruoso de la memoria escrita es esto: la imposibilidad de negarse a uno mismo. Por eso tengo que acabar este diario. Ponerle punto y final y, en todo caso, empezar otro. A este bloc le quedan páginas en blanco. Pues que así sea. Que se queden aquí, encerradas entre estas tapas de cartón. Lo que necesito ahora son otras páginas blancas. Unas que no pertenezcan a la misma serie. No me basta con pasar página. Necesito cerrar el libro. Empezar uno nuevo. Yo he sido este diario: mis dudas, Alba, Vanesa… Pero se ha acabado. No da más de sí. Ahora quiero ser más, otra cosa, otras palabras. Esta historia se ha acabado. No tiene sentido estirar la narración de unas vacaciones que ya hace siete días que terminaron.

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Estas últimas páginas las escribo desde otra estación, la del Nord. Hace unos días dejaba a Alba aquí y hoy el que se despide de mí soy yo. Adiós David, adiós. Seguiré teniendo dudas y probablemente las vuelva a escribir, pero eso será en otras páginas. He sido la tinta de estas: he sido un mar de dudas, la incertidumbre encarnada y el placer infinito que me dio fumarme un cigarrillo mientras Alba me acariciaba la nuca y yo miraba sus piernas apoyadas en el muro del balcón de su casa. Fui todo eso, pero ahora quiero más. Ahora lo que toca es pasar este fin de semana con Alba. Aparcar las dudas, aunque sea un momento, y dejar que las cosas se contesten solas. Creo que este último año he estado tan pendiente de lo que pasaba por mi cabeza que se me ha escapado parte del mundo, del presente, de la realidad. Si hubiera pensado menos y mirado más, si hubiera vivido más el mundo y menos los pensamientos, quizá tendría más respuestas. Quién sabe. Lo único que puedo hacer es probarlo. Ya sé que no voy a poder apagar el cerebro, pero ahora tengo una cosa muy real y muy presente a la que dedicarle toda mi atención.

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No sé qué contaré en mis próximos diarios, pero sí sé cómo lo quiero hacer: si quiero mejorar mi vocabulario, si quiero meter palabras nuevas, simplemente lo haré; como ayer o como hoy. Sin perderme tanto en decirlo y explicarlo. Creo que fue Carlitos el que me dijo que yo era mi peor enemigo. Si me recreo en mis miedos y en mis dudas estoy vendido. Claro que me acojona plantarme en casa de Alba otra vez, con sus padres, si es que este fin de semana van a estar allí, que aún no lo sé. Me muero de vergüenza y cuando lo pienso me echo a temblar, pero lo mismo no hace falta que vuelva a llenar un día entero del diario hablando sobre eso. Al final la vida no pueden ser los miedos que tenemos, sino los logros que conseguimos saltándonoslos. Ya me lo decía Sergio, que todos estamos igual, que de eso se trata ser adolescente, de no tener ni idea; pero que tenemos que luchar contra nosotros mismos e ir un paso más allá. Sino, muerte en vida.

En fin, hasta aquí ha llegado este diario, este olvidóseme decir. Con sus cosas buenas y sus cosas malas. Quizá desaparezca o quizá perdure, aún no lo sé. Ahora no quiero ocuparme de esto, quiero dejar que el pasado pase. Lo más importante ahora es lo que vendrá. En poco más de hora y media voy a volverme a reunir con Alba. Aún queda mucho verano por delante. Quizá tenga que coger más autobuses, o más trenes, o más metros que me lleven hasta su casa, sea cual sea: la de Barcelona o la de la playa. Quizá ella venga también a la mía y descubra mis muebles heterogéneos y mi lavabo de baldosas con sarro. Quizá yo me ponga a inventar personajes, o siga escribiendo como hasta ahora. Sea como sea no será aquí, no en estas páginas. Este diario se termina y serán otros los que vendrán. Lo que está claro es que mañana no habrá más. No aquí. Este fin de semana no quiero quitarle tiempo a la vida, no quiero perderme ni uno solo de sus detalles. Quiero vivirlo todo y luego, si eso, ya me pondré a recordar.

Sin nada más,

FIN

David Alcaraz,

31 de julio – 14 de agosto de 2015.

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