OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 6: ESTOY QUE NO ESTOY

Diario:

Ayer pensaba que me iba a morir de vergüenza, pero cuando nos llamaron para desayunar Alba me cogió por banda y me dijo que la ayudará a poner la mesa. Me dio un beso en la mejilla y me preguntó si estaba bien. Yo le dije que sí, pero que estaba muerto de vergüenza. Se echó a reír y entonces me soltó la cuarta colleja del día. “Qué tonto eres” me decía sin parar de reírse y de darme platos, vasos y cubiertos. Cuando me había llenado las manos me dijo que lo llevara al porche y al girarme la tía me soltó otro golpe, aunque este fue a parar bastante más a bajo de la zona de collejas. ¡Hala, qué tía! Yo iba a decirle algo, pero me hizo el gesto de que guardara silencio y me guiñó un ojo. Intenté estar normal durante el desayuno, pero se me debió notar que algo me pasaba, porque Carla no paraba de preguntarme si estaba bien. Que sí, joder, que sí, ¿qué le iba a decir? Es verdad que las tías tienen un sexto sentido, sino, no me lo explico.

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Después de desayunar sus padres dijeron que íbamos a ir al mercado, que compraríamos algo y lo cocinaríamos entre todos. No cabíamos en el Mercedes, así que el padre de Alba se montó en el coche y su madre cogió la Harley. No veas, esta mujer es increíble: toca la batería y conduce una motaco, ¡qué portento! Yo me moría por ir en moto y cuando la encendió me quedé tan flipado que me dijo si me quería montar con ella. ¡Joder, sí! Además de la ilusión de subirme en la motaca me sentí aliviado: no sabía cómo comportarme en el coche, con todos ahí metidos además de su padre. Me dieron un casco y unos guantes y fuimos delante del coche hasta que llegamos a Girona. Nosotros aparcamos enfrente del mercado, y su padre metió el coche en un parking. Nos preguntaron si comíamos de todo y entonces dijeron que podían hacer algo de pescado, si a todos nos iba bien. Estuvimos dando vueltas y sus padres iban comprando esto y lo otro. No paraban de sacar billetacos y cuando ya lo tenían todo listo nos volvimos a montar en el coche y para su casa otra vez. Yo volví a ir en la moto. Su madre le estuvo dando caña y yo lo vibraba aunque sufría un poco. Notaba el corazón en el cuello, en la garganta: el ruido, la velocidad, las curvas… Cada vez que aceleraba era un subidón. Yo pensaba que me iba a dar un siroco y me iba a quedar pajarito: demasiadas emociones estos días.

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Al llegar a su casa el padre de Alba se puso a preparar lo que iba a usar en la cocina. Al principio estábamos todos con él, ayudándole con las cosas y haciendo de pinches de cocina, pero poco a poco se fueron yendo. El primero Sergio, que dijo que iba a escribir un poco en el diario para los profes, que lo teníamos abandonado. La verdad es que tenía razón: lo tenemos abandonado. No sé qué habrá escrito, luego, si me dejan, lo leeré. Carla se fue porque la llamaron sus padres y salió a hablar al jardín. Alba se quedó con nosotros en la cocina y me estuvo haciendo fotos. La tía se empeñó en que me pusiera un delantal de su madre que llevaba volantes a los lados y que me hacía tener una pinta de lo más turbia. En fin, ella se reía y yo pues también, a ver, qué iba a hacer. Pero al final se cansó de sacar cosas y de ir preparando la comida y se sentó en una silla a tomarse una Coca-Cola. Cuando Carla acabó de hablar vino a buscarla y a preguntarle si se bañaba en la piscina, así que se fueron. En ese momento supe que, si Carla no sabía ya lo que había pasado entre Alba y yo, se iba a enterar en breve. Las chicas siempre se cuentan todo. A mí no me vendría mal explicarle el asunto a alguien, a Carlitos, por ejemplo, que de mis amigos es con el más se puede hablar. Pero aquí, ¿a quién se lo iba a contar? Tengo a Sergio, eso sí, pero no sé yo si él sabe mucho de estas cosas.

Cuando la comida ya estaba casi lista, el padre de Alba empezó a preparar un vermut. Hizo un porrón de clara y sacó unas olivas y unos berberechos y llamó a todos para que ayudaran a poner la mesa. Las niñas me empezaron a preguntar que cómo había ido y que si era buen cocinero. Su padre dijo que sí, que tenía traza para la cocina y que me podía dedicar a eso. Pues hala, si lo del taxi no me sale ya tengo alternativa. Me estuvieron llamando Ferran Adrià y cosas así. Era mi primera experiencia con la cocina seria, o sea, con un plato elaborado. En mi casa me he hecho cosas, claro, pero todo muy básico: una francesa, una ensalada, algo de carne a la plancha, unos macarrones, pizza y cosas por el estilo. Cocina de supervivencia, vamos. Es lo que hay. Con lo que he flipado es con lo simple que es hacer cosas resultonas, como las almejas a la marinera.

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Durante la comida Alba dijo que el jueves por la noche íbamos a tener fiesta ibicenca y que nos teníamos que vestir de blanco. Vaya por dios. Yo lo único que tengo blanco es la camiseta del pijama, que es una de esas de dos euros del Decathlon. Dice que me deja unos pantalones de su padre, así que miedo me da verme hecho un fantoche, pero en fin, no está la cosa como para ponerse exquisito. Cuando terminamos de comer fuimos a la piscina. Carla se puso a escribir en el diario de los profes y Sergio estuvo acabando de leer su libro. Por fin pude hablar con Alba y preguntarle qué había pasado la noche anterior. Ella se reía y me preguntó que qué creía yo que había pasado. Joder, ¿pues qué voy a pensar? Que nos besamos, eso está claro, pero yo quería saber qué significaba y qué quería decir. Alba no paraba de reírse y me dijo que lo que pasaba es que le gustaba, y que me había convertido en una persona especial para ella. Yo no entendía nada: un día se enfada y al otro me besa. Me preguntó que qué sentía yo y, claro, le dije que para mí también era especial, pero que no entendía nada.

***

Este año ha sido un año de muchísimos cambios y yo me noto como si estuviera flotando, como cuando te metes en la playa y hay olas y no acabas de hacer pie. Está claro que sabes nadar, pero tienes esa sensación de que te puedes ahogar en cualquier momento. No acabo de entender nada de lo que me pasa. Es como si la vida se me estuviera viniendo encima y no me diera tiempo a comprenderla. Todo está pasando rapidísimo y yo necesito pararme un momento y ver de qué va todo esto. El diario debería ayudarme, pero tampoco, porque aquí también pasan tantas cosas que no me da tiempo a escribirlas, o peor, me da tiempo a escribir las cosas que pasan, pero no las cosas que a mí me pasan. No tengo tiempo de decir lo que yo siento, ni de ponerme a escribir más fino, como yo quería. Voy a necesitar días libres, tiempo para mí, sin salir de casa, para darle vueltas a todo lo que llevo dentro. Pero ¿cómo hacerlo?

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Alba también me pregunta cosas y yo no sé darle una respuesta. Joder, claro que Alba es de lo mejor que me ha pasado este año: es con la persona con la que más he hablado y le he cogido un cariño bestial, pero estoy acojonado. Es guapa, guapísima. El año pasado no tenía muchas peras, estaba plana y muy delgada, pero este año ha cogido algunos quilos y está más redondita, tiene más de todo y se le ha puesto más cuerpo de mujer. Me da miedo defraudarla, no estar a la altura. La miro y veo un mundo tan distinto al mío… Su casa es de película y la mía de Callejeros. La tía sabe de todo y yo no sé ni decir lo que me pasa. Además, ella tiene clarísimo lo que quiere hacer en la vida: estudiar, viajar… puede hacer lo que quiera porque es listísima y yo ando de culo con la Ley de Laplace, con el present perfect y con los balances de gestión. Yo me siento un niño todavía mientras que ella ya es toda una mujer. A ella el coco le funciona como a un adulto y yo sigo siendo un mocoso. Da igual que haya empezado a trabajar, no tengo ni idea de qué hacer con mi vida. Me miro y me echo a temblar. ¡Si yo nunca he tomado una decisión! Por todo esto digo que soy un niñato, porque no sé ni lo que quiero. Sigo diciendo que quiero ser taxista y ni eso lo decidí yo. Me metí a estudiar bachillerato social para saber un poco de economía y poder llevar mis cuentas en el futuro y mira cómo me ha ido… El otro día decía que ojalá pudiera hablar con el Carlitos y joder, lo tengo a un mensaje de Whatsapp de distancia. Ves, es que a veces soy un subnormal que se ahoga en un vaso de agua. Voy a escribirle, supongo que él me podrá decir algo que me ayude a comprender.

Yo creo que Alba me entiende a la perfección y no me quiere agobiar. No se ha puesto pesada en la piscina intentando saber qué se me pasaba por la cabeza. Claro que me entiende: con lo lista que es y con todo lo que hemos hablado este año seguro que es la persona que mejor me conoce del mundo. Es flipante lo cómodo que es “estar” con ella. Lo pongo entre comillas porque no sé ni cómo estamos ni qué somos. Joder, qué movidote. Yo me vine aquí de vacaciones con los amigos y ahora se me lía esto. Además, sé que debería estar vibrándolo, porque Alba, joder, es como que te toque la lotería, pero el miedo me puede y no me salen ni las palabras para escribirlas aquí. Creo que voy a tener que jugar la baza de Sergio. Contarle qué ha pasado y ver qué me dice él. Supongo que con tantos libros algo habrá aprendido, aunque sea de manera teórica, no creo que a Sergio las tías lo vayan besando por ahí y se encuentre en estas movidas que me pasan a mí.

En fin, por hoy basta. La vida hay que vivirla y disfrutarla y, mientras no pueda explicarla, lo mejor es que me deje hacer. A ver qué me trae hoy. Mañana más.

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