OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 9: UN TREN HACIA EL FUTURO

Diario:

Muchas cosas han pasado durante estos últimos días que no me han dejado ponerme a escribir como a mí me gustaría. ¡Qué cosas tiene la vida! Quién me hubiera dicho que este diario que empecé con tantas expectativas se iba a convertir en lo que se ha convertido. Pues ya ves, ya ves, así son las cosas. Ahora escribo, o querría escribir, aunque no siempre puedo contar lo que querría. A veces es porque no me da tiempo: la vida pasa muy deprisa y no paran de suceder cosas y, a mis dieciséis, no soy capaz de seguirle el ritmo con el lápiz y el papel. No me quejo, claro que no me quejo. Que sigan sucediéndome todas estas cosas que me suceden que, aunque a veces sean un movidote de la parra, son un pasote total. Otras veces no puedo contar lo que querría porque no sé cómo hacerlo. Hay un descuadre entre lo que me pasa y lo que sé contar. Hace siete días me acordaba de la frase del filósofo (“los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”) y ahora sé que no va a la par: mi mundo crece más rápido que mi lenguaje y, aunque ahora lleve un diccionario en la palma de la mano gracias al móvil, y pueda inventar palabras, no siempre es una cuestión sólo de vocabulario. Podría decir “hoy estoy chipiritiflaútico”, pero no sabría qué más poner después, no sabría cómo explicarme a mí mismo, y, entonces, esta prueba material no serviría para nada. No me olvido que escribo, entre otras cosas, para que cuando tenga cincuenta o sesenta o setenta años y la cabeza me haga de más y de menos pueda leerme a mí con dieciséis y acordarme de cómo fue este verano. Pero claro, si la cabeza no me furula todo lo bien que yo querría y a los cincuenta se me ha olvidado qué quería decir con chipiritiflaútico pues a ver quién es el guapo que entiende cómo era yo por aquel entonces. Total, que este diario que debería acabarse hoy, que es el último día de las vacaciones que he pasado con Carla, Sergio y Alba, tiene que seguir unos días más.

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Necesito horas en mi habitación, necesito horas de pasear por la cabeza y necesito tirar del título de este diario y ponerme en plan “olvidóseme decir” para poder explicarme a mí mismo qué ha pasado todos estos días, qué ha sucedido todo este año, y ver en qué punto estoy y cómo va mi vida. Ahora escribo otra vez en un tren que me lleva de vuelta a la estación de Sants, pero sé a la perfección que este tren a donde de verdad me lleva es al futuro. El verano pasado la vida me empezó a dar collejas. Las collejas son unos golpes que le pegan a uno en la nuca, en la folleta cómo la llamamos en el barrio y, por esa forma natural que tienen de impactar en la parte trasera del cuerpo, le hacen a uno avanzar. Eso es lo que me ha pasado a mí este año, que he ido avanzando a collejas. Pero claro, olvidóseme decir que las collejas no son golpes de los que intentan herirte, no. Son golpes de cariño, o toques de atención. El peluquero te da una cuando acaba de cortarte el pelo y con ese gesto te está diciendo: “chaval, aquí tienes tu casa. Ven cuando quieras”. Si en el insti te cae una de los Souliman, por ejemplo, lo que te está diciendo el golpecito es “¿qué pasa David, cómo va cachocabrón?” Las collejas sólo te las da la gente que te quiere. A veces no te las esperas y te pican un poco, pero es lo que tienen. Son de buen rollo. Bueno, pues eso, que he ido avanzando así, a golpes. Podemos decir que han sido como unos empujones rápidos y cortos, inesperados. Este año he avanzado mucho, pero sin saber qué mano me daba la colleja (bueno, hay algunas manos que sí que sé de quién son), ni de dónde venían ni adónde me querían llevar.

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Pues se ha terminado. Como en agosto no tengo clase ni con Ana ni con Adri ni tampoco trabajo en la empresa de Juan me voy a dedicar unos días a ponerme en orden. A ver si me aclaro o me complico más, que todo puede ser. Otra de las cosas que tengo pendiente de hacer es ponerme a escribir bien, experimentar con el lenguaje: ampliarlo, mejorarlo, ejercitarlo. Sergio es un muerto, pero cada vez me da más envidia cómo habla y lo bien que se expresa. Sé que su mente funciona de una forma más ordenada que la mía porque tiene más vocabulario, así que cuando tiene que expresar algo sólo tiene que ir al cajón donde tiene guardada la palabra. Sin embargo, yo tengo que dar un rodeo enorme para poderme explicar, y como en ese rodeo a veces tampoco encuentro qué palabra tiene que ir después de la otra pues me pierdo en la explicación y al final no centro y me voy del tema y no me entero y booooh. Pues eso lo voy a empezar a cambiar. Palabra. Nunca mejor dicho. Sé, también, que Sergio no es un marciano que haya venido de otro planeta con una mente llena de vocabulario y que toda esa biblioteca de palabras y de ideas la ha conseguido leyendo. Por eso le he pedido que me recomiende libros y él, con un brillo en los ojos, como si me hubiera convertido a su religión, me ha escrito una lista bien larga con títulos con los que empezar: El mundo de Sofía, Moby Dick, Drácula, Un mundo feliz, Alicia en el país de las maravillas, El corazón de las tinieblas, Rebelión en la granja… No me quiero agobiar, pero sé que me tengo que poner también a leer. Siempre estoy diciendo que estos tíos tienen mundo y está claro que el mundo que tienen lo tienen dentro de su cabeza y lo han hecho leyendo. Leyendo y viajando. Sergio siempre dice “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Viajar debe de ayudar, claro, pero como yo eso no me lo puedo permitir pues no me queda otra que tirar de libros, que eso es casi gratis: sólo tienes que ir a la biblioteca y no pajarearte y devolverlos a tiempo. Sé que lo bonito de los libros debe ser tener cada uno los suyos propios, pero eso, en mi casa, es casi imposible. Si nunca pude meter una tienda de indios, ¿cómo voy a poder meter una biblioteca como la de la casa de la playa de Alba? Tendré que esperar a ser mayor y tener mi casa y, de momento, irme haciendo una biblioteca dentro de mi cabeza, aunque sólo sea de palabras o de ideas nuevas.

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De todas formas, lo primero, lo más importante es ver qué pasa con Alba. Supongo que estos días podremos hablar como hemos hecho siempre, es decir: por Facebook o por Whatsapp. Esta es la jerna de nuestra generación: que, a veces, nos entendemos mejor si nos leemos que si nos vemos. Yo no me quería ir, pero sé que para saber qué le pasa a ella por la cabeza nos va a venir bien un poco de espacio, contarnos las cosas a distancia. Madre mía, cómo cambia el mundo y la vida. Si me oyera mi abuela me diría que los jóvenes de hoy en día nos hemos vuelto gilipollas y que no hay nada mejor que hablar las cosas cara a cara, pero nosotros ya no estamos acostumbrado a eso. Quiero preguntarle por qué yo, qué ha visto ella en mí y qué espera, porque lo que me asusta es que ella tenga una idea de mí en la cabeza que no sea realmente lo que yo soy. Alba es un encanto y es guapa, aunque en este caso, cómo sea ella físicamente da un poco más igual. Si tenemos algo supongo que no puede ser un rollete como los que se tienen en el insti, que es una cosa física del todo: te lías con una o con otra por si está buena; total, no te vas a casar con ninguna. O puede que sí, nunca se sabe. En el cole también hay gente que lleva un puñao de tiempo de novios. Pero no sé, a mí eso no me va. Si no he sido capaz de tomar una decisión nunca, ¿cómo me voy a poner ahora a escoger a la mujer de mi vida? Supongo que eso es lo que más me ralla de Alba. ¿Qué pasa si se acaba? Yo no quiero que Alba salga de mi vida y ahora está dentro, vaya si está…

1938 ---  by Edward Hopper --- Image by © Geoffrey Clements/CORBIS

1938 — by Edward Hopper — Image by © Geoffrey Clements/CORBIS

Cuando me ha despedido en la estación me ha abrazado y me ha dicho al oído que íbamos a vernos pronto, muy pronto. Yo no he sido capaz de decirle nada. En ese momento yo era una incertidumbre total, yo era la duda hecha carne. Cuando me ha soltado ha visto que tenía el ceño fruncido, no es que estuviera enfadado, es que supongo que tenía acumuladas ahí, entre los ojos, todos los besos que quería darle y todas las ganas de quedarme con ella; pero también, claro, todo ese no saber qué pasaba, que había pasado y qué iba a pasar. Alba me ha dado unos toquecitos con el dedo. “uy, uy, uy… ¿qué es este ceño tan fruncido? ¿que no te lo has pasado bien? Va, movidote de la parra, te veo pronto”. Si yo era la incertidumbre, Alba era la dulzura personificada. Yo casi esperaba que me diera una colleja. Una más. Una que me subiera al tren, que me sacudiera la cabeza y me hiciera avanzar. El cuerpo me va de camino a Badalona, pero la mente me la he dejado en ese terreno pantanoso que es Alba y todas las dudas que me genera. No voy a volverlas a escribir. De momento tengo sus últimas palabras: “nos vemos pronto”. Ahora pienso en qué pasará, qué me dirá y cómo estaremos…

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En fin, son demasiadas cosas como para darles respuestas el primer día. Además, ya estoy llegando otra vez a Sants sí, esto que escribo ahora lo estoy escribiendo en el tren que me lleva de vuelta a Barcelona y ahora me toca coger otro tren y un autobús para llegar a casa y ver a la vieja y a Juan y a la abuela y comer con ellos y explicarles casi todo lo que hemos hecho esta semana. Hoy ya no puedo rallarme más con estos temas, así que tendré que volver a cogerlo mañana. Pues eso: mañana más.

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