OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 12: MUY FUERTE

Diario:

Lo de ayer con la Vanesa fue muy fuerte. Habíamos quedado para vernos por la tarde. Yo pensaba que la tía me iba a montar otra pajarraca como la de la del domingo, pero me propuso ir a la playa y a mí no me pareció mal. Pensé que en un espacio público me la liaría menos, si es que me la iba a liar. Cuando vino a buscarme estaba como siempre, como la recordaba. Es que la Vanesa es una tía guay, siempre lo ha sido. Tiene su carácter y va muy a su bola, quiero decir, que siempre hace lo que le apetece, si algo no le apetece pues no lo hace y ya está. La verdad es que me sorprendió que se pusiera así conmigo, aunque también entiendo un poco que le entrara la rallada. Durante el camino estuvimos hablando muy normal, incluso nos hicimos bromas y nos reímos juntos. Yo a la Vanesa siempre le he hecho mucha gracia, quiero decir, que siempre se ríe mucho conmigo. Yo también me lo paso bien con ella, o me lo pasaba, porque desde que cortamos casi no nos vemos.

El verano pasado había ido alguna vez a la playa con la Vanesa. Ella sabe que a mí me gusta más ir a Montgat, así que fuimos directos a la estación. Cuando llegamos a la playa todo fue normal: plantamos la toalla, yo me di un baño, ella se tumbó al sol y al poco empezamos a hablar. Me estuvo preguntando cómo me había ido este año, qué planes tenía y todo eso. Yo le conté que me habían tumbado tres y que andaba más colgado que un chorizo, que estaba que no estaba y que necesitaba tiempo para pensar en las cosas importantes; en fin, que tenía un cacao en la cabeza de tres pares. Vanesa me entendía y me decía que ella estaba igual. Que no tenía ni idea de qué hacer con la vida y que le costaba mucho concentrarse en todo, que andaba de pensamiento en pensamiento. Claro, igual que yo. Yo con ella siempre me he entendido muy bien y como nos tenemos confianza siempre ha sido muy fácil hablar con ella. Poco a poco fueron saliendo cosas que hicimos cuándo estábamos juntos: las playas, los cines… Yo me acordé de cuando me ponía la mano en la pierna en clase, y de los masajes que me daba con las uñas y las puntas de los dedos. Me dijo que me regalaba uno, así que me dejé hacer. Cuando a ella le pareció me dijo que me ahora me tocaba a mí hacérselo a ella.

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Yo recorría el cuerpo de la Vanesa con la punta de los dedos y no paraba de recordar todas las veces que estuvimos juntos. La miraba tumbada y la tocaba despacio. La tía siempre ha estado muy buena pero ayer estaba que se salía, a ella también se le ha puesto más cuerpo de mujer. Yo la acariciaba y la notaba respirar profundamente. El pecho se le hinchaba y yo no podía apartar los ojos de sus tetas. Los pezones se le habían puesto duros y yo me estaba poniendo cardíaco. La estaba tocando cerca del ombligo cuando abrió los ojos, me cogió primero del brazo y después del hombro, se giró un poco y me besó.

Nos dimos un beso larguísimo, como los que nos dábamos antes. Mientras nos besábamos yo me empecé a sentir mal. Se me apareció Alba en la cabeza y pensé que no podía hacer lo que estaba haciendo. Me separé de ella y se lo dije: “no puedo Vane, no puedo”. Me sentía el tío más capullo y más idiota del mundo. Aquel pibón a mí lado, en la playa, para mí… Vanesa me miraba a los ojos y me acariciaba los labios y la cara. La tía estaba sobre mí y notaba sus tetas apretadas sobre mi pecho. Yo la cogía por la espalda. Quería seguir enrollándome con ella, pero me sentía mal. ¿Cómo me pueden pasar todas estas cosas a mí, joder? Tenía que quitármela de encima, respirar, despejarme. Si no me apartaba la iba a liar pardísima. Le dije que necesitaba darme un baño y me levanté como pude sacándomela de encima. Nadé hasta la boya y me quedé un rato ahí, pensando. La boya es una de las mejores cosas de la playa. Está lejos de la orilla, así que casi nunca hay nadie. Cuando llegas notas que el suelo está tan abajo, tan profundo, y la boya es tan grande, que te sientes pequeñísimo por fuerza.

Boya (1)

Cuando volví a la toalla Vanesa se había quitado la parte de arriba del bikini. La madre que la parió, lo que me faltaba. Estuve por volverme al agua, pero me quedé en la toalla. Me sequé un poco y me encendí un piti. Vanesa me dijo que me tenía que poner crema o me iba a quemar. Yo la vi venir de lejos y le dije que no, que no… que si eso ya me la ponía yo, que si me la ponía ella ya sabía cómo iba a acabar la cosa. La tía se reía, pero no paraba de buscarme: me abrazaba por la espalda, me hablaba al oído, me daba besos en el cuello. Joder, a mí me iba a dar un infarto. Al final le tuve que decir que parara, que me estaba poniendo malo y que no podía ser. Me tuve que poner un poco borde y decirle que ya estaba bien, que ya habíamos tenido lo nuestro y que ahora yo estaba a otras cosas. Se quedo un segundo callada. Se puso el bikini y se fue al agua. No sé cuántos cigarros me fumé en ese rato. Me los estaba comiendo. Quería desaparecer, borrar esa tarde, que no hubiera sucedido. Cuando volvió a la toalla le dije que me quería ir. Nos secamos, recogimos y nos fuimos. Durante el camino hacia la estación y en el tren no hablamos nada. Yo no sabía qué decirle y supongo que ella a mí tampoco. No sé qué pretendía ni a qué estaba jugando, pero todo, en general, había sido un golpe bajo. Joder, la Vanesa es un cañón de tía, y cuando estuvimos juntos yo me sentía el rey del mundo, pero ahora… Claro que físicamente me pone un montón, pero bastante mierda tengo ya en la cabeza como para cargar con esto también. Me sentía mal. Mal por Alba, mal por Vanesa y mal conmigo mismo por no saber lo que quiero. Bueno, supongo que si no le seguí el rollo a la Vane es porque sí se lo quiero. Mira, al menos algo se va aclarando.

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Cuando llegamos a Badalona Vanesa me dijo que ella se quedaba ahí, que estaban unas amigas suyas y las iba a ver. Yo me subí a casa solo, caminando, así que tuve un rato para pensar en lo que había pasado: Vanesa se me había puesto a tiro y le había dicho que no. Eso es una decisión. Una pedazo de decisión. Decir no es decidir. Seguía sintiéndome mal, pero empezaba a sentirme orgulloso. De todas formas, no iba a poder contárselo a nadie. No iba a poder decirle a Alba: “Ei, mira lo que me ha pasado: ayer me estaba enrollando con la Vanesa y le dije que no quería seguir comiéndole la boca porque he decidido que tú eres más importante”. Manda huevos. Es la primera vez que me doy cuenta que tomo una decisión que me cuesta un esfuerzo y no se la puedo explicar a nadie. Bueno, es igual. Al menos yo sé que eso lo llevo dentro, mi primera decisión, o la primera de la que soy consciente. ¿Ves como poco a poco todo va saliendo solo? Al final va a resultar que no soy tan panoli.

Cuando subía para casa me paré un rato y le escribí un Whatsapp a Carlos T. Quería saber si estaban jugando a fútbol en algún sitio. Me apetecía pegarle chutes al balón, correr, desahogarme un poco. Estaban en el Iris. Tuve que deshacer casi todo el camino que había hecho hasta casa, pero valió la pena. Es un campo pequeño, y como estaba enchufado jugué con toda la rabia, rapídisimo. Jugamos contra los mismos chavales del otro día. Nosotros éramos cinco y ellos seis, así que ellos jugaban con un cambio, pero esta vez les pegamos una fundida. Los Souliman se portaron mejor, supongo que porque siempre estuvimos ganando y no se cabrearon tanto y no repartieron ninguna patada trapera. Nos fuimos de allí que ya era de noche y cuando llegué a casa la vieja me preguntó que dónde había estado. No le dije nada de la Vanesa, sólo que había ido a la playa y a jugar a fútbol. Me dijo que eso no podía ser, que me habían quedado tres y que si pensaba que iba a poder estar todos los días haciendo lo que me diera la gana lo llevaba claro. Me cagué porque me castigara y me dejara sin poder ir a ver a Alba. Así que jugué el papel de niño bueno y le dije que tenía razón, que lo sentía muchísimo. Que iba a trabajar. Que iba a trabajar muchísimo. Que estos días en casa de Alba me han servido para darme cuenta que tengo que centrarme más, pero que necesitaba salir a dar unos chutes, que de verdad lo necesitaba. Le estuve contando a mi madre cosas sobre los libros de los que habíamos hablado. Le dije que quería leer más, que le había pedido a Sergio una lista de libros, que quería mejorar mi vocabulario, que a veces me sentía un tontaco y que quería sentirme tan listo como ellos. La vieja me miró un momento en silencio. Estaba extrañada por cómo había respondido yo a su bronca. Me dijo que muy bien, pero que me aplicara con las tres que me habían tumbado. Y que me dejara de tanta Play y tanto fútbol y tanta playa. Que este verano me tocaba currar. No me dijo nada de que hoy no saliera, así que yo tampoco se lo recordé.

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Esta mañana cuando mi madre se iba de casa me dijo que qué me sacaba de comer y entonces he aprovechado para decirle que hoy no comía en casa, que había quedado con estos para hacer lo del diario. Me ha mirado con los ojos que pone ella cuando se medio enfada. Me ha dicho que no me olvide de lo que hablamos ayer, y que a ver si me pongo luego un poco con el cuadernillo de ejercicios que me dieron en el insti. Yo le he dicho que sí, pero que esto no era Play ni fútbol, que era ir a escribir… “Mucho escribes tú”, me ha dicho ella, como echándomelo en cara. No me ha sentado muy bien, porque, joder, se supone que escribir es una cosa buena, ¿no? Quiero decir, entre jugar a la Play y escribir mejor escribir… En fin… yo creo que la vieja se huele algo. Ya se sabe que las madres, al final, acaban sabiéndolo todo. En un rato he quedado con Alba en la puerta de su casa. Tengo una excursión hasta allí. Llevo el diario de los profes y el sombrero que me regaló Alba. Me mandó un Whatsapp y me dijo que lo cogiera. Voy a salir ya, así que hala: mañana más.

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