LO MEJOR DE AGOSTO DE 2016: el (fallido) mes Mendoza

Agosto ha sido, en cuanto a lecturas, un poco fracaso. Yo me las daba muy felices a finales de julio pensando en qué iba a leer, visitando las librerías de mi recién recuperada Barcelona y planeando volver a sentarme en los lugares donde solía entregarme a la página escrita. Pero, ¡ja!, qué poco sabía yo que una antigua novia iba a venir para quedarse y para darme una ingente cantidad de trabajo en el mes que honra al emperador romano Octavio Augusto.

El último día de julio me encontré con un par de artículos que hicieron que decidiera mis lecturas para el octavo mes del año. El primero fue la columna de Javier Marías, escritor del que soy devoto de sus novelas pero no suele convencerme con sus publicaciones en prensa, “Fui alegre al morir”, en la que, además de regalarnos la traducción de un poema (recordemos que Marías fue Premio Nacional de Traducción allá por 1979 por su trabajo con el Tristam Shandy, La vida y las opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne), reflexiona sobre la dificultad de leer en verano –¡ah, si hubiera sabido lo premonitorio de esto quizá no lo hubiera leído!–

“Es cierto que los lectores empedernidos somos irracionalmente optimistas, y cada vez que emprendemos un viaje –incluso si es de trabajo– echamos a la maleta más libros de los que seríamos capaces de abarcar. Me imagino que quienes tengan e-book se llevarán un cargamento aún mayor. Mi experiencia me ha enseñado que en esas salidas breves suelo regresar, a lo sumo, con dos o tres capítulos leídos en la incomodidad de un aeropuerto. En agosto consigo acabar dos o tres obras, si no son demasiado extensas, y eso que no me veo distraído por Internet (no uso ordenador), ni por teléfonos inteligentes (no tengo), ni por videojuegos (jamás me he asomado a uno), ni por ninguno de los mil artilugios que atarean hoy a las personas para que no se sientan “solas”, pese a estar rodeadas la mayoría, velis nolis, por familias numerosas y vecinos cargantes.

Si a esto añadimos que en las vacaciones hay un montón de deberes (pasarse horas en la playa, comer como energúmenos, dormir la siesta, salir de farra, entretener a los niños, visitar ciudades a la carrera), no sé cuándo vamos a leer a Proust, a Conrad, a Cervantes o a Montaigne.”

El segundo fue un artículo de Fernando Savater, al que hasta hace poco había denostado profundamente y del que todavía me separan muchos aspectos sobre su forma de pensar, titulado “En defensa de la vida ociosa”, en el que aboga por dedicar las vacaciones a hacer “esas cosas tan valiosas que nadie retribuye, sea leerse las obras completas de Shakespeare, aprender a tocar la flauta dulce o mirar incansablemente el mar”.

La lectura de estos artículos se fundió en mi mente, comulgaron de tal forma que a las pocas horas ya no sabía quién había dicho qué pero, en cómputo, me quedó una idea principal: dedicar el mes de agosto a las lecturas que, siendo obligatorias, siempre tenemos pendientes. Proust, Cervantes, Shakespeare o Montaigne, fueron los ejemplo de Marías. Yo, que tengo menos años y muchas más carencias lectoras que Marías, me decidí por uno de esos autores a los que siempre tengo pendiente leer: Eduardo Mendoza.

Mi primer contacto con el autor catalán fue hace 14 o 15 años, con la lectura de Sin noticias de Gurb, que era obligatoria en uno de los cursos del colegio, 4º de la ESO, si no recuerdo mal. Lo que sí recuerdo es cómo me gustó esa novela fresca, juvenil y desenfadada (no sé si se puede ser juvenil sin ser fresca y desenfada y viceversa). Creo que fue la obra que empezó a reconciliarme con la lectura, que había aborrecido unos años atrás gracias a una labor poco profesional de una profesora de lengua al obligarme a leer El hobbit. No dudo en absoluto de su buena intención, de su esfuerzo para acercarse a eso de “los intereses de los aprendices”, aunque en mi caso la fórmula le salió rana. Sí, yo ya apuntaba maneras de niño raro desde el inicio de mi adolescencia, qué le vamos a hacer. En fin, volviendo a Mendoza. Había dejado escapar la lectura de El misterio de la cripta embrujada hacia segundo de la ESO, porque nos ofrecieron escoger nuestra lectura de entre tres libros y yo escogí El enigma del maestro Joaquín, de Sigrid Heck, libro que leí dos veces y del que recuerdo vagamente el argumento, nada en absoluto del final, pero muy intensamente el placer que me generaba su lectura. Por aquél entonces sabía tan poco de libros que cuando lo terminé, en lugar de buscar en otro libro el placer que había encontrado en ese, directamente lo volví a leer. La buena, la mejor, como en casi todo, fue la primera. Debí de ser el único que escogió el libro de Heck y eso me hizo todavía más raro. Mientras mis compañeros hablaban de detectives, crímenes y enigmas o de la Roma clásica y sus romanos, sus conjuras y conspiraciones (el otro libro de la tríada fue Guárdate de los idus, de Lola Gándara), yo andaba inmerso en la historia del gigante San Cristóbal (que sirve a Cristo ayudando a cruzar a la gente un peligroso río) y la pintura flamenca del XVI. Ya os podéis imaginar que no era precisamente el capitán del equipo de fútbol…

En fin, que me pierdo: que tenía pendiente desde hacía mucho ponerme a leer a Mendoza y los artículos de Marías y Savater me parecieron una excelente excusa para dedicar agosto a ello. Eso y que encontré en una tienda de segunda mano El asombroso viaje de Pomponio Flato y me moría de ganas de leerlo. Dicho y hecho. Planifiqué mi segunda lectura gracias a mi selecto club lector: Mauricio o las elecciones primarias. El título nos llamaba mucho la atención y a mí me venía de lujo para no mezclar y conseguir mi propósito: hacer de agosto el mes Mendoza. La tercera novela que pretendía leer era, como no, La cripta embrujada, la cuarta La verdad sobre el caso Savolta, y la quinta (pensé que en agosto iba a poder leer a todas horas) La ciudad de los prodigios. Dediqué un par de días a conseguir los libros mientras me ventilaba el primero y, catapum, el agosto ocioso se me fue al garete. La primera semana me tocó hacer un curso intensivo de español (esto es trabajar) y al segundo día el rock and roll vino a buscarme ofreciéndome una de esas tentaciones demoníacas: tocar en las fiestas de Sants, ya que el batería del grupo contratado no podía hacerlo. Bueno, tampoco es que nada de lo que digo sea una complejidad pasmosa, pero la última vez que me senté detrás de una batería aún gobernaba Zapatero, así que tuve un importante trabajo de puesta a punto. Más o menos como Rocky Balboa en la peli Rocky I, larguísimas horas de tediosas progresiones (tac-tac, tac-tac; tactac-tactac, tactac-tactac; tactactac-tactactac, tactactac-tactactac, tactactactac-tactactactac-tactactactac; tactactac-tactactac, tactactac-tactactac; tactac-tactac, tactac-tac; tac-tac, tac-tac y así mucho rato, muchas veces). Total, que me he leído las dos primeras novelas y las otras, una vez más, me han quedado pendientes. Pero como tengo un compromiso con ese amplísimo número de lectores que pasean por mi blog y por las tertulias de los cafés fumando en pipa y rastreando en mis textos la presencia de Schopenhauer, Krause y Gramsci no podía fallar y aquí os traigo una pequeña reseña de las lecturas:

El asombroso viaje de Pomponio Flato, Eduardo Mendoza, Seix Barral, 2008.

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Como ya he dicho encontré el libro en una librería de segunda mano antes de decidir que agosto iba a ser el mes Mendoza. Se trata de una novela donde confluyen distintos géneros que vamos descubriendo poco a poco. Lo primero que llama la atención es que la obra se inicia al estilo de una epístola, es decir, una carta que el narrador envía a su destinatario (Fabio) en la que, suponemos gracias al título, va a dar cuenta de unas aventuras asombrosas acaecidas en un viaje. El primer párrafo de la novela es excepcional, no sólo por la verosimilitud de Mendoza con los textos clásicos, sino por el juego humorístico que trama para construir al personaje viajero:

“Que los dioses te guarden, Fabio, de esta plaga, pues de todas las formas de purificar el cuerpo que el hado nos envía, la diarrea es la más pertinaz y diligente. A menudo he debido sufrirla, como ocurre a quien, como yo, se adentra en los más remotos rincones del Imperio e incluso allende sus fronteras en busca del saber y la certeza. Pues es el caso que habiendo llegado a mis manos un papiro supuestamente hallado en una tumba etrusca, aunque procedente, según afirmaba quien me lo vendió, de un país más lejano, leí en él noticia de un arroyo cuyas aguas proporcionan la sabiduría a quien las bebe, así como ciertos datos que me permitieron barruntar su ubicación. De modo que emprendí viaje y hace ya dos años que ando probando todas las aguas que encuentro sin más resultado, Fabio, que el creciente menoscabo de mi salud, por cuanto la afección antes citada ha sido durante este periplo mi compañera más constante y también, por Hércules, la más conspicua.”

Así, en busca del manantial de la sabiduría y cagándose vivo, es como llega Pomponio Flato, un romano de la orden ecuestre, es decir un équites, un caballero, a Nazaret donde va a ser ajusticiado por crucifixión el carpintero del pueblo, acusado de homicidio. A partir de este punto empiezan a confluir otros géneros, teníamos una especie de género epistolar y novela de viajes y de aventuras, y ahora asistimos a un juego de ficción en la ficción. Resulta que el carpintero acusado es José, San José vamos, padre putativo de Jesús de Nazaret y marido de María, madre de Dios. Los servicios de Pomponio Flato son requeridos por Jesús, a cambio de veinte denarios, para que averigüe quién es el verdadero asesino y demuestre la inocencia de su padre. A partir de este momento empieza a desarrollarse una especie de novela detectivesca que no abandona en ningún momento la sátira ni los juegos y usos de la novela histórica y romana (interpretación de sueños, resolución casi inverosímil y en el último momento de los enredos, etc…). Mendoza presenta una novela de enredos al más puro estilo del Miles gloriosus o El soldado fanfarrón y Leucipa y Clitofonte, pero obviando el componente de novela de amor prohibido de las obras clásicas. En su lugar la dota de un humorismo bien elaborado que parte de los clichés de la época (el extendido uso de la sodomía entre hombres, el férreo rechazo del pueblo judío de Palestina frente a la ocupación romana, la insaciable búsqueda de un mesías, los constantes hurtos y saqueos de los legionarios romanos…).

El final de la obra, como no podía ser de otra forma, es un final rocambolesco que aglutina y cierra todas las tramas presentadas. El libro termina con una nota del autor donde da buena cuenta de la fuente de todos sus juegos de ficción, que a mí es una de las cosas que me parecen más interesantes de la novela. Sin embargo la obra es muy recomendable y no sólo por eso. Se trata de un libro muy divertido, un libro genial para leer en agosto. Es cierto que si se conoce bien el entramado de la familia de Nazaret y de ciertas tradiciones romanas y judías se disfruta más de los guiños que hace Mendoza, pero estoy seguro que, en caso contrario, se gozará de la misma forma de esta obra multidisciplinar en la que predomina la novela detectivesca y cómica.

Mauricio o las elecciones primarias, Eduardo Mendoza, Seix Barral, 2006.

mauricio o las elecciones primarias

La lectura de este libro salió de una propuesta de mi compañero de club lector. Cuando nos reunimos para hablar sobre él (esta vez yo vestía un polo mientras que el lucía su natural pelambrera pectoral) los dos coincidimos en lo mismo: esperábamos una novela más política. No es una mala obra, todo lo contrario, es una muy buena novela, pero la obra consiste más en la disección de una generación y clase que de un ejercicio de reflexión política. No es que no lo haya, lo hay y, a mi parecer, muy bueno pero ya aviso: no es el tema central del libro. La novela arranca con un prólogo sobre la eternidad o no de los ángeles que descoloca al lector. Acabada la obra encontramos un epílogo sobre los gigantes o titanes que descoloca igual y permite un buen número de conjeturas sobre el significado y uso de estos dos elementos. La diégesis es conducida por un narrador omnisciente que conoce absolutamente a los personajes y nos permite ver su profundidad y sus exégesis. El protagonista de la obra es Mauricio, un dentista que lleva poco más de un año trabajando por cuenta ajena en Barcelona, tras regresar de Madrid donde ha terminado su especialidad en estomatología. Un día cualquiera Mauricio coincide con uno de sus antiguos compañeros de la escuela, conversan y este último invita a cenar al odontólogo. En esa primera cena se contraponen las ideas políticas de los personajes. Mauricio había militado con los comunistas en la universidad, no ha perdido los ideales y, aunque la ilusión se le ha deshinchado un poco, sigue creyendo en la conquista de derechos como forma de avance social. Está un poco desencantado, ha perdido el interés, la actitud revolucionaria y reivindicativa pasando a engrosar la ingente masa de socialdemócratas de los primeros años ochenta. La relación entre los dos ex-compañeros continúa y Mauricio asiste a una cena en casa de su antiguo condiscípulo. Ese acontecimiento desencadenará buena parte del argumento de la novela. En primer lugar, a Mauricio, dos miembros del PSC (Partit dels Socialistes de Catalunya-PSOE) le proponen formar parte de la lista a las elecciones de la Generalitat de 1984; en segundo lugar, conoce a Clotilde, otro de los personajes fundamentales de la novela, con quien mantendrá una relación amorosa. A partir de este momento se inician varias tramas en la novela, pero hay dos que actúan como eje central: la toma de decisión sobre si aceptar o no la propuesta política y la relación con Clotilde.

Durante el tanteo de Mauricio, este le pide consejo a Clotilde y asistimos a uno de, en mi opinión, los mejores pasajes del libro:

“(Clotilde) – No puedo decidir por i. Ahora, un consejo sí te voy a dar. No lo seguirás, pero te lo daré igual. Si por mala conciencia te crees en la obligación de sacrificar tus horas de ocio a la política, no hagas campaña con los socialistas.

(Mauricio) – ¿Por qué no? Son los nuestros.

– Precisamente. El partido socialista es el partido de los fracasados y los zascandiles como nosotros. Primero quisimos hacer la revolución y al final nos hemos quedado con el Estado del bienestar. Yo voto socialista, por supuesto; los demás son peores. Incluso es posible que el PSOE vuelva a ganar. Pero como ganará por el voto de los inútiles, lo seguirá haciendo fatal y durará poco. Bebió un sorbo de cerveza y continúo: El partido socialista se basa en la falta de ideales. Ni la santa tradición ni la revolución permanente. Sólo gestión y distribución. Poco estimulante, salvo que sea novedoso, como en España. Todo nos parece bien comparado con lo que hemos tenido. Pero cuando nos acostumbremos, veremos que detrás de la práctica diaria no hay nada. Peor aún: le veremos las interioridades al partido y no nos gustarán. Un gobierno sin ideología ha de mantener un nivel muy alto de eficacia y honradez, y eso no está al alcance de nadie. En cuanto hayan puesto la casa en orden y la gente vea que poco o nada cambia, vendrán las viejas retóricas y los harán a un lado. Embarcarse con ellos es ir de cabeza al fracaso. Esto por lo que se refiere a los socialistas en general. Aquí el panorama es aún peor. Cataluña es ingobernable. Durante siglos hemos funcionado a nuestro aire, sin estamento político, y no estamos preparados para encajar en una estructura de poder. Estamos acostumbrados a vivir en la periferia de un estado incompetente y a sobrevivir a base de pactos secretos, acuerdos tácitos y chanchullos disimulados, bajo el velo de un nacionalismo sentimental, autocompasivo y autocomplaciente. En Cataluña la política es un circo de pulgas para un público embrutecido por el fútbol y el virolai. Jordi Pujol entiende la situación y por eso gana y volverá a ganar. Su partido no es tal partido, sino una asociación de hombres de negocios que dirigen el país como lo que es: un negocio.”

Finalmente, y pese al consejo de Clotilde, Mauricio acepta formar parte de la candidatura, por lo que se ve obligado a dar algunos mítines. La ilusión inicial se desmorona rápidamente al confirmar a la primera de cambio la insignificancia de su persona dentro del aparato del partido, la falta de organización, de ideas y de discurso y, por qué no decirlo, la falta de glamour de los lugares a los que lo envían. Mauricio pasea por el extrarradio de Barcelona, por los barrios obreros, y de repente se ve rodeado de personajes lumpen, desclasados, de antiguos activistas vecinales que realizaron su lucha en la clandestinidad y que le muestran un lugar y una forma de vida que le queda muy lejano. Fundamentales serán a partir de aquí personajes como Brihuegas, antiguo militante socialista, o mosén Serapio, cura obrero, megalómano y beodo. Destacará de entre todos ellos la Porritos, una ex yonki con quien Mauricio establecerá un triángulo amoroso en el que ocupara el lugar central, creando un juego de espejos contrapuestos donde dos realidades (la de la clase de Mauricio y Clotilde y la de la Porritos) convergen y se debaten en el interior de Mauricio mostrándonos ampliamente su mundo interior. Así se perfila, poco a poco, el tema fundamental de la novela: el de una clase y generación de personas bien, descontentas sí, pero con las necesidades cubiertas. Tienen buenos estudios, familias con posibles y aunque tienen dificultades para alcanzar la felicidad su vida se debate entre si comprar un coche o no. Por su puesto hay una cierta frivolidad en los personajes, pero no se trata en absoluto de sujetos planos. El narrador omnisciente da una ingente información sobre las inquietudes de los protagonistas por lo que la obra va más allá de un simple juego de caracteres.

Mendoza escribe Mauricio y las elecciones primarias para contraponer el fin de una generación (la de la Porritos) y el afianzamiento de una nueva que, aunque minoritaria, cambió nuestra forma de entender la sociedad. En la novela de Mendoza asistimos, de una forma muy sutil, al entierro de la clase obrera y a la victoria del concepto de clase media y de las apariencias. Mauricio y Clotilde representan al hombre nuevo tras la dictadura: descontento con el mundo actual, pero acostumbrado a no sobresalir, a aceptar la realidad tal como es y, sin aspavientos, adaptarse a ella mientras se critica y se crea, mentalmente, un reducto o espacio de exilio interior. Las decisiones de los personajes, tema central de la novela (de ahí el título: “las elecciones primarias”) nos mostrará ese proceso de adaptación a un nuevo mundo incierto en el que, ya ha quedado claro, ellos, como masa, nada pueden aportar.

Aunque es cierto que esperaba un libro más político y que hay tramas de la novela que no acaban de desarrollarse (lo que me lleva a pensar que quizá Mendoza pretendía hacer una novela de mayor extensión), Mauricio o las elecciones primarias es un libro que me ha gustado mucho y que recomiendo sin duda. Es un libro agradable de leer, con juegos de ironía mordaz que harán las delicias del lector mientras se asoma al abismo de unos personajes que se hacen mayores durante la novela y descubren el desencanto de un mundo inmutable donde, salvo en la privacidad de la propia vida, no queda apenas espacio para la ilusión.

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