SUMMERCAMP – Día 15

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Diario, hoy te escribo desde casa, desde Badalona. No te imaginas lo raro que se me hace escribir desde aquí. Es cantidad de antinatural, porque nunca me había puesto a escribir en un diario, y como la primera vez que lo hice fue en el summercamp, pues hacerlo era una cosa de allí, del casoplón de Collserola. El diario, por decirlo de alguna manera, no era mío, era del summercamp. Al menos hasta que me enteré que era el único pringado que escribía cada día. Bueno, pringado no. Pringado no. La verdad es que no me ralla, supongo que por eso lo sigo haciendo. Es más, creo que le voy a pedir a la vieja que me compre un bloc para meterme en otro diario, y éste, aunque todavía tenga páginas en blanco, lo voy a dejar guardado. Lo voy a acabar aquí, para que sea eso: el diario del summercamp. Para que no se mezcle con lo que va a venir después. Tenían razón los que me dijeron que escribir ayuda a poner los pensamientos en orden. Ahora creo que me conozco un poco más. Sé que soy un poco muerto y que tengo que ponerme las pilas para probar cosas. La movida es que esto no lo sé porque me lo hayan dicho la Cristina o la Nerea, que en parte también, si no que lo sé, que me he convencido, vamos, porque las he escrito. Escribir es como pensar dos veces, o pensar más lento. Esa es la sensación que tengo. Yo nunca he sido un tío muy rallado, nunca me he comido mucho el tarro, pero desde el día del agobio vi que escribir las cosas me ayudaba a ver lo que iba pensando. Que no nos engañemos, en eso de pensar no es que tuviera yo mucha experiencia.

Pero bueno, a lo que vamos. Que esto tiene que ser un final de summercamp así que voy a poner aquí todas las cosas que pasaron ayer por la noche y hoy, para que no se me olviden, como me dijo la Nerea, para que duren cien o doscientos años, o para que pueda recordarlas cuando sea un viejo. Pues hala, vamos: ayer por la noche les escribí en el diario al Sergio, a la Carla y a la Alba. Al Sergio le dije que al principio me había parecido un poco muerto, que me había dado un poquete de mal rollo que me lo metieran en la habitación, pero que había aprendido mucho. Que era un crack, que era flipante como se acordaba de las cosas y la capacidad que tenía para leer. Le dije que tenía que hablar más, contar más cosas, que cuando habla sube el pan; que es una cosa que dice mucho mi abuela y yo no sé muy bien lo que quiere decir, pero suena a halago que te cagas. Bueno, pues eso es lo que le dije. Y le puse también que teníamos que vernos, porque me debía una crítica de la redacción. Que al final el cerdo no me dijo nada. A la Carla le puse que era una de las cosas más guays que había habido en el Summercamp. Que me flipaba un montón el buen rollo que tenía siempre y que su sonrisa se contagiaba, que no la perdiera nunca. Vale, vale, un poco moñas, ya lo sé, pero ¿qué quieres que le haga? Será que el summercamp me ha cambiado un poco, qué le vamos a hacer. Le dije que teníamos que vernos, que se viniera un día y la llevaba de excursión a Sant Jeroni de la Murtra, que es un sitio de Badalona al que nos llevaban con el cole cada dos por tres. No hay para escalar ni hay muchos animalillos, pero para pasar un día está bien. A la Alba le decía que había sido súper guay haberla conocido, y también que era una de las cosas más guays del summercamp y que me había hecho sentir súper cómodo. Que me ha encantado que me enseñe esa música tan molona y que ahora ya no le tengo tanta rabieta a las cosas inglés. Que tenemos que vernos. Que de verdad que tenemos que vernos. Que quiero ir a verla tocar el bajo con alguna banda.

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Ninguna de las cosas que les dije me acabó de convencer. No me salían las palabras y, para qué engañarnos: me daba palo quedar como una maricona. Supongo que en el fondo tienen todos razón: tengo que leer más, que es una cosa que abre la mente. Es raro, pero aunque el summercamp haya sido en Collserola, al lado de casa, yo tengo la sensación de haber descubierto otros mundos. Joder, es que esto no sé cómo explicarlo, pero es como que la idea que yo tenía del mundo ahora es más grande. La mía era pequeñita, chiquitaja: Badalona, el instituto, el fútbol con los colegas, intentar entrar en la Carpa y poco más. Lo mío, lo de siempre. Ahora he estado en un sitio en el que la peña hace escalada en la Foixarda, o se pasa veintiséis horas al día leyendo, o se pira los veranos a Estados Unidos, o a Irlanda, a aprender inglés, o se plantean ir a Francia a estudiar. Joder, yo todas esas cosas no sabía ni que se pudieran hacer. También he visto que hay carreras para todo, para cualquier cosa que te guste puedes ir a la universidad a estudiar. Yo pensaba que a la universidad ibas si querías ser profesor, o ingeniero, o abogado, o médico. Pues no, resulta que no. Que ahora si te molan los bichos, o escribir, o dibujar, pues también hay carreras para eso. Y lo más hardcore, lo más de todo que he aprendido en el summercamp es que la peña guay no es así o asa, o sea, que cada uno tiene su rollo, sus cosas que le gustan y que le hacen único e interesante. Y que da igual si pegas gritos de Tarzán o eres un gordaco tipo ballena atlántica: si te paras y te sientas y hablas con la peña ves que todos tienen cosas guays. Que aunque no te lo creas, todos, por gordos o muertos que sean, pueden ganar un juego de la bandera, o pueden quedar primeros en el juego de quitarse el pañuelo del culo.

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Otra de las cosas más importantes que me llevo del summercamp es esto, lo de escribir. Vale que tengo que aprender vocabulario y todo eso, pero he escrito cincuenta y ocho páginas del cuaderno, que las he contado. Cincuenta y ocho páginas escritas por mí, por mi mano, por mi puño. Cincuenta y ocho páginas con cosas mías, no copiadas de ningún sitio. Cincuenta y ocho páginas letra a letra, palabra a palabra. Todas ahí, a boli, échale huevos. Lo mismo para la peña esto es una cosa normal, pero para mí esto es la polla. Es como para que venga el Rey de España y me aplauda, o la senyu de castellano y me diga: “olé, chaval. Excelente al canto”. Cincuenta y ocho páginas. Estoy la hostia de orgulloso de mí mismo. Yo no tenía ni idea de que fuera a ser capaz de hacer algo así, y aunque es verdad que lo empecé porque es lo que nos dijeron, lo cierto es que podría haber hecho una mierdecilla para cumplir, como cuando nos ponen a hacer una redacción en inglés y siempre cuento lo mismo, para no tener que pensar qué voy a poner. Voy a escribirlo una vez más: cincuenta y ocho páginas. Lo mismo, con esto no me puedo poner en una silla delante de la peña del summercamp y que los profes digan “mirad, este chaval ha escrito cincuenta y ocho páginas en quince días”, pero ya te digo yo que en mi clase sí, en mi clase me puedo poner en una silla delante de todos, delante hasta de unas cuantas clases de mi cole y petarlo con esto. Bueno, no sé si en mi cole esto les sorprendería o me correrían a pedradas, que aquí son muy burros y más tarugos que un zapato.

Y bueno, a los sucesos: hoy por la mañana cuando nos hemos levantado, hemos desecho la cama, nos hemos duchado y hemos recogido las cosas en la maleta. Cuando lo estaba guardando todo, el Sergio me ha preguntado si me había leído el libro y yo le he dicho que no, que lo sentía mucho pero que no he podido. Que lo compraré y me lo leeré. El tío lo ha cogido, se ha puesto a escribir en él y me lo ha dado. “Así ya no hace falta que te lo compres”, me ha dicho. Yo me he quedado muy parado. El tío me ha regalado el libro. Su libro. Le he dicho que no, que no, que era suyo, pero me ha dicho que ahora el libro tenía mi nombre. Le he dado las gracias y un abrazo que casi lo desmonto al chaval. ¿Sabes qué me ha escrito en el libro? Ha escrito: “Para David, para que sea uno de los primeros libros de los millones que vas a leer en tu vida. Acuérdate de mí cuando publiques tu primera novela. Tu amigo, Sergio”. Joder, qué sentido. Me he emocionado cantidad.

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Al bajar a desayunar nos hemos sentado los de siempre, en la mesa de siempre, claro. Hoy había un rollete especial. Entre muy unidos y contentos y un poco tristones porque esto se acaba y mañana ya no desayunaremos juntos. Hemos brindado la hostia de veces con el zumo: por nosotros, por la escalada, por Port Aventura, por el juego de la bandera… en fin, por todas las cosas que hemos ido recordando y que se nos han ido ocurriendo. Hemos recogido los platillos y hemos salido fuera. Estaban la Nerea y el Guillermo que nos han dicho que teníamos que colgar unos carteles por la casa, y colocar mesas y sillas y unas pérgolas en una explanada, que es donde íbamos a comer. Pues eso hemos hecho, hasta que han empezado a llegar los padres de cada uno. He conocido a los padres del Andrés, que son unos tíos cantidad de majos y enrollados. Su padre es una risa, que siempre está haciendo bromas y contando chistes, y su madre también es cantidad de maja. A los del Héctor, que son unos tíos recios, como diría la vieja, gente de vida. Los de la Carla, que son unos hippies de cuidado. Han venido en una furgonetilla tipo Berlingo con un perro y la hostia de cosas de camping. Los del Sergio, que son unos tíos muy normales. Serios, con un poco de pinta de catetos. Yo me los esperaba, qué sé yo, gente como los padres de la Alba, que se les ve que tienen estudios y son unos cocos y que va, los del Sergio son tíos normales. De los que te encuentras trabajando en un supermercado o en un taller, gente como yo, como la vieja, como los padres de mis amigos, vamos. Me he quedado a cuadros.

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La vieja ha venido con el Juan y se han traído a la abuela, que me ha hecho una ilusión tremenda. Todos les hemos presentado a nuestros padres a nuestros amigos y nos hemos sentado a comer juntos. Nosotros a nuestra bola y los viejos hablando entre ellos. Los que más hablaban eran los padres del Andrés y los de la Alba. Los de la Carla habían traído comida para cincuenta o sesenta personas. Han traído cosas de hippies: cous-cous, hummus, y movidas así. Se ve que la vieja de la Carla es vegetariana. La tía está muy flaca y muy morena, y su viejo llevas los pelos un poco largos y un barbote de esos de hippie intelectual. No paraban de ofrecer comida a todo el mundo. Al final, de todas formas, lo que más ha triunfado ha sido el gazpacho de mi abuela, que también ha traído como diez o doce litros, que le ha dado gazpacho hasta al Guillermo y a la Nerea.

Después de comer, y de tomar café y de estar un buen rato de charrera, los profes han hecho pasar a los viejos a una sala súper tocha y les han puesto un vídeo con un montón de fotos nuestras haciendo de todo, fotos de todos estos días. La película duraba un montón de rato y también había trozos de vídeos en la que salíamos bailando, o uno salía escalando, o la Alba tocando el bajo. Yo salía jugando al fútbol, y en otro cavando la jodida cerca, que se me ve una cara de mala hostia que tira para atrás. Cuando se ha acabado hemos aplaudido todos y los profes nos han ido llamando y nos han repartido unos diplomas, y les hemos enseñado las banderas de los equipos a los viejos, y eso. También nos han regalado una cartulina con la foto de todos que nos hicimos en Port Aventura, y nos han dicho que si les llevábamos los álbumes nos escribirían ellos algo también. Mi álbum todavía lo tenía la Carla y la Alba. Se lo he pedido y la Alba me ha dicho que ella se lo llevaba al profe, pero que no me lo podía dar todavía. Que la próxima vez que nos viéramos me lo daba, y que así teníamos excusa para quedar. Le he dicho que de acuerdo, a ver, qué remedio.

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Después de esto aún hemos estado un rato más por ahí, pero ya la gente empezaba a recoger e irse. Nos hemos ido despidiendo de todos. Muchos abrazos, algún que otro lagrimote de las niñas… en fin, lo normal. La Alba me ha dicho que se iba de vacaciones con sus padres. Que estábamos en contacto para vernos antes. Todos nos hemos dado los whatsapp, los facebook y todo eso. El Juan, la vieja, la abuela y yo nos hemos montado en el coche y nos hemos venido para Badalona. Hemos dejado a la abuela en su casa y ahora estamos los tres aquí. La vieja está muy morena y se la ve muy sonriente. A ver, lo que se la ve es súper colgada del Juan, y al Juan también se le ve cantidad de atento. En verdad es un tío de puta madre, se nota que la quiere un montón. Me han dado el regalo que me trajeron de Mallorca. Es una camiseta de Extremoduro y una figurita de porcelana que es un pito de esos de silbar. El Juan me ha regalado un boli cantidad de guapo. “Para que escribas”, me ha dicho. También me han dicho que si quería hacer cursos de escritura que se lo dijera, que para eso lo que quiera. Yo no he sabido qué decirles, aunque me lo estoy pensando. Hacer eso y que me apunten a inglés. Hay que probar cosas, así que ¿por qué no?

Hasta aquí todo lo que ha sido el summercamp. Creo que no me dejo nada, y si me lo dejo es que tampoco era tan importante, o que no lo he querido contar para no recordarlo cuando sea viejo, ni para que dure cien o doscientos años, como decía la Nerea. Ahora hay que cerrar esto, ponerle punto final y volver a la vida normal y corriente. En un rato me subiré a ver al Carlitos para contárselo todo y esta noche voy a ver a la Vanessa, ¡qué ganas! Este fin de semana quiero volver a vivir mi casa: mi ducha, mi cama, comerme una oliva si me da la gana y quedarme un rato mirando al techo sin pensar en nada. Hay muchas cosas muy tontas que se echan de menos, supongo que eso forma parte de tu casa, también. El lunes, quizá, le pido a la vieja que me compre un diario. La verdad es que no tengo ganas de dejar de escribir.

Y sin nada más,

FIN

David Alcaraz. 1-15/AGO/14

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