OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 2: UN DESAYUNO DE PELÍCULA Y UN CASOPLÓN QUE LO FLIPAS

Diario:

Ayer llegué a casa de Alba. ¡Menudo casoplón! Pero espera, déjame que vaya por partes. Me cogí el tren en Sants hasta Girona y cuando llegué Alba y sus padres me estaban esperando en la estación. Me dijeron que Sergio iba a llegar un par de horas más tarde, así que, para aprovechar el tiempo y no hacer tantas veces el viaje, podíamos ir a comer algo. Carla llegaría a primera hora de la tarde directa al pueblo, ya que ella venía en autobús. Yo sólo me había tomado un zumo en casa con unas galletas así que lo de ir a comer algo me vino perfecto. Yo pensaba que comeríamos algún bocadillo o algún cruasán, pero qué va. Con estos siempre es todo a lo grande y con mucha calidad. Me han llevado a un sitio guapísimo a hacer un brunch, que es una mezcla entre un desayuno (breakfast) y una comida (lunch). Los ingleses son la polla poniendo nombres, vaya tela. La comida era para flipar, y la bebida tampoco se ha quedado atrás. Yo he hecho el primo y me he pedido un café con leche para beber. Menos mal que Alba me ha recomendado que me pidiera también un zumo con mil millones de frutas que estaba que se salía. Llevaba sandía, frambuesa y manzana y mucho hielo. Arriba del todo le habían puesto una hoja de menta y el vaso era súper molón. Les he pedido que me hicieran una foto y todo. Ella se ha pedido un zumo de Aloe vera con menta que tenía una textura un poco extraña pero que estaba tremendo y sus padres, ¡atención!, sus padres han desayunado con champán. Sí señor, qué nivelazo. Eso es estilo y lo demás son tonterías.

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El brunch es, básicamente, un plato consistente. Los padres de Alba han pedido unos huevos poché sobre pan de leche casero, su padre con jamón serrano y su madre con salmón. No veas. Yo nunca había visto un plato así. Los huevos poché están hervidos sin la cascara (esa forma de hacerlo se llama escalfados, como me ha dicho su padre), así que están muy tiernos, por así decirlo, y cuando los cortas se sale toda la yema. ¡Mmmmm, qué rico! Los dos platos llevaban una salsa amarilla que no recuerdo qué era, pero que estaba riquísima. Alba y yo hemos pedido huevos revueltos con parmesano, yo con bacon y ella con champiñones y calabacín. El plato también llevaba pancakes con sirope de arce. Los pancakes son como unas tortas redondas dulces, y el sirope de arce es un líquido de la textura de la miel, más líquida que la miel, de hecho, e igual de dulce, aunque con un sabor un poco más raro. Estaba todo tremendo y nos hemos puesto hasta arriba ya sólo con ese plato, pero como yo lo estaba vibrando tanto con esa comida tan nueva para mí sus padres han pedido un yogur con granola y mermelada y un trozo de pastel de zanahoria. La granola es parecida a un muesli y mezclada con el yogur y la mermelada, todo fresquito y con algún trocito de fruta que le habían puesto, estaba riquísimo. Ha sido de lo mejor que he comido en mi vida. El pastel de zanahoria (carrot cake le llamaban, que se ve que carrot es zanahoria en inglés. Yo no lo sabía, pensaba que sería zanahory, ese es el nivel de inglés que yo llevo, échale huevos) me daba un poco de mal rollo porque me imaginaba las zanahorias hervidas dentro del bollo, pero que va. Estaba buenísimo. Muy suave, y con una crema por encima que tenía sabor a limón y que estaba de vicio.

Cuando hemos salido del restaurante hemos dado un paseo para hacer tiempo hasta que llegara Sergio. Alba ha estado hablando con sus padres y yo me he quedado un poco más apartado. No es que haya sentido vergüenza ni haya estado cortado, es sólo que, a veces, me quedo sin cosas que decir. Les iba escuchando hablar sobre sus cosas y poco a poco he ido dejándoles de prestar atención y me he puesto a pensar. Me he acordado de cuando desayunábamos churros en mi casa. Cuando era pequeño, a veces, mi padre los traía y mi madre se ponía a hacer Paladín a la taza y no parábamos de echarnos lamparones, como dice ella. En verdad para mí era una fiesta, aunque luego a ella le tocaba lavarnos el pijama y supongo que se acordaría de nosotros y de los churros y se le irían quitando las ganas de repetir. Me he acordado de eso, entre otras cosas, por la manera que teníamos de comer y lo diferente que era a la manera que tienen de comer, por ejemplo, Alba y sus padres. Se sientan con la espalda recta, las dos manos sobre la mesa, y cogen y mueven los cubiertos con una elegancia que da hasta envidia. No son repelentes, no: son elegantes. Cuando yo era pequeño y me quedaba a comer en el cole, durante unos años nos gritaban para que nos sentáramos rectos y no tuviéramos las manos debajo de la mesa, pero al final nos dieron por imposibles y nos fueron dejando hacer. En eso iba pensando cuando me he dado cuenta que ya estábamos en la estación y he visto aparecer a Sergio por el pasillo que lleva a la puerta de salida. Este tío siempre tiene la misma cara de muerto, pero es mi muerto, qué coño. Está blanquísimo, se nota que no ha pisado la playa en lo que va de verano, y siempre está serio. Yo creo que si a Sergio le toca un día la lotería lo explicaría como si tal cosa. Es que las emociones en Sergio son de baja calidad. Bueno, no sé si son de baja calidad, pero las muestra poco. Las debe tener en mute, como la tele, o algo así. El tío ha venido con una maleta feísima y, como no, con un libro debajo del brazo: La casa de los espíritus. Es un buen tocho, aunque yo le he visto leerse cosas más gordas.

Nos hemos montado en el coche y hemos ido para casa. Hemos tardado unos cuarenta minutos. En el coche sonaba un disco de Alba con una música bastante guay que no había escuchado nunca. Era un poco modernilla y cantaban en español, pero sonaba muy bien. Cuando hemos llegado hemos dejado las bolsas en el garaje, la madre de Alba se ha quedado en casa y hemos ido todos a buscar a Carla a la estación de autobuses. Hemos tenido que esperar un poco, pero como íbamos hablando de nuestras cosas la espera ha estado entretenida. Carla ha llegado con sus chanclas hippies de siempre y su mochila de perderse por la montaña. Estaba guapísima y tenía esa sonrisa tan radiante que tiene siempre. Carla es la felicidad en estado puro. Es muy difícil no ponerse de buen rollo con ella al lado. Nos ha abrazado a todos y nos ha empezado a contar todo lo que ha hecho desde que se ha quedado en la estación y a preguntarle a su padre por los pueblos por los que ha ido pasando. Alba ha viajado muchísimo, conoce mundo como nadie a quien yo conozca; pero Carla ha visitado cada pueblo, cada montaña y cada camino de Catalunya y buena parte de España. Además, la tía tiene muchísima memoria y lo cuenta todo con una pasión que hasta el camino de tierra más jernoso te parece una aventura interesante.

Cuando hemos llegado otra vez a casa de Alba nos la ha enseñado. Es enorme. De hecho, son dos casas que compraron a la vez y las juntaron, así que hay dos de todo, pero las han reformado haciendo que los espacios sean enormes. A mí esto de que se hayan comprado dos casoplones a la vez para hacerse una enorme ya me ha parecido un flipe. Pero vamos por partes, porque hay muchas cosas en casa de Alba que me han dejado flasheado. Lo primer es la Harley. Sus padres conducen un mercedes GLA guapísimo que ya te va diciendo en que mundo te estás metiendo, pero es que cuando hemos bajado del coche en el garaje tienen una motaco de la parra. Una Harley de las de cruzarse Los USA. Enorme. Las típicas de los polis de las pelis. Un pepino, vaya. Pero espérate porque esto no es todo. Lo que debería ser el otro garaje es una sala toda forrada de parquet. Alba ha dicho que era la sala de la música. Hay sofás, un tocadiscos de los antiguos, un piano rarísimo, una batería pequeñísima y un montón de bajos y guitarras. La puerta es enorme, porque la sala está insonorizada. Esa habitación tiene su propio aire acondicionado y está decorado con muchísimo gusto. Es una mezcla entre el cuarto que todos queremos tener y una sala de conciertos de Texas. Qué sé yo, otro flipe. La casa además es enorme: salón inmenso con unos sofás de la parra, tele grande, equipo de música de los que se ven carísimos y todo eso. Pero lo mejor de la casa no es que sea muy grande o tengas muchas cosas, no. Lo mejor es que es bonita. Quiero decir que su casa es bonita en sí misma. Está decorada con muchísimo gusto: los suelos, los colores de las paredes, las cortinas, los cuadros, las fotos, todos los objetos son, ¿cómo decirlo?, armónicos, sí, creo que esa es la mejor palabra: armónicos. Mira qué nivelaco he cogido este año que ya puedo decir si las cosas son armónicas o no. Esto lo vimos en filo también, que estudiamos a un filósofo que decía que la obra de Dios la naturaleza, vamos era una cosa armónica. Yo hasta entonces pensaba que la armónica era sólo el instrumento de viento ese, pero qué va, también es un adjetivo. Bueno, pues la casa de Alba es armónica, homogénea como diría Albert, el profe de filo.

Mientras nos la enseñaba yo pensaba en mi piso de Badalona. Me ha parecido minúsculo, claro, y no sólo eso, sino que he sentido vergüenza de cómo tenemos las cosas. La vieja es la persona más curiosa del mundo, se pasa la vida limpiando y tiene la casa como una patena, pero no tiene gusto y no siempre ha tenido el dinero suficiente para tener las cosas como ella querría. Me he acordado de las tres baldosas de la cocina que son distintas al resto del suelo, porque se rompieron y para no tener que comprar un paquete nuevo un vecino nos regaló esas tres que tenían la misma medida y nos iban bien, aunque eran de otro modelo y el dibujo era distinto. También me he acordado del baño. Tenemos un baño pequeñísimo en el que el alicatado fue azul en algún momento de la historia pero que ahora, a fuerza de haberlo frotado para limpiarlo y darle brillo, tiene tonos amarillos verdosos. Las baldosas del baño de mi casa parece que tengan sarro, esa capa amarillenta que le salen a los dientes, aunque en mi caso es por limpiarlas demasiado, que la vieja siempre se queja de lo mal que lleva las uñas de estar todo el día frota que te frota. En fin, que tengo un baño con baldosas con sarro (no veas lo poeta que estoy, ya mismo te escribo un soneto). Luego están todos esos muebles que hemos ido recogiendo de la caridad de las vecinas: la mesa del escritorio nos la dio una señora del bloque y es de color cerezo, pero la estantería donde tengo los libros del colegio y apilamos todas las cosas que no sabemos qué hacer con ellas es de ese color oscuro, wengué creo que se llama. La silla no sé de dónde vino y tiene unos dibujos de los Power Rangers. En mi habitación también hay esas aberraciones del reciclaje: no hay ningún mueble que sea igual que otro, casi como en la habitación de mi madre, donde las series baratas de Ikea han ido sustituyendo a esos muebles que debió heredar cuando se casó y que ya debían tener más de mil años entonces. Yo nunca me había quejado, y aunque alguna vez me había dado cuenta (la casa de Alba no es la primera que visito) nunca había reparado demasiado en ello. Mi casa sigue siendo el lugar más cómodo del mundo, y va a seguir siéndolo por muy fea que sea. Incluso si la decoración se vuelve todavía más heterogénea (¡lo estoy petando!), la Coca-cola va a seguir sabiendo mejor en mi casa. Y comerse unas olivas no va a tener mejor escenario que mi balcón el día de la noche de San Juan. Hablando del balcón de mi casa: tiene dos sillas de mimbre y una mesa de hierro, además de un armario de plástico en el que guardamos todo lo que no cabe dentro de casa. Y también está mi bici. Y muchas plantas que no hacen flores, pero son verdes y le dan alegría a la casa.

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Yo sé que mi casa es un sitio un poco gris, y me daría algo de vergüenza enseñársela a estos tíos, sobre todo a Alba, pero al fin y al cabo es mi casa y en ella he jugado como los demás niños han jugado en la suya. Bueno, Alba es probable que haya podido jugar a otras cosas, porque nos ha enseñado el jardín, que tiene un porche y una barbacoa y otra zona más chill con unos sofás y una mesa baja y un par de tumbonas para tomar el sol y todavía queda espacio para poder acampar y montarte un ViñaRock si quieres. Cuando lo he visto he pensado en todas las veces que, de niño, quise tener una tienda de indios, de esas de tela que vendían en el Toys R’ us, y cómo cada año se la pedía a los reyes pero nunca me la traían porque, por supuesto, no hubiera tenido dónde ponerla. Supongo que Alba no tuvo ese problema y pudo tener todas las tiendas de indios que quiso. O quizá ella no quiso ninguna y lo que quería era algo que yo sí tenía y a lo que no le prestaba importancia. Al final, todos somos bastante capullos y sólo queremos lo que no podemos tener, mientras que a lo que sí tenemos no le hacemos ni puto caso. Pero volviendo a casa de Alba: nos la enseñaba y a mí se me iba la cabeza con todas estas ralladas, pero en verdad me estaba asando vivo y lo único que quería era darme un bañete en la piscina. Pues mira, la piscina, sin embargo, no está en su casa: es que su casa forma parte de una urbanización, así que la comparten todos los vecinos. Hay que andar 50 metros, perfecto, supongo, porque así si estás echando la siesta no te molesta si alguien se está pegando panzadas intentando tirarse de voltereta.

Las habitaciones están en la planta de arriba. Yo voy a dormir con Sergio en una habitación de dos camas y Alba va a dormir con Carla en una habitación con una cama de matrimonio. Que dos tías duerman juntas no pasa nada, pero que dos tíos duerman juntos siempre da lugar a bromas y a chistes y a miradas raras. Yo agradezco no tener que compartir cama con Sergio, es verdad, pero lo de los chistes no lo entiendo y me toca un poco las pelotas. En mi cole había un chaval que era un poco bujarra y le hacían la vida imposible. En verdad era muy buen tío y yo me llevaba de lujo con él, así que también me tocó pillar que me llamaran maricona, aunque es verdad que conmigo se cortaron mucho más. Los tíos tenemos una forma muy idiota de demostrar la masculinidad. En fin, qué le vamos a hacer.

Hemos deshecho la maleta y nos hemos puesto los bañadores. Hemos pasado la mañana en la piscina y por la tarde hemos ido a la playa. Está cerca, por lo que se puede ir caminando. Hemos hablado de mil cosas, nos hemos reído y Alba me ha hecho un regalo que nos ha hecho empezar un proyecto todos juntos, pero eso ya lo contaré mañana que hoy ya me canso de escribir y además nos llaman para cenar. Hala, mañana más.

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