SIEMPRE HAY UN PARTIDO

futbol

Decía Javier Marías en Todas las almas que “cuando uno esta solo, cuando uno vive solo y además en el extranjero, se fija enormemente en el cubo de basura, por que puede llegar a ser lo único con lo que se mantiene una relación constante, o, aún es más, una relación de continuidad.” Cuando lo leí en mi condición de hombre que vivía solo, hacia finales de 2011 o principios de 2012, comprendí que si alguna vez vivía en el extranjero la vida no iba a ser tan distinta de la que hacía en Barcelona por aquel entonces. Uno siempre replica bastante su vida allá dónde va, siempre termina frecuentando los lugares que ha dejado en el sitio del que se ha ido: las cafeterías, los cines, las bibliotecas… Buscamos reproducir nuestro mundo. La vida en el extranjero no tiene mayor novedad que el nuevo emplazamiento: los olores, los sonidos, el clima, la gastronomía, el idioma, la gente. Sobre todo la gente. Cuando vivimos fuera uno siente, especialmente al principio, una necesidad imperiosa de relacionarse, de conocer a alguien. Da igual que nos guste el recogimiento y la soledad, no importa que seamos seres solitarios o intratables. A uno siempre le gusta tener algún contacto más en su agenda, saber qué número marcar en esta o aquella ocasión; aunque quizá nunca llegue a marcarlo.

Si hay un acontecimiento que congrega a personas de muy diversa índole y los predispone a relacionarse son los partidos. El fútbol, en nuestro caso, sobre todo. Dentro de un rato iré a ver el clásico, el Madrid-Barça, a casa de unos amigos de un amigo de la nueva ciudad en la que vivo. A mí el fútbol ni me va ni me viene: no conozco el nombre de los jugadores, ni de los entrenadores; no sé el nombre de los estadios, ni de los equipos de primera; no sé quién va primero en la liga, ni en qué país se juega la final de la Champions este año, y, sin embargo, ¿cómo no ver el partido? Llevo días recordando el primer match que fui a ver cuando vivía en Cracovia: fue un Atleti-Barça o Barça-Atleti, eso no lo recuerdo, pero sí recuerdo el sitio (Albo Tak, en Maly Rynek) y las personas con las que compartí mesa: estaban Guillem, a quien ya conocía y me hizo de Cicerone; Pablo, de Ciudad Real; José Luis, de Venezuela; y unos chicos valencianos a los que no vi más que una o dos ocasiones después de aquello. Esa tarde gritamos con las ocasiones de gol, y nos abrazamos cuando nuestro equipo se adelantaba en el marcador, bebimos cerveza y vodka y nos dimos mutuamente consejos de la ciudad en la que coincidíamos todos. Algo similar sucedía en Barcelona: aprovechaba para juntarme con los amigos en los partidos. Me sucedió en 2005 cuando empecé a trabajar en aquella empresa y en 2010 cuando dejé el trabajo y empecé, de nuevo, en la facultad. Cuántas veces hemos aprovechado Albert, mi amigo de la infancia, y yo un partido para volvernos a ver y ponernos al día. Y supongo, claro, que me seguirá sucediendo. No sé dónde viviré, qué haré o dónde trabajaré, pero siempre habrá un partido. Yo seguiré sin saber el nombre de los jugadores, ni de los estadios, ni en qué país se juega la Champions, ni quién va primero en la liga, pero ahí estará el fútbol con sus gritos, sus abrazos, sus cervezas y sus consejos. Hoy me toca volver a ser el catalán, algo relevante mientras el Barça siga siendo el Barça. Mañana ya podré volver a las cafeterías, los cines y las bibliotecas sin identidad, aunque quizá con unos cuantos números más en la agenda y un puñado nuevo de consejos.

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