OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 13: AYER (MARTES, 11 DE AGOSTO DE 2015)

Diario:

Ni siquiera sé cómo contar el día de ayer. Durante este diario me he dado cuenta de que, además de que mi vocabulario es limitado, tengo una incapacidad para poder transmitir con palabras algunas de las cosas que me suceden. Lo de ayer es, probablemente, una de estas cosas. Quizá con el paso del tiempo pueda explicarlo todo mejor, con más detalle; ahora voy a hacer lo que pueda.

Llegué a casa de Alba bastante temprano. Estaba a punto de llamar al interfono cuando me abrieron la puerta y me preguntaron qué quería. Era el portero. Me quedé flipando. Era la primera vez que estaba en una escalera que tuviera portero. Yo pensaba que eso ya no existía, que eran historias de mi abuela. Le dije que iba al piso de Alba y me dejó pasar y me llamó él mismo al ascensor. Me sorprendió que lo hiciera, al fin y al cabo se trata de apretar un botón. Yo, para eso, no necesito portero, pero supongo que si todos pensaran como yo esta gente no tendría curro. Alba me recibió en la puerta de su casa. Estaba guapísima, y eso que iba un poco de estar por casa: un pantalón corto, una camiseta y unas chanclas. Nos besamos. Nos besamos un buen rato. No es que nos saludáramos con un beso, no. Es que nos besamos como si nuestro lenguaje fuera ese, los besos. Supongo que sí, que nuestro lenguaje es ahora ese, o por lo menos, también es ese. Me fijé en su olor. No era la primera vez que lo hacía. Ya hace unos años que las chicas han empezado a oler bien, quiero decir, ya sé que no es una cosa espontánea, que es que se perfuman. La colonia de Alba me gustó, pero además del perfume que llevaba, lo que me gustó fue su olor, cómo le olía la piel. Yo también me había puesto colonia, aunque creo que dejó de funcionar durante el transbordo de Paseo de Gracia. No llegué muy sudado, pero sí más sudado de lo que pretendía.

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Era la primera vez que quería causar buena impresión, más allá de la ropa o el peinado. Esa mañana, en la ducha, me había frotado a conciencia —incluso las uñas, que también me había cortado—, me había pasado palitos por los oídos, me había afeitado los cuatro pelos que tengo por barba, me había peinado, perfumado, y me había tirado más de lo normal frente al armario, escogiendo qué me ponía. Durante un buen rato pensé en ponerme pantalón largo, pero sabía que me iba a morir de calor, así que al final no varié tanto de mi día a día y fui fiel a las bermudas y la camiseta de manga corta.

Alba me invitó a pasar. Me cogió el diario de los profes y la caja del sombrero y me llevó a la cocina. Su piso se veía grande, aunque no como la casa de la playa, claro. La cocina era blanca, de líneas rectas. Muy moderna. Tenía una nevera enorme, de esas de doble puerta que echan hielo, o sea, que tienen un dispensador, como las de las películas americanas. Había una mesa con cuatro sillas. Alba había preparado algunas cosas para desayunar: fruta, mermelada y mantequilla. Me dijo que me sentara, que ahora tostaba pan y me traía café y zumo. La tía se puso a exprimir naranjas mientras se calentaba el agua de la Nespresso. Yo la miraba hacer, desenvuelta, sacando cada cosa de su cajón, sin dudar. Su portátil estaba en la cocina y sonaba música desde su Spotify. Alba canturreaba, silbaba, y, de vez en cuando, se movía medio bailando. “Me gusta mucho esta canción”, me dijo. Yo la seguía con la mirada, entre pasmado y encantado. Cuando se sentó, desayunamos mientras hablábamos de cómo habían ido estos días, de qué había escrito en el diario de los profes y todo eso. Por increíble que parezca no me acordé de Vanesa. Quiero decir que cuando me puse a contarle qué había hecho le dije que me había tomado una palmerita, que había cenado en Can Llaunes, que había hablado con Carlitos, que mi madre fue con Juan a Sitges pero yo me quedé en casa, que jugué a fútbol y fui a la playa… No fue hasta el final, hasta que ella volvió a hablar, cuando se me apareció el cuerpo de la Vane en mi cabeza. Intenté deshacerme de la imagen, prestarle toda la atención a Alba y a sus palabras, pero supongo que la cara me fue cambiando por el esfuerzo y ella no tardó ni un segundo en preguntarme si estaba bien.

“Sí, sí. Perdona. No es nada”, le dije, y bebí un poco de café o de zumo, no sé. Con el recuerdo de la Vanesa se me había secado un poco la boca. Alba siguió contándome sus cosas. Me preguntó por las canciones de los discos que me había enviado. Le dije que las había buscado con el Shazam, la que más me gustaba y todo eso. Escuchamos alguna y me las estuvo traduciendo mientras la música sonaba. Qué flipe de tía, como lo parte con el inglés. Cuando salían palabras difíciles —bueno, difíciles para ella, para mi eran imposibles— me contaba historias sobre cómo las había aprendido, o de dónde venía o cosas así. Alba disfrutaba haciendo lo que estaba haciendo. Disfruta de la música, del idioma y de saber que su nivel de inglés era bueno. A mí me daba una envidia sana: ojalá yo pudiera, algún día, tener ese nivelazo de inglés.

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Ayudé a Alba a recoger las cosas del desayuno, aunque fue un momento porque como tenía lavavajillas sólo hubo que meterlo todo allí y poco más. Me había propuesto ir a dar una vuelta por Gracia, así que fuimos para allí. Para mí todo eso era nuevo. Me enseñó calles, tiendas, restaurantes, plazas… Me contó mil historias, hicimos bromas, nos reímos, nos sacamos fotos… fue una mañana genial. Alba me llevó a tomar una cerveza a una bodega donde la gente hacía el vermut. ¡Qué sitio tan guay! Me enamoré al momento. La cerveza estaba buenísima y nos pusieron unas olivas de vicio. Volvimos a casa andando. Ya lo habíamos hecho de bajada. No está lejos, pero es un trocito. Durante el viaje de vuelta nos cogimos de la mano, nos paramos mil veces a besarnos. Cada semáforo en rojo, cada escaparate, era una excusa.

Comimos en su casa. De primero ensalada, llevaba queso fresco y aguacate. Yo nunca me había comido una ensalada con queso fresco y aguacate, pero no estaba mal. De segundo tomamos una especie de canelones de verano. Los había comprado hechos, porque los sacó de una caja de plástico de esas que ponen en las tiendas. Estaban buenos, eran ligeros. No puedo decir de qué hablamos, pero sé que no paramos de hablar. Las conversaciones se enlazaban una tras otra, nos escuchábamos, nos reíamos…

Después de comer, Alba me quiso poner una película y nos tiramos en el sofá a verla. No sé cuánto vimos, quizá diez o quince minutos, no más. Nos comíamos a besos. Recuerdo el sonido de los diálogos en inglés desde su habitación. El olor de las sábanas de su cama de matrimonio, su escritorio, su armario, la ropa tirada por el suelo. Alba sobre mí, sólo vistiendo el sombrero Stetson. Mis manos en su cuerpo caliente, recorriéndolo; las suyas en el mío, apretándolo. No lo hicimos. Podríamos haberlo hecho, pero no lo hicimos. No entonces o no todavía. Quizá pronto, no lo sé. Con Alba siempre salen las cosas, como cuando nos ponemos a hablar. Como al llegar a su casa, que estaba nervioso, empezamos a hablar y se pasa. Con ella todo fluye, todo sale solo. Nunca me había sentido así, con nadie.

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Nos quedamos dormidos desnudos. Para mí era la primera vez: la primera que veía a una chica desnuda por completo, la primera que dormía sin ropa, la primera con una chica… La primera vez de todo eso, pero no “mi primera vez”. Cuando me desperté tenía cogida a Alba y mi mano estaba en su pecho. Tenía el otro brazo dormido por el peso de su cabeza y su pelo en mi cara. Esas cosas no son muy románticas, pero son. Quiero decir que existen, que forman parte de todo eso. Apreté a Alba contra mí. Quería notar su espalda contra mi cuerpo. Se despertó y nos duchamos. También fue la primera vez que me duchaba con una chica. No sentí vergüenza a la desnudez, y ella tampoco. Me sorprendió un poco, pero no en ese momento, sino ahora que lo escribo. Había oído historias de amigos, de situaciones loquísimas… Con Alba no fue así. Fue, no sé cómo decirlo… natural, sí. Creo que natural es la palabra.

Alba se secaba el pelo. Yo me vestí y me salí al balcón de su habitación (su habitación tiene balcón) y me fumé un cigarro. Salió a por mí y le dio un par de caladas. Nos sentamos en unas sillas que tenía. Ella apoyaba los pies en el murito del balcón. Yo le miraba las piernas mientras fumaba y ella me acariciaba la parte de atrás de la cabeza. No puedo describir eso, ese instante, esa sensación. No sé cómo contarlo, pero cómo me sentía en aquel momento es cómo me quiero sentir el resto de mi vida. Se habían apagado todas las ralladas de mi cabeza: no había dudas, no había Vanesas, no había suspensos, no había futuro incierto… sólo había un sol de tarde, la mano de Alba en mi cabeza, el humo de un cigarro y mis ojos puestos en sus piernas.

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Recogimos y la acompañé a la Estació del Nord, la estación de autobuses. Alba se volvía a la casa de la playa. Me dijo que volviera a ir el fin de semana, si quería. Tendré que hablarlo con la vieja, porque me muero de ganas. Cogí el metro en Arc de Triomf y volví a casa solo, en silencio. Escuchaba música y pensaba, a cada canción, en lo que había pasado ese día. Llegué a casa sin ganas de hablar. No cené. La vieja se lo debe de oler fijo, pero me da igual. Hoy por la noche le diré que Alba me ha invitado a volver a pasar el fin de semana con ella. A ver cómo se lo toma. Ahora voy a ponerme a hacer ejercicios del cuadernillo para ir allanando el terreno. Mañana más, pero no creo que mejor.

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