OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 8: UNA FIESTA DE DESPEDIDA

Diario:

Ayer tuvimos la fiesta ibicenca de Alba. Estábamos nosotros cuatro y vinieron sus amigos de aquí. Sus padres habían preparado San Franciscos y Mojitos sin alcohol, y eso estuvimos bebiendo. Yo estaba bastante cortado, así que me pasé un buen rato hablando con Sergio sentados en una de las tumbonas del jardín. Empezamos a hablar de lo que molaba la casa y poco a poco salió el summercamp del año pasado y después Carla y, claro, también Alba. Sergio me dijo que quizá no quería hablar de eso, pero que se había dado cuenta de que había pasado algo con Alba y que si era eso lo que quería. Al principio sentí como si me atacara, como si Sergio diera por hecho que la cosa la había iniciado yo. Yo me quedé un poco a cuadros y le dije que no tenía ni idea qué era lo que él sabía, pero que yo andaba perdidísimo. El tío no se puso en plan chafardero, pero me preguntó que qué quería decir, así que le conté que Alba me había besado y que me había dicho que yo le gustaba y que yo me había quedado flasheado. Sergio se quedó mirándome fijamente, en silencio, un buen rato. Yo lo miraba a él esperando algún tipo de respuesta y al final, ¡flipa con lo que me dijo el tío! Va y me suelta: “David, no sabía que fueras tan idiota”. Échale huevos. Yo me quedé planchado, claro, y le dije que de qué iba y que qué quería decir. Me dijo que se veía a la legua (eso dijo, que “se veía a la legua”) que Alba estaba por mí. Pues hala, ¡HALA!, doble flash.

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Yo le dije que cómo era posible y me volvió a decir que se veía desde la Luna y que ellos lo sabían desde hacía tiempo. Que era tan fácil como atar cabos: todas las veces que habíamos quedado, cómo me trataba Alba, los regalos que me había hecho y, por último, el enfado del otro día. Todos pensaban que yo estaba al caso y por eso él dio por hecho que el que se había lanzado había sido yo. Se puso serio y me dijo que entonces tenía que ir con ojo porque Alba parecía estar bastante colada y que había entendido que yo también, porque le daba pie a creerlo. ¿Cómo que yo le daba pie? ¡Si yo no he hecho nada! Sergio siguió diciéndome que sí, que sí que había hecho. Que siempre entraba al trapo con las bromas y los chistes que Alba me hacía. Y que ella siempre me había tocado mucho y yo encima le pedía que me diera masajes en la playa y hasta nos echamos la siesta abrazados. Joder, joder, joder: ¡qué movidote! Yo no había hecho nada aposta, es sólo que trato así a las tías. Aunque pensándolo bien, supongo que es verdad que con Alba hemos hecho confianza muy rápido y hemos tenido un contacto más intimo, por decirlo de alguna manera, desde casi el principio. No sé, para mí puede haber sido más normal. Al final mi mundo es el barrio y es pequeño y pasamos muchas horas juntos: en el instituto, en la calle… A veces sólo nos tenemos los unos a los otros porque algunos de nuestros viejos son muy piezas y al final te acabas haciendo una familia grande con los amigos o los vecinos y nos damos más confianzas. Cuando mi viejo se largó, por ejemplo, muchos vecinos nos ayudaban. Yo era pequeño, pero me acuerdo. Venían a casa a ver cómo andábamos, nos arreglaban las cosas que se jodían y alguna vecina subnormal empezó a decir que si mi vieja hacía o no hacía esto o lo otro con ellos, pero qué va. Lo que pasa es que en el barrio nos tratamos así. En el barrio sabemos que somos de carne y hueso y hay que cuidarse y darse cariño. Y nos tocamos y nos abrazamos, pero joder, no sé, a mi me parece normal, aunque supongo que para estos tíos no es normal. Ellos vienen de familias enteras, y yo no. No sé si el resto de gente se relaciona igual. Lo ves, joder, si es que soy un cateto. Esta gente sí que tiene mundo.

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Sergio me preguntó qué era lo que yo quería y si estaba seguro que el tipo de relación que quería tener con Alba era esa, porque si la cagaba podía hacer que todo esto se fuera a la mierda. Hala, lo que me faltaba para acabarlo de adobar, que Sergio me metiera más presión. Se lo dije. Le dije exactamente eso: “Joder Sergio, ya lo que me faltaba: que tu me digas eso. Bastante rallado estoy, menuda ayuda, macho”. Él se disculpó con ese tono de Ministro que le sale a veces y me dijo que no sabía cómo podía ayudarme; que a estas alturas ya tendría que tener claro lo que quería y que la cosa no era baladí (sí, dijo baladí. No es sólo que no me ayude con lo que me dice, sino que encima hace que entenderlo sea complicado), que todos formábamos parte de un grupo de amigos que molaba y que él, personalmente, quería mantener y que no quería que por mi culpa esto se fuera a la mierda. Bueno, él no ha dicho la palabra mierda ni la palabra molar, pero yo ya me entiendo.

Yo venga a insistirle en que me ayudara y el tío venga a decirme que eso era cosa mía. Al final le pregunté que qué haría él estando en mi lugar y me ha dicho lo que yo ya sabía: que Alba era un encanto de niña, que era lista y buena y que con ella iba a aprender mil cosas nuevas. Me dijo que Alba era así, pero que eso no tenía nada que ver, que el que tenía que decidir era yo y no tanto por cómo es Alba, sino por cómo soy yo y por lo que quiero. Joder, menudo follón. Yo le dije que estaba acojonado, y que no sé lo que quiero. Sergio volvió a mirarme de arriba a abajo, suspiró y me dijo que todos estábamos igual, que por eso somos adolescentes, y que de eso se trata: de no tener ni idea, y rallarse, y pensar, y probar y decidir. Que si no lo hacemos, sino hacemos todo ese proceso y nos comemos la bola y luchamos contra nosotros mismos, sino hacemos por ir un paso más allá y por dejar atrás el miedo que da todo: la vida, las decisiones, las cosas que parecen muy cuesta arriba… sólo cumpliremos años, pero no maduraremos. Joder con Sergio, el tío habla poco pero cuando habla lo clava. Voy a tenerme que poner a leer como él. Lo digo sobre todo porque él, que apenas me conoce, me ha podido decir todo esto, mientras que Carlitos lo único que me ha contestado cuando le he dicho que Alba me había comido la boca y que estaba ralladísimo ha sido un mensaje de Whatsapp que decía “Olé tu polla! Campeón!!!”. Menudo chasco con Carlitos, yo pensaba que me iba a escribir dándome alguna solución y lo único que me ha mandado es una felicitación de macho ibérico. Me ha hecho cantidad de ilusión, las cosas como son, y me he partido la caja, pero pensaba que me iba a decir algo más. Manda huevos.

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Seguíamos dándole vueltas al tema cuando las niñas venieron a por nosotros para que bailáramos un rato con ellas. Yo pensaba que Sergio iba a decir que no, que iba a decir que él no bailaba o algo así, pero qué va. Cogió a Carla y dijo “a bailar”. Alba me cogió de la mano y estuvimos bailando. Yo me movía haciendo el indio, pero cada dos por tres me tenía que colocar bien las chanclas, porque a la que levantaba un poco el pie del suelo se me salían. Después de dos o tres canciones Alba me volvió a coger de la mano y me llevó a la mesa donde estaban las bebidas. Se llenó un vaso y fuimos donde estaban sus amigos de la casa de la playa. Me los presentó y estuve un rato con ellos mientras hablaban. Me estaba rallando mogollón oyendo sus historias y además tenía que mear, así que le dije a Alba que ahora venía. Cuando salí del baño la tía me estaba esperando en el salón. Me llevó al garaje y estuvimos dándonos besos. Alba me abrazaba muy fuerte. La tía se separó un momento de mí y se quedó mirándome mientras me tocaba el pelo y la nuca, como el día de la piscina. Yo aproveché y le dije que esto era un movidote de la parra, que yo me marchaba y que no quería irme porque no sabía qué iba a pasar. Que de hecho la movida más gorda es que no acaba de entender qué había pasado ni qué quería. La tía me dio un beso más y me dijo “David, a veces no hay explicación. A veces las cosas que ocurren no se pueden explicar, las palabras se quedan cortas. A mí me gustas mucho y creo que yo también te gusto, ¿no?”. Claro, claro que me gusta, joder. Alba sonrió y me dijo “pues ya está, ¿qué más se necesita? ¿Tú estás bien?”. Yo le he dicho que sí, que yo estaba muy bien y me ha dicho que lo importante era eso: estar bien. Seguimos besándonos. Yo estaba en la gloria, pero también estaba cagado de que nos pillaran sus viejos, que debían de andar por ahí todavía, así que se lo he dicho y hemos vuelto a la fiesta.

Me pidió que le ayudara a llevar la guitarra y un atril y unos papeles con partituras. Salimos fuera y se puso a tocar canciones. Todos íbamos cantando y lo estábamos gozando, pero la fiesta se acababa y teníamos que empezar a bajar la voz. Entonces Alba dijo que quería dedicar una canción a una persona especial y ¡al loro con lo que dijo!: “David, tú sí que eres un movidote de la parra” y se puso a cantar You are my Sunshine. Yo me he quedado flipando y me subió una cosa desde el estómago al pecho que al principio pensaba que era vergüenza, pero que ahora estoy seguro de que no era eso, sino otra cosa. Alba es una tía genial, una delicia, como dice ella a veces. En el fondo me quería morir porque todos me miraban, pero ella no aparta sus ojos de los míos, como cuando estábamos en la piscina, y yo no paraba de sonreír.

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Cuando acabó de tocar todo el mundo aplaudió muchísimo y Carla, que estaba a mi lado me pasó un brazo por los hombros y me dijo “que monus que sou” mientras se reía y me daba golpecitos. Aún estuvimos un rato más de fiesta, pero Alba se puso a recoger y nosotros la ayudamos mientras sus amigos se iban yendo. Había empezado a refrescar y Carla y Sergio dijeron que se iban a la cama. Ella me dijo que no tenía sueño y que si me quedaba un rato con ella. Yo le he dicho que sí, pero que tenía frío y que me iba a poner un chandal. Me ha dicho que ella también frío y me guiñó un ojo. Joder con la tía esta: ¡está desatada! Vino con una manta y nos estiramos en una de las tumbonas, tapados. Estuvimos hablando de todo y de nada. Alba me tocaba la cara y me decía que no quería que me fuese y que me iba a echar muchísimo de menos. ¡Joder Alba! Yo también te voy a echar mogollón de menos. No tengo nada de ganas de volverme a Badalona. Ella insistía en que me quedara, que llamara a la vieja y le dijera que me iba a quedar más días y yo, aunque me moría de ganas de hacerlo, le decía que no podía ser, que la vieja no me iba a dejar. Me ha dicho que iba a intentar subir un día de esa semana a Barcelona y que podríamos quedar. Claro, claro que sí. Nos hemos estado liando y nos estábamos poniendo los dos trambólicos, así que en un momento de lucidez respiramos y, como pudimos, recuperamos la calma. Joder, es que Alba parece que sepa todo lo que pone loquísimo. Entramos, nos lavamos los dientes y nos dimos el último beso de buenas noches. Cuando llegué a la habitación Sergio andaba con un libro nuevo que no le había visto. Supongo que no lo debió sacar de la maleta. Se titulaba Del amor y otros demonios. Ya te digo, tío. Que título más apropiado y qué durísimas son las despedidas.

Carla se coge el autobús hoy y Sergio y yo todavía dormiremos aquí esta noche. El sábado, temprano, los viejos de Alba nos llevaran a la estación, nosotros cogeremos el tren de vuelta a casa y ellos se irán por ahí. Todavía no sé cómo me voy a despedir de ella: me voy a morir de la vergüenza.

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