OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 4: VAYA MOSQUEO MÁS TONTO

Diario:

Hoy Alba se ha enfadado conmigo mogollón y el día ha sido un poco drama. Voy a contarlo por partes y poco a poco a ver si así me explico qué ha pasado, porque se ha pillado una perra sin ningún tipo de sentido. Vamos allá: hoy nos hemos levantado sobre las nueve, como cada día, y hemos desayunado tan ricamente. Durante el desayuno hemos estado hablando de todo y de nada. Sus padres nos preguntan qué tal hemos dormido y qué hicimos ayer y sacan algún tema de conversación. Nosotros les seguimos el rollo hasta que poco a poco nos vamos liando con nuestras cosas y los pobres nos escuchan y nos dejan hablar. Ayer estuvimos hablando de nuestros coles. Hablar del instituto es una cosa muy recurrente y que ya hemos hecho otras veces. Está bien porque, como cada uno estudiamos en uno distinto, siempre tenemos historias que explicarles a los demás. De todas formas, las cosas más locas siempre son las mías. Siempre se ríen cuando les cuento las burradas que hacen los hermanos Souliman u otros piezas de mi insti. Hoy estaban hablando de viajes. Bueno, en concreto de Francia o de París o de no sé qué otra ciudad. Yo como no he salido de Badalona nunca pues me los escuchaba, pero poco a poco me he ido metiendo en mi mundo y me he puesto a pensar e imaginar cosas.

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Cuando hemos acabado de desayunar Alba ha dicho que quería enseñarnos un juego de cartas y se ha puesto a explicar las reglas. Yo, la verdad, estaba bastante ido y no le he prestado atención. Así que cuando hemos empezado a jugar les iba preguntando qué tenía que hacer. Se sumaban puntos en función de la carta que tirabas y entonces te podías quedar todas las de la pila y así sumabas más puntos, pero tenías que dejar unas cartas al descubierto y el otro te las podía robar… No sé, un lío. Yo no me enteraba de nada y el juego me estaba pareciendo una jerna, pero estábamos jugando todos, así que yo no decía nada. Bueno, quiero decir que no me quejaba, porque decir sí que decía, que cada vez que me tocaba a mí les tenía que preguntar qué tenía que hacer. Carla me lo explicaba de mil amores, como es ella siempre, con una sonrisa. En verdad la hippie se estaba partiendo de mí en mi cara, pero a mí me daba igual porque ella siempre te transmite su buen humor y me estaba dando pie a reírme de mí mismo por lo colgado que me había quedado. En esto Alba se ha enfadado mucho y me ha dicho que ya me valía porque me había explicado el juego tres veces y que al final lo que pasaba era que no le prestaba atención y estaba siempre pensando en mis cosas. Yo me he quedado a cuadros porque nunca había visto a Alba así: me estaba gritando y tenía cara de enfadada. Bueno, todos nos hemos quedado a cuadros y se ha hecho un silencio en la mesa. Yo sabía que tenía que decir algo, pero no sabía qué decir. Al final le he dicho que lo sentía, que me perdonara, y que me volviera a explicar el juego. No sé, yo pensaba que eso era una buena respuesta, no entendía muy bien por qué se ponía así por un juego, pero sé que muchas veces es mejor darle la razón al otro y luego hacer lo que puedas. Pues qué va, se ve que Alba me debe haber leído el pensamiento porque ha seguido gritándome y diciéndome que ya estaba bien, que yo no le tomaba más el pelo y que me estaba pasando de no hacerle ni caso. Se ha enfadado tanto que se ha puesto a llorar y se ha ido del porche hacia dentro de casa. Yo juro por mis muertos que estaba flipando y no estaba entendiendo una mierda lo que acababa de pasar.

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Carla me ha dicho que ya me valía y “tens uns ous com una casa”, y se ha ido con Alba. Las chicas siempre saben qué decirse. Yo me he quedado helado en el sitio sin saber qué hacer ni qué decir. Sergio me miraba en silencio y no me decía nada y yo me estaba sintiendo fatal por dentro, aunque no tenía ni idea de qué había pasado ni qué había hecho. Yo estaba esperando a que Sergio dijera algo, pero el muerto no abría la boca. Al final he tenido que ser yo el que le ha preguntado qué había pasado y me ha dicho que no lo tenía muy claro. “Que no lo tenía muy claro”. Sergio, el tío que siempre da en el clavo con sus respuestas, me ha dicho que no lo tenía muy claro, ¡flipa! Al rato ha venido Carla, y menos mal, porque Sergio y yo no nos decíamos nada y eso sólo hacía que me sintiera peor. Yo iba a preguntarle qué había pasado, pero he visto que detrás de ella venía Alba y me he callado. Alba todavía lloraba un poco, pero llevaban puesto el bikini y habían cogido las toallas y han dicho que se iban a la piscina. Sergio ha entrado dentro a cambiarse y, joder, yo no sabía qué hacer, así que he hecho lo mismo: nos hemos cambiado y hemos ido a darnos un baño. La situación era tensa de cojones, así que me he puesto a intentar pasarme la piscina buceando mientras ellos tres jugaban con la pelota en el agua. En verdad me sentía un apestado y un subnormal. Algo debía haber hecho, pero no tenía ni idea.

Al final, Alba ha salido del agua para tomar el sol y se ha puesto la música, así que he aprovechado para ir a hablar con Carla y Sergio y que me contarán qué había hecho. Carla me ha dicho que Alba sentía que yo no le prestaba atención, que no le hacía ni caso, y se ha enfadado. Joder, ¡y tanto que se ha enfadado! Yo le he dicho que no lo hacía a propósito, pero es que estaba muy ido en mis pensamientos y el juego era difícil y no me estaba enterando, pero que tampoco era para ponerse así. Carla ha vuelto a decirme que no era sólo por el juego, sino que muchas veces estábamos hablando y yo andaba despistado y Alba se daba cuenta y se quejaba. Sergio me ha dicho que él me entiende, porque es mi forma de ser, que soy una persona indómita y nos ha contado una historia de un libro de Manolito Gafotas. Se ve que el Imbécil, que es el hermano pequeño de Manolito, siempre anda haciendo lo mismo que yo: dice que sí a todo para que no le den la brasa y luego poder hacer lo que mejor le parezca. En una de estas, en el libro, el Imbécil está compartiendo el chupete con La Boni, la perra de la Luisa, la vecina. Cuando la Luisa lo ve se enfada mucho y le dice a la madre del Imbécil que a ver si su hijo le va a pasar el moquillo a la perra. Esto provoca la ira de la otra y las dos discuten, pero el enfado no les dura mucho porque la madre de Manolito tiene que salir a no sé qué y no le queda otra que dejar a sus hijos con la Luisa. Cuando los niños están viendo la tele en casa de la vecina, la Luisa amenaza al Imbécil con no darle nunca más jamón serrano si lo vuelve a ver compartiendo el chupete con La Boni. El imbécil dice que sí con la cabeza y sigue viendo la tele como si tal cosa y entonces Manolito define a su hermano como un ser indómito.

Sergio y Carla me decían todas estas cosas y yo no sabía qué decirles tampoco a ellos. Les decía que sí, que lo entendía, que era mi carácter y todo eso que suele decirse. La palabra indómita retumbaba en mi cabeza sin saber qué quería decir. No sé por qué he pensado que lo mejor que podía hacer con Alba era dejarle espacio y tiempo y que ya iría a hablar con ella más tarde. Cuando he salido del agua me he secado y me he ido del recinto de la piscina al jardín de Alba y me he puesto a escribir, aunque lo primero que he hecho ha sido buscar el significado de indómito y esto es lo que he encontrado:

indómito, ta.

(Del lat. indomĭtus).

1. adj. No domado.

2. adj. Que no se puede o no se deja domar.

3. adj. Difícil de sujetar o reprimir.

Buah, menudo chasco. Yo pensaba que saber el significado de la palabreja que me ha dicho Sergio iba a ayudarme para saber qué decirle a Alba. Pero qué va, una mierda para mí, lo único que quiere decir es que soy como un perro salvaje o como un animal de granja. No domado. Manda huevos. Buscando la palabra en Google he visto que había una aplicación de diccionario para el móvil y, ya que estaba, me la he bajado. Yo sé que este año he mejorado mucho mi vocabulario. Con los tacos, por ejemplo, y con otras cosas. Escribir me ha ayudado a corregirme. Ya no escribo artículo delante de los nombres propios y procuro, en general, hablar mejor. Ahora que me he bajado esta aplicación podré buscar la palabra exacta cuando escriba, o buscar las palabras que no conozca. Esto me ha hecho pensar en lo fácil que es, hoy en día, mejorar y aprender vocabulario. Tenemos miles de millones de libros y, además, podemos llevar un diccionario en la mano. En cambio, qué difícil debería ser hablar o escribir en el siglo XV o XVI; esa gente debería conocer sólo 30 o 40 palabras. Echa cuentas, en aquella época no debía haber diccionarios, así que las palabras se las tenían que inventar sobre la marcha.

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Es un poco lo que me toca hacer a mí con los amigos del barrio, que tenemos una lengua propia. Fuera del barrio tengo que explicar lo que es una jerna, un fullero, un mascachapas, un parguela, una movida y un movidote… Supongo que Cervantes debía hacer lo mismo. Él se inventaba las palabras y luego ya, por el contexto y con el paso de los años, las han ido metiendo en los diccionarios. Lo mismo si sigo escribiendo diarios, y al final lo peto con alguna novela, dentro de unos años consigo que aparezca jerna o jernón o jernote en el diccionario. Los caminos del señor son inescrutables, como dice la abuela. Eso es así. No hay que tener pretensiones, pero tampoco renunciar a lo propio. La sonoridad que tiene la palabra jerna no la tiene la palabra mierda. Una cosa puede ser una mierda o puede ser una jerna, un mierdón o un jernón, un mierdote o un jernote. Mierda no tiene ese sonido de la jota tan español que permite arrastrarlo desde tu boca a la cara del tío al que se lo estás diciendo. Eso es una jjjjjjjjjjjjerna. No es lo mismo, no puede ser, y nunca será lo mismo que decir eso es una mmmmmmierda. No puedes arrastrar la eme, porque entonces parece que te estés relamiendo, y nadie quiere relamer una mierda antes de soltársela a uno en frente de las narices. Eso es así. Es ley. Pero bueno, no desvarío más, que ahora en lo que me tengo que centrar es en arreglar lo de Alba. Dentro de nada nos van a llamar para ir a comer y a ver con qué cara nos sentamos en la mesa.

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