LO MEJOR DE JULIO DE 2016

Ya hace tiempo que venía dándole vueltas al hecho de escribir un post donde explicar mis lecturas mensuales y mis impresiones sobre ellas. Está claro que no aprendo: no solo quiero escribir, como mínimo, un post al mes, sino que encima voy a tener que ir tomando notas de las lecturas para que las próximas impresiones no me salgan tan churro como estas –en las que cuento más bien poco, para qué nos vamos a engañar–, con lo que me molesta interrumpirme cuando leo. Y digo yo que os preguntaréis por qué me ha dado ahora, tras tantos años de blog y humanidades, por ponerme en plan crítico. Bueno, en realidad sé que no os preguntáis nada porque es agosto y porque al final esto lo lee mi padre y dos personas más, pero, ay, dejadme que use la pompa de las grandes ediciones y me imagine a un montón de lectores preguntándose y cuestionándose por mi blog y esperando impaciente mi próxima entrada, consumiendo café y cigarrillos, hablando en tertulias sobre la presencia de Kierkegaard en “Esto no es un tratado de bicicletología” o comentando los rumores de mi nuevo texto. ¡JA! Y yo que pensaba que la ESO, y los productos de marca blanca, me habían hecho perder la imaginación. Heme aquí con mis ínfulas y cavilaciones. En fin, volvamos a la realidad. Decía que quería explicar este giro argumental de mi vida, escribir sobre libros, y voy a hacerlo contándoos un poco sobre mí. La primera cuestión que me ha empujado a iniciarme en la crítica literaria (lo pongo en cursiva porque si llegáis hasta el final veréis que ni es crítica ni es literaria) ha sido que por fin formo parte de un selectísimo club de lectura. Es tan selecto que solo somos dos personas. No tenemos nombre -el club; los miembros sí, claro– y mejor que sea así de momento, ya que si hubiéramos de nombrarnos por la apariencia la cosa no acabaría bien. Las veces que nos hemos visto nuestra imagen ha sido muy lastimosa: imaginad a dos tipos con barba –uno de ellos gordo estilo mostrenco– comunicándose por Skype para cubrir la distancia Granada-Cracovia, con mucho calor, ambos sin camiseta, con el ventilador como coprotagonista y con las interrupciones de un tren. Las llamadas de Gila, pese a estar en la guerra, eran más fluidas; al fin y al cabo, los clubs de lectura también van de hablar con uno mismo. La segunda cuestión ha sido mi primer escarceo en el mundo de la publicación de reseñas, cosa que me ha facilitado en un 25% la redacción de este post. Y la tercera, y más importante, han sido los comentarios recibidos todo este tiempo cada vez que hablaba sobre un libro animándome a ponerlo por escrito. Vale. Al final os he hecho caso y lo he cocinado: ahora lo tenéis que probar.

Reconstrucción, Antonio Orejudo, Tusquets, 2005.

RECONSTRUCCION OREJUDO

Empecé julio volviendo a leer a Orejudo. Es un autor que me descubrió un amigo y que cuando empecé a leer supe que iba a convertirse en uno de mis escritores favoritos: es divertido, divertidísimo, cómodo de leer y con un concepto de la novela y la ficción que me encanta. Había leído casi toda su obra (yo pensaba que solo tenía cinco libros y no seis, como él mismo me dijo) cuando me decidí a escribirle un correo e ir a visitarlo a la Universidad de Almería. Esto era mayo de 2016 y aún me faltaba por leer Reconstrucción. Antonio Orejudo aceptó que nos viéramos durante la primera semana de junio, y yo me puse a leer el que creía que era el único libro de él que aún no había leído. Por aquel entonces estaba escribiendo el Trabajo de Fin de Máster, así que leí la novela rápido y mal. Tenía que volverlo a hacer con el cariño que se merece, y eso es lo que he hecho este mes. Reconstrucción es una novela histórica, su época es la Europa de la Reforma Protestante, pero claro, en Orejudo nada es del todo convencional, así que la obra va mucho más allá y se advierte desde el principio. El propio autor avisa: “Esta es una obra de ficción, pero contiene datos históricos” es la primera frase de la nota del autor que inaugura la novela. Los hechos que se cuentan están vestidos del humorismo de Orejudo (si no sabes a qué me refiero no sé a qué esperas) y a lo largo del relato da más muestras de ser hija de su padre: la reflexión sobre el acto de narrar y la cuestión ficcional es fundamental en la obra del autor madrileño, también en Reconstrucción, aunque menos, mucho menos, que en Fabulosas narraciones por historias (1996), Ventajas de viajar en tren (2000), y Un momento de descanso (2011).

La ficción no está presente sólo en la forma de ser de la novela, sino también en los personajes, que se reconstruyen a sí mismos, o son reconstrucciones de personajes históricos. La obra, además, tiene ese componente docto y moral que me gusta leer, pero sin ser de las alturas. Quiero decir, Orejudo es un escritor como la copa de un pino, pero también es un tipo normal (“A Orejudo, en otras palabras, le caen bien los lectores, y eso se nota. Les deja que crean lo que quieran, les incluye en las primeras del plural y les regala chucherías sin venir a cuento.”) y la combinación de esas dos cuestiones da grandes frases a nuestra historia de la literatura. En Reconstrucción, por ejemplo, se aborda el tema de las ejecuciones de la Inquisición, los muertos durante las guerras de religión y las distintas sublevaciones y rebeliones (la Rebelión de Münster, 1534-1535, es uno de los temas fundamentales de la novela; o mejor, la reconstrucción mental de dicha Rebelión es una parte fundamental para el argumento de la obra) y la defensa de la ideología. Parece colarse la voz del autor que nos regala la siguiente sentencia:

“—Claro que creo en cosas. Creo en las perdices escabechadas, creo en este vino, creo en el coito, creo un poco en la amistad, pero poco. Y creo que ningún afán, por hermoso y justo que pueda parecer, merece el sacrificio de un solo individuo.”

La obra de Orejudo es altamente recomendable si te gustan los juegos ficcionales y las novelas históricas. Aunque si lo que quieres es leer a Orejudo yo recomendaría empezar por Ventajas de viajar en tren; tras ella, no vas a poder parar de leerlo. Para entender un poco más a qué me refiero te recomiendo también el artículo aparecido en JotDown, “Defensa apasionada de Ventajas de viajar en tren”.

Paseos con mi madre, Javier Pérez Andújar, Tusquets, 2011.

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Con este libro acabo de iniciarme en el mundo de las reseñas publicando en la revista digital de humanidades Hombre en Camino. Podéis leer mi reseña aquí o aquí, por lo que no tiene mucho sentido que me extienda más en este párrafo. Sin embargo, no quiero dejar este apartado vacío así que diré que Paseos con mi madre me parece fundamental para entender la historia de Barcelona (y su inmigración) durante la segunda mitad del s. XX. Es una mezcla entre diario íntimo, memorias y novela, todo con un tono lírico que recuerda a Umbral, pero que no cansa y permite que se lea la obra cómodamente. Pérez Andújar repasa los últimos años 70, los 80 y los primeros 90 explicando qué es ser de extrarradio, qué es no poder ser ni sentirse de Barcelona y cuáles son los fantasmas que, habiendo nacido en los ochenta, nos acechan intentando destruir todo lo que consiguieron nuestros padres y abuelos. La novela se articula, tal como indica el título, a través de los recuerdos que el autor evoca durante los paseos con su madre, donde la observación activa los resortes de la memoria.

“Casi veinte años viviendo en esos pisos viejos de Barcelona, de suelos de mosaico y tuberías de hierro, y sabiendo que ni uno de los pasos que he dado por sus aceras va a hacerme de esta ciudad, y así cada semana regreso a la periferia, al río, a los bloques, a la autopista, a las vías, cada vez en busca de una dosis de mí mismo. Pero nunca me encontraré tan lejos de mi historia como cuando llego a San Adrián, porque aquí ya no hay nada de lo que persigo. Son fantasmas lo que salgo a cazar, y a algunos voy a encontrármelos.”

Una vez más, es una obra indispensable.

Los trapos sucios de Manolito, Elvira Lindo, Alfaguara Infantil y Juvenil, 1997.

LOS TRAPOS SUCIOS MANOLITO

Ya hace un par de años que dedico algún momento de las vacaciones a leer un Manolito. Aunque su conocidísimo protagonista viva en Madrid, sus aventuras me despiertan la ternura de la infancia y me conectan con mis recuerdos. Este librito me ha sorprendido porque, aunque no tiene la chispa del primero, tiene unos juegos fabulosos que no habría podido disfrutar de niño. Hay una cuestión metaliteraria (breve) que me sacó una sonrisa de oreja a oreja –ya sabéis cuánto me gustan estas cosas–: Manolito reconoce que lo que se cuenta en los libros no lo cuenta él mismo, sino “la mujer esa que firma en la primera página”. El título del libro , así como las historias que en él aparecen, pone de manifiesto el peligro de contar (uno siempre habla más de lo debido: “No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido. Contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que antes o después no se traiciona, raro el vínculo que no se enreda o anuda, y así acaba apretando y hay que tirar de navaja o filo para cortarlo.”), pero desde el punto de vista infantil y desvergonzado de Manolito, que sigue, pese a los años, haciéndonos reír.

“Mi amigo Óscar Mayer nunca escribirá su vida porque su madre no le va a dejar que empiece su autobiografía diciendo: “Me llamo Óscar Sandoval, pero todos mis amigos me conocen como Óscar Mayer, el rey de las salchichas.

Y es que para escribir una biografía hay que tener mucho valor. Cada vez que aparece un nuevo tomo de la gran enciclopedia de mi vida yo salgo a la calle superavergonzado, porque todo el mundo se entera de nuestras intimidades íntimas, no sólo yo, a mi madre le da vergüenza ir al mercado y que Martín, el pescadero, le diga:

—Pero Catalina, no le pegue usted esas collejas al Manolito que luego no le rinde en la escuela.”

A mí leer Manolitos me lleva a esa época en la que siempre era verano. En serio, si de pequeños leísteis la saga, recuperadla, no solo se pasa un buen rato sino que también se descubren cosas que seguro se pasaron en su momento. Y si no, pues leedlos ahora, nunca es tarde.

La muerte en Venecia, Thomas Mann, 1912. [Leída en Seix Barral, 1983]

LA MUERTE EN VENECIA

El selectísimo club de lectura al que pertenezco decidió en asamblea celebrada el pasado 15 de julio que nuestra próxima obra sería La muerte en Venecia. En mala hora. No me ha gustado nada: me ha parecido un tostón y he querido llegar al final lo antes posible para ver si Aschenbach, el protagonista de la obra, era el muerto que prometía el título. Se trata de una novela corta con abundante descripción y profusión de detalles del pensar, sentir y parecer del personaje principal, que es un escritor que ha perdido la inspiración y viaja a Venecia para recuperarla. Es verdad que Mann ha despojado su obra de casi todas las cuestiones circunstanciales, quedándose con tan solo dos personajes y un escenario muy pequeño: un hotel de veraneo y su playa contigua, aunque también es verdad que aprovecha la mínima ocasión para abrir el cesto de los adjetivos y entretenerse en los detalles. Con todo, es bastante decimonónica, y a mí no me gustan las novelas del XIX. Digo esto porque sé que hablar mal de un clásico no me deja en muy buen lugar. Si has empezado a poner cara rara con lo que he dicho, y quieres, puedes parar de leer aquí, porque lo que voy a decir ahora seguro que no te va a gustar. Aschenbach me ha parecido un personaje horrible: un ególatra clasista y obsesivo que se escuda en el platonismo para convertirse en lo que, hoy en día, llamaríamos un stalker de manual.

“Tadrio llevaba una casaca de marinero, con botones dorados, y su gorra correspondiente. El sol y el aire marino no habían tostado su tez, que conservaba el amarillo marmóreo de siempre, pero en aquel instante parecía más pálido que de ordinario, quizá a consecuencia del fresco, o por el resplandor de los faroles. Sus cejas, armónicas, aparecían delineadas más escuetamente, y sus ojos eran muy oscuros. Era aquello de una indecible belleza, y Aschenbach sintió el dolor, tantas veces experimentado, de que la palabra fuera capaz sólo de ensalzar la belleza sensible, pero no de producirla. Como no esperaba la amable aparición, como le sorprendió descuidado, no tuvo tiempo de componer tranquila y dignamente la expresión de su rostro. De esta manera, cuando su mirada tropezó con la del muchacho, debieron de expresarse abiertamente en ella la alegría, la sorpresa, la admiración. En aquel instante fue cuando Tadrio le sonrió. Le sonrió expresiva, confiada y acogedoramente, con labios que se abrían lentamente a la alegría. Era la sonrisa de Narciso al inclinarse sobre el agua; aquella sonrisa profunda, encantada, deleitable, que acompaña a los brazos que se tienden al reflejo de su propia belleza; una sonrisa ligeramente contraída por el beso imposible de su sombra incitante, curiosa y ligeramente atormentada, transformada y transformadora.”

Sí, Tadrio es un niñito polaco cuya imagen física devuelve a Aschenbach la inspiración, por lo que le observa desde la distancia y lo sigue en sus paseos y sus baños. Lo que yo decía: un stalker de manual. Estoy seguro que Thomas Mann es un autor al que hay que leer, pero mi experiencia con La muerte en Venecia no ha sido para nada satisfactoria.

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