OLVIDÓSEME DECIR – DÍA 1: UN TREN PARA IR AL PASADO (o una de esas cosas de los libros donde pone “prólogo”)

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Diario:

Muchas cosas han pasado durante estos dos últimos meses que no me han dejado ponerme a escribir como a mí me gustaría. ¡Qué cosas tiene la vida! Quién me hubiera dicho hace un año que iba a estar fastidiado por no haber podido escribir en mi diario. Pues ya ves, ya ves, así están las cosas: ahora escribo, o querría escribir, aunque no siempre pueda ponerme. Pero en estas vacaciones que han llegado más tarde que nunca, sí voy a tener tiempo y voy a poder guardar una prueba material, una más, de cómo es mi vida. Para eso, sólo para eso: para que cuando tenga cincuenta o sesenta o setenta años y la cabeza se me vaya como se le empieza a ir a la abuela pueda leerme a mí con dieciséis y pueda acordarme a la perfección de cómo era, al menos, este verano.

Este diario que empiezo ahora mismo tiene varias cosas que lo hacen importante: la PRIMERA es que llevo un par de meses sin poder escribir, así que voy a tener que ponerme al día de qué me ha pasado. No sé si voy a poder contar todo aquello que tantas veces he querido escribir y al final no he podido por falta de tiempo, pero lo voy a intentar.

La SEGUNDA es que este diario, pese a tener que empezarlo en pasado, va a hablar de mis vacaciones y ojo, porque las vacaciones de este año no son poca cosa: me voy una semana con Alba, Carla y Sergio a la casa de la playa de Alba. O sea, que voy a volver a pasar parte de agosto con los zánganos del Summercamp. Hemos ido quedando durante este año y, por supuesto, hablamos por Facebook y por Whatsapp, pero volvernos a meter todos bajo el mismo techo y volver a desayunar, comer y cenar juntos durante varios días no lo habíamos vuelto a hacer. La verdad es que tengo muchísimas ganas porque les he cogido mucho cariño y, aunque a veces sean más raros que un perro verde y tengan cada salida que me deje flipado, son buena gente. Gente con la que se puede hablar de mil cosas, porque estos tíos, cada uno a su manera, tienen mundo. De hecho, para mí ellos son un mundo nuevo. Mi barrio es mi barrio, y mis colegas son mis colegas, pero con estos también me siento muy cómodo y, aunque de vez en cuando me hagan parecer un cateto, la verdad es que me ha venido muy bien conocerlos. Ya me lo dice la vieja: “que estos nenes son muy buenos nenes y conocerlos te ha venido muy bien porque te han hecho ser mejor”. Yo no sé si ellos me han hecho ser mejor, pero es verdad que me han enseñado cosas nuevas y, sobre todo, a darle vueltas al coco sobre lo grande que es el mundo. El barrio que no me lo toque nadie, pero a veces me agobio un poco y se me queda pequeño. Échale huevos, cómo cambia la vida. Quién me iba a decir a mí hace un año que iba a gastar mis vacaciones con unos tíos a los que sólo hace un año que conozco. Pues para que tú veas, así son las cosas, David. Es lo que tiene la vida, que no para de darte bofetones y collejas que te regiran la cabeza y te hacen cambiar de rumbo. Y mira, pues te vas encontrando a gente. Pues bienvenidos sean, qué coño.

La TERCERA cosa importante de este diario es que lo he empezado a escribir en la Estación de Sants, porque a casa de Alba voy a ir en tren, así que hoy voy continuar escribiendo, al menos un rato, en un tren. Esto puede parecer una chorrada, pero es que para mí las estaciones tienen un no sé qué que me encanta. Como si escribir aquí me hiciera parecer un escritor de verdad. Vale, también es puro postureo, pero qué le vamos a hacer, cada uno tiene su chulería y sus cosas que le gustan. Pero no, de verdad: escribir en la estación y en el tren tiene un punto fantástico. No puedo explicarlo, pero yo ya me entiendo. De hecho, podría haber empezado este diario ayer, en mi casa, como todos los demás diarios que he escrito este año, pero no. En la estación y en el tren es mejor. O eso pensaba. Para ser justos tengo que decir que la estación de Sants, en verano, no es, precisamente, un campo de rosas: me he venido con mucha antelación para poder comprar el billete y bajar al andén y coger un sitio en un banco y ponerme al lío, pero hace un calor infernal y estoy sudando la gota gorda. De todas formas, da igual. Todo sea por lo guapo que es ponerse a escribir en el andén de una estación.

La CUARTA es que en este diario me quiero soltar y tratar de escribir un poco más fino, como me ha ido enseñando Carmina, la profe de castellano, y Albert, el de filo. En mi casa si me despisto y me pongo a escribir fuera de mi habitación y me ve mi madre o mi abuela ya empiezan a llamarme escritor o poeta. Yo sé que lo hacen con mucho cariño y mucha ilusión, pero a mi me fastidia, no sé por qué. No tiene explicación lógica, pero que me llamen poeta me suena un poco a insulto. Son cosas que tiene cada uno en la cabeza, no se puede explicar. La cuestión es que escribir me mola, y con el diario me lo paso bien y me viene de lujo porque se me ordenan las ideas y es una forma de hablarme a mí mismo sin parecer un loco, pero querría que también me sirviera para ampliar mi vocabulario y para expresarme mejor. En filo este año hemos visto a un filósofo que dice que los límites del lenguaje son los límites del mundo y yo llevo con esa frase en la cabeza la hostia de tiempo. Pues lo que quiero es irme probando en el diario, escribir mejor, meter todas esas palabras nuevas que he aprendido este año (este curso es el primero en el que me atrevo a decir que he leído, que además de las lecturas obligatorias del cole me he leído El guardián entre el centeno y El principito, que me lo regaló Alba para mi cumpleaños) porque, a fuerza de usarlas, seguro que se me van quedando y me van saliendo solas.

***

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No he podido escribir desde que acabé el curso porque las notas me trajeron tres sorpresas que han hecho que mi verano cambiara por completo. La cosa es que me han tumbado mates, economía e inglés. Movidote. En verdad lo que me han suspendido es el tercer trimestre de cada una, o sea, que la media me queda aprobada, pero como explicarle esto a la vieja es imposible, pues la tía se mosqueó un montón y me estuvo echando la bronca dos días seguidos. Que a ver, es lo que yo le decía: “mama, tengo dieciséis años y es la primera vez que suspendo: no te ralles”. Yo no soy un cerebrito, pero siempre me he ido sacando las cosas del cole. A veces sin pena ni gloria, como me decía la Nati, la senyu de natus, cuando sacaba 5,2 o 5,4 en los exámenes. “Alcaraz: aprobado sin pena ni gloria”. Bueno, pues será sin pena ni gloria, pero es aprobado, que en el fondo es lo que importa. Pero mira, este año en inglés no me he enterado de nada, y en economía me hago un lío con los balances de gestión y las cosas que van en el activo y en el pasivo. Mates también se han puesto chungas. Yo con lo de la Ley de Laplace me he quedado loquísimo y el tercer trimestre ha sido una locura donde no he dado pie con bola. La cosa es que es bachillerato y, claro, es otra liga: hay profes nuevos que explican cosas nuevas con métodos nuevos y eso lleva un proceso de adaptación que ya es un esfuerzo de la parra en sí mismo. Yo intentaba explicarle todo esto a la vieja para que se calmara y dejara de echarme los perros, pero ella a lo suyo: a gritar y a no dejar que me explicara. Total, que así estuvo dos días enteros, que cada vez que me veía me soltaba la chapa. Durante ese tiempo yo ya no sabía qué hacer ni qué decirle. Fueron 48 horas de desgaste físico y moral como el que les hacían a los talibanes de Al-Qaeda cuando los pillaban. Yo estaba apunto de suicidarme. Cuando la vieja me dijo que me había apuntado a clases particulares y que me iba a tocar currar este verano yo le dije que sí, sin saber ni lo que firmaba.

Y en eso he estado: en hacer clases particulares de lo que me ha quedado y en currar, que esa es otra. Resulta que en el cole, cuando me dieron las notas con los cates, me entregaron unos cuadernillos de ejercicios para que hiciera a lo largo del verano y no me quedase colgado cuando empezara segundo. A ver, está bien pensado porque lo que me ha pasado este tercer trimestre es que la cosa se ha complicado mogollón y no me he coscado de una mierda en ninguna de las tres asignaturas. Lo que me pasa es que a poco que me despiste un poco pierdo el hilo por completo y luego ya no hay forma de volverlo a coger. Total, que pierdo toda la clase porque ya no sé de qué están hablando ni qué han dicho y aunque me ponga a mirar los apuntes de alguien no hay forma de que lo entienda. Yo es que soy un tío que se queda con las palabras. Si no lo he oído o no he prestado atención pues ya estoy vendido, no lo voy a entender. Además, este último trimestre he estado muy despistado, porque con el calor es muy difícil concentrarse y no sé por qué, pero me han estado viniendo muchos pensamientos a la cabeza que me hacían estar más en mi mundo y que han hecho que cada vez que me aburría en clase —y eran muchas— la cabeza se me fuera a mis cosas. Bueno, que me han quedado tres. En fin, qué le vamos a hacer.

La vieja, con toda su buena voluntad, me ha pillado a dos profes particulares para que vengan a explicarme todas las cosas de las que no me he enterado en el cole. Ella se estuvo mirando los cuadernillos que me dieron y no sabía de qué iba nada de eso. Le preguntó a Juan si él me podía echar una mano, pero tampoco. Total, que al final se metió en una página web y ha contrato a dos chavalillos que me vienen a dar clase dos veces por semana. Y así llevo desde junio. Adrián me da mates y economía y es un tío muy formal, pero también muy enrollado. Tiene 27 tacos y el tío está estudiando no sé qué. Sabe mucho y explica bien, así que con él perfecto. Luego está Ana, que es la chica que me da clases de inglés. Tiene 21 tacos y es una pija de Badalona de las que lleva fichando en la Carpa toda la vida. La tía está que se rompe de buena y a veces pierde un poco los nervios conmigo cuando no acabo de entender las cosas, o con mi pronunciación, que es macarrónica. No es mala tía, sólo que, a veces, nos cuesta un poco entendernos.

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Por si esto fuera poco la vieja me dijo que ya tenía 16 años y que ya era hora de empezar a ganar mi propio dinero, así que habló con Juan y me ha buscado un puesto de chico para todo en su empresa. Iba de ocho de la mañana a tres de la tarde de lunes a viernes y me tocaba hacer lo que me decían, claro. Ordeno el almacén, hago inventario (me he pasado todo julio haciendo eso), archivo papeles, tiro la basura… en fin, lo que haga falta. No es un trabajo muy duro y todos me tratan muy bien, pero no tengo casi nada de tiempo para mí. Estuve desde el 21 de junio o así hasta ayer. En agosto la empresa de Juan cierra todo el mes. Yo hoy tendría que haber ido a currar, pero como me iba con estos de vacaciones me dejaron cogérmelo de fiesta. Yo creo que la vieja ya tenía pensado que me pusiera a currar antes de que me dieran las notas, para que me enseñe, como dice ella. A la vieja le gusta soltarme la moralina de que ella con 14 años ya estaba trabajando y daba toda la paga en casa, así que supongo que quería enseñarme la importancia de tener un trabajo, y ganar dinero y comprometerse con las cosas y ser formal y blablabla… todas esas cosas que le gusta decir a ella haciendo el papel de madre, pero con las notas tuvo la excusa perfecta para que yo no tuviera opción a decir que no. Ha sido un inicio de verano duro, porque no he podido ni pisar la playa, ni ponerme con la Play ni ir a jugar al fútbol al Iris. Así que ahora lo que me toca es eso: descansar y disfrutar, de momento, de esta semana con los colegas. Ya queda poco para llegar a Girona, así que por hoy ya está bien de escribir. Creo que me he puesto bastante al día. Seguro que me dejo cosas, pero ya irán saliendo. Mañana más.

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