OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 7: LAS MUJERES Y LOS DÍAS

Diario:

En mi bloque hay una mujer, Rosa, Rosita, que es nuestra vecina y con la que tenemos relación. Su hija me cuidó cuando era pequeño. Creo que esa mujer siempre fue viuda, o al menos, yo siempre la recuerdo sin marido. Su hija se casó y se fue cuando yo debía tener cinco o seis años y para que su madre no se sintiera tan sola le regaló un gato. Al principio era una bolita de pelo, pero pronto se convirtió en un trasto que no paraba quieto. Me acuerdo que cazaba moscas, avispas, en fin, todo lo que se le colara a Rosita en casa. “Este gato es un lince”, decía ella, y contaba cómo había atrapado a una abeja y la llevó en la boca hasta la salita y ahí estuvo dándole golpes con la zarpa. El animal todavía vive, pero ahora es un gato gordo que no se mueve en todo el día. El único ejercicio que hace es maullarles a los muebles. Se sienta delante de ellos, los mira durante un rato y la emprende con ellos a maullidos. Luego se vuelve a dormir. Eso es lo más que hace. Es flipante ver como se queda mirando fijamente la puerta del armario del comedor, como si fuera una ventana. Rosita se ríe de él y lo compadece un poco: “ay mi Currito el gato se llama Curro quién te ha visto y quién te ve”. A mi madre y a mí nos hace mucha gracia, porque Rosita tiene también mil años, como el gato supongo (ya se sabe que un año de persona son como unos siete o diez para los gatos, nunca sé cómo va eso), y cuando le habla parecen lo que son: un matrimonio de viejos.

Pensaba en esto porque en Curro, el gato de Rosita, se ve perfectamente el paso del tiempo. La vieja siempre me lo dice, que se hace vieja, como Rosita, aunque a ella, a mi madre, aún le queda mucho fuelle; menuda es la vieja. Donde también se ve el paso del tiempo es en nosotros. Los cuerpos nos explotan: crecemos, nos ensanchamos, se nos marca más la mandíbula, nos empieza a cerecer la barba, se nos cuadran los hombros… Hoy miraba a Alba tumbada en su toalla, boca arriba, o yendo al agua, y me daba cuenta de que es el ejemplo perfecto de que el tiempo pasa. Su cuerpo sí que ha explotado. Recuerdo que la primera vez que la vi me fijé en que no tenía casi tetas. Era una tía normal, bastante plana. Era mona de cara, pero ahora, madre mía, ahora es un cañón de niña. Vale, es verdad que me la miro con otros ojos, pero es que ha dado un cambio tremendo, le han salido las curvas de golpe. Se le nota, sobre todo, en las tetas, claro, ahora tiene unos cocos bien redondos, pero también en la cintura y en el culo. Alba no tiene el culazo de Carla, pero es que eso es de otro mundo. Carla también ha cambiado un poco, pero mucho menos. Este año a la hippie se le marcan más las abdominales. A ver, no es que tenga una tableta de chocolate, pero cuando se ríe o hace fuerza se le nota la forma del músculo. Carla está muy fuerte, esa niña es puro nervio y está morenísima. Va por ahí con un bañador de esos tipo brasileños que es para perder el sentido. Sigue igual de delgaducha y sin nada de tetas, eso sí. Pero va, volviendo a Alba, a ella el culo también se le ha puesto más redondo. También lleva un biquini como el de Carla y también hace que se te vayan los ojos. Vaya dos tías, qué nivel.

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Tenemos un grupo de Whatsapp que hicimos para hablar antes de venir de vacaciones. Alba hace fotos con el móvil, la tía nos pilla a traición echando la siesta, o jugando a palas a Carla y a mí, o a Sergio leyendo, y las envía al grupo. También nos hacemos algún selfie y nos pide que le hagamos fotos a ella tomando el Sol. Con esto quiero decir que tengo fotos de estos tíos, pero no sé si las fotos sirven para recordar lo que los cuerpos nos parecen en ese momento. Quiero decir, cuando tenga cincuenta años podré mirar las fotos, pero no sé si sentiré todo lo que siento ahora cuando las veo en bikini. Sobre todo a Alba, claro. Me pongo malísimo desde que nos liamos. Tengo ganas de agarrarle el culo y apretárselo fuerte mientras nos comemos la boca, cogerla por la cintura y apretarla contra mí. El día que pueda hacerlo sin presión de que nos pillen sus viejos me va a dar un infarto.

Hoy me he pasado un montón de tiempo mirándola. Al principio no se daba cuenta, pero luego se reía y me decía que parase. Ha sido un día un poco raro porque yo sigo muerto de vergüenza y ni me atrevo a cogerla, ni a besarla, ni nada. Estoy bastante cortado, pero ella me trata como siempre, así que podemos seguir estando tan normal delante de estos. O bueno, más o menos, porque yo sigo con mi rallada, aunque como no paramos de hacer cosas pues no me dejan mucho tiempo para pensar. Hoy, durante el desayuno, se han puesto a hablar de libros. Yo les he dicho lo que me había leído este año. En mi cole nos tuvimos que leer La Celestina, vaya palo. Estos han leído Últimas tardes con Teresa, que se ve que también es lectura obligatoria, aunque es mucho mejor, o eso dicen ellos, porque no me jodas, lo que yo me he leído es bastante chusta. En catalán ellos han leído Bearn y yo los episodios amorosos de Tirant lo Blanc. Otra castaña, aunque Blanca, la profe, lo explicaba bastante gracioso y tenía su punto. Para ser todo de la Edad Media tenía su qué. Todo muy turbio y muy picante.

En los dos libros echar un polvete se les complicaba cosa mala y acaba la cosa como el rosario del aurora, pobres. Ellos también se han leído la selección de poesía española, como yo, pero, salvo Sergio, ninguno lo ha flipado con los poemas de Quevedo. Joder, ¡qué mal! Para una cosa que me engancha a mí y de la que puedo hablar un poco… Hay un libro que sí que hemos leído todos y con el que lo hemos vibrado por igual: La casa de Bernarda Alba. Es una obra de teatro. Carmina nos lo explicaba con mucha pasión. Bueno, es que Carmina es una tía guay. Es una vieja pelleja, pero tiene gracia. Con La Celestina se ponía a imitar a Calisto hablándole a Melibea: “En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios. […] En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase, y hacer a mí, inmérito, tanta merced que verte alcanzase, y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte pudiese. Sin duda, incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías que por este lugar alcanzar tengo yo a Dios ofrecido”; entonces Carmina se ponía a imitar a Melibea y decía: “¿Qué dices mentecato, por qué me hablas como en los libros, necio?, ¡háblame normal!”. Melibea no le dice esto, claro, pero Carmina lo hacía para que entendiéramos el sentido cómico de la imitación del amor cortés. Cuando lo hizo en clase a mí me entró la risa y estuve partiéndome la caja un buen rato.

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En verdad los profes de mi cole, menos el de educación física que es un gilipollas, son bastante guays. A ver, también tenemos muertos, claro, pero yo tengo buen rollo con todos. Nati, la de natus, me vacila un poco, pero sé que me tiene cariño y me deja pasar muchas cosas. Será que le caigo bien. Carmina y Albert me ayudan un puñado y siempre me animan y dicen cosas, sobre todo cuando escribo. Les conté lo de los diarios y se alegraron un montón. Dicen que se me da bien, pero que tengo que aplicarme más, que estoy despistado y blablabla… a ver, papel de profe, claro. Yo sé que también me tienen cariño. Si es que yo soy buen chaval. No la lío, lo que pasa que en la ESO, como me juntaba con los cafres de los Souliman y todos esos, pues al final también me pillaban a mí haciendo trastadas. Qué le vamos a hacer, los tíos somos así de subnormales, a veces. Me acuerdo una vez que nos colamos a fumar en el lavabo del piso de bachillerato. Estaba el Moha también, que ese sí que es un pieza. El tío se puso a liarse un porro para pegarse la vacilada delante de nosotros. El Moha es que era un fumao. Total, que alguien quiso entrar en el lavabo y al tío le entró la paranoia y se puso a cerrar la puerta, pero el muy subnormal se pilló el dedo y de la fuerza que hacía para que no abrieran se lo acabó rompiendo. Vaya gritos daba. Nosotros flipábamos de lo que acababa de pasar, pero tuvimos que salir de ahí por patas. Si nos llegan a pillar nos cae la del pulpo. Al final para que llevaran al chaval a la mutua les tuvimos que decir que estábamos jugando y le habíamos pillado nosotros el dedo con la puerta sin querer. Madre mía, vaya lagrimones echaba el tío. Se le puso la mano que parecía un pie de lo fea que la llevaba. Este es el nivel de los piezas de mi cole. Ahora estos tíos ya no están y estamos todos más calmados, pero es que en mi insti había historias de estas, historias de miedo, para qué engañarnos, día sí y día también. Cuando se las cuento a estos lo flipan colores.

Hoy hemos estado haciendo el indio en la piscina: tirándonos de voltereta, de bomba, echándonos agua… Carla da unos saltos que parece los trapecistas del Cirque du Soleil, qué tía. Yo también me doy la voltereta en el aire. Sergio no, claro. Sergio a lo suyo. A este tío el cuerpo no le cambia. Sigue pareciendo un fiambre. Está blanquísimo y se mueve lento, a veces parece un viejo. La mitad de veces no se quita ni la camiseta. Estos días le está dando el Sol y el colega lleva un moreno paleta que lo flipas. Luego se anima y se baña y juega a la pelota con nosotros y entra al trapo, pero es de metabolismo lento. Le cuesta ponerse las pilas y seguirnos el rollo, aunque es verdad que está más despierto que el año pasado. Yo creo que es porque como nos ha cogido confianza se ha quitado muchos complejos. Ahora habla más y nos cuenta sus movidas. Yo a veces no me entero de lo que quiere decir, sobre todo porque sigue poniendo muchos ejemplos que son de libros. A veces las niñas tampoco los han leído y los tiene que explicar. Este tío tiene que dedicarse a dar clases, te lo digo en serio. Cuando cuenta novelas se le pone un tono de voz y un brillo en los ojos que es brutal. De repente notas que el tío es feliz, pero claro, no tenemos su nivel y a veces se frustra y, aunque hace por no cabrearse, acaba diciendo que no tiene importancia y nos deja a nosotros a nuestra bola. A mí me sabe mal, porque yo le entiendo. Sé que él está igual de atrapado en su mundo como lo estoy yo. Yo a veces también les tengo que explicar palabras que me salen solas, pero claro no es lo mismo, porque las mías no existen y las suyas sí, sólo que nosotros no sabemos tanto como él. Alba le sigue de cerca, eso es verdad. ¡Yo no sabía que Alba había leído tanto!

Como hemos estado hablando de libros, Alba le ha dicho que le quería enseñar la biblioteca. En la casa hay una especie de despacho. Claro, como este casoplón tiene dos de todo pues una habitación la han dejado de despacho. Ya nos la había enseñado el primer día pero yo no le presté atención porque estaba asado de calor y sólo quería irme a la piscina. Hemos subido todos y Sergio ha estado revisando los libros y le iba diciendo cosas. Fíjate si es otro nivel el suyo y el mío que han estado hablando sobre el libro Alicia en el País de las Maravillas. Sergio lo había leído y Alba también, pero ella tenía la edición de no sé qué, que era crítica o algo así, bueno, que tenía notas al pie, y entonces daba una visión de la obra mucho más filosófica. En fin, que estaban hablando del mismo libro, pero de dos ediciones distintas, y Sergio y Alba decían que era como leer un libro distinto. En fin, demasiado para mí. Ellos se han quedado allí y yo tenía calor y les he dicho que me iba un rato al porche. Carla se ha venido conmigo y hemos acabado jugando a las palas y volviendo a sudar, así que nos hemos ido al agua casi hasta la hora de comer.

Esta noche tenemos la fiesta ibicenca así que hemos estado preparando un poco la casa: farolillos, antorchas, mesas plegables y hemos ayudado a su padre a montar unos altavoces en el jardín con una minicadena. Alba me ha dicho que me tenía que probar los pantalones de su padre y no veas: son unos pantalones chinos blancos. Me quedan bien de cintura, pero me están largos, así que Alba me los ha arremangado, o sea, me ha doblado el bajo y voy enseñando los tobillos, como los modernos. Me ha preguntado si tenía algo blanco de camisa o camiseta y le he dicho que sí, que tenía la camiseta del pijama. Me ha dicho que eso no me lo podía poner y me ha sacado una camisa blanca de su padre. Lo mismo, me ha doblado los puños. Voy hecho un pincel, las cosas como son, pero si me presento así en el barrio me corren a pedradas, eso seguro. También me ha sacado unas abarcas de su viejo, unas menorquinas de esas. Me quedan un poco grandes, pero me ha dicho que me pase la tira del talón por encima del pie y que así no se me caen. Pues hala. Mientras me vestía me han caído unos besos, así que tampoco podía decirle que no. Yo me veo guapo, pero nada de lo que llevo es mío y no me siento yo. En fin, es lo que hay. Si estuviera aquí la vieja seguro que me decía que estaba guapísimo pero que llevara muchísimo cuidado de no mancharme. La vieja siempre con sus cosas.

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Ahora nos vamos a ir un rato a la playa y luego a la ducha y a la fiesta. Se me acaban las vacaciones porque el viernes nos ventilan a todos de aquí, que Alba se va a pasar el finde con sus padres por ahí y, claro, nosotros no vamos. Han sido unos días perfectos, pero yo no tengo ni idea de cómo va a acabar esto, sobre todo con Alba, claro. Ahora ya no nos vamos a ver y la tía vive en Barna, no es como cuando estaba con la Vanesa que la veía en el cole y en el barrio. En fin, lo importante ahora es disfrutar las últimas horas aquí, ya pensaremos en esto cuando toque. Hala pues, mañana más.

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