TRECE CAMISAS

Trece camisas

Lo último que recuerdo de Barcelona es una lista. Las listas, de hecho. Las listas de “Cosas por hacer” o Things to do”, como me gustaba escribir al inicio de la página, o incluso tiene que…” con mi nombre delante, como si yo fuera un él, una tercera persona a la que recordarle u ordenarle una concatenación de tareas. La verdad es que las dos últimas semanas, o quizá el último mes, mi vida se convirtió en una lista constante. Lo anotaba absolutamente todo, desde la cosa más simple, como por ejemplo comprar cigarrillos —¿acaso se le olvida a alguien comprar cigarrillos?—. Amaba mis listas. Escribirlas en negro e ir tachando, en rojo, cada cosa que quedaba hecha. Mis listas eran un montón de llaves que devolvía. Un montón de pisos o habitaciones a los que no iba a volver. Mis listas, más allá de su propia naturaleza de lista, eran, o eso quería pensar, un carpetazo al pasado. Los días pasaban con una numeración cardinal inversa. El día uno de febrero fue el número diecisiete, el dos el dieciséis, el tres el quince… y así sucesivamente hasta llegar al diecisiete de febrero, mi día uno, mi final. Con él llegó la última lista, que se convirtió en la mejor de todas, aunque fue una lista cruel y dolorosa: la lista de las cosas que meter en el equipaje. No me había planteado qué llevar, porque la verdad es que cuando uno tiene un final marcado importan muy poco las cosas. Con sólo un pasaje de ida me sentía como un juez condenando a un montón de cosas al olvido material. Los libros, las postales, iban a dejar de ser una cotidianidad material para ser un recuerdo material. Cuántas cosas soportan las estanterías y las paredes que dejamos atrás. Esto no era una sensación nueva. Lo había aprendido hacía un año y medio, cuando se produjo el exilio o la deportación de una casa que fue mía y en la que se quedaron enterradas historias y vivencias, noches de besos, escenarios de fotografías y enamoramientos. Uno aprende —qué remedio— a trabajar con nuevos materiales. Nuevas paredes donde colocar cuadros y postales; nuevas estanterías con nuevos libros; una cama nueva donde volver a dormir, a besar y a enamorarse; nuevos armarios en los que colocar los jerséis, los pantalones y las camisas… Nunca me habría imaginado que las camisas pudieran significar tanto y tener tantas cosas guardadas. Las camisas se convirtieron en ese trozo de pared y de estantería, de armario y de cama que uno se lleva. Siete botones para contenerlo todo. La camisa que me regalaste, o la que compré en aquel viaje que hice contigo, la que me compré para llevar a la comida con Antar y que me pidió que llevara a Marruecos, las muchas que compré con aquella novia que me decía que tenía que vestir de colores, la que llevaba puesta la vez que acabé las mil trescientas páginas de Tu rostro mañana, la que me desabotonaron nerviosamente en aquel hotel el verano pasado, la que tuvo que ir a la tintorería por esa mancha de vino rebelde, la camisa con la que leí mi trabajo de final de carrera, la que me puse para aquella entrevista de trabajo, la camisa que llevé al tinte para cambiarle ese color amarillo tan horrible… Y así escoger, hasta sumar trece, ese número tan agorero. Este es el mayor capital de mí equipaje, de mi lista, de mi empezar de cero. Esto es lo que salvamos del Leteo y nos traemos a nuestro nuevo lugar, a nuestro nuevo armario, a nuestra nueva vida. Hoy es esto, las camisas, lo que me conecta con las historias —las que guardamos en los armarios y en las paredes y en la cama de nuestra mente, donde duermen y sueñan y se mudan de ropa, a salvo del inexorable tuerto e inseguro olvido— de mí vida.

Hoy se cumple un mes exacto que aterricé en Cracovia y algunas camisas empiezan a perder color y a desgastarse en un agónico lamento por ir al cubo de la basura y ser sustituidas en el armario por las nuevas camisas polacas. La camisa que me compré en el aeropuerto mientras esperaba, la que compré para la cena con los nuevos compañeros de trabajo, la que todavía no he estrenado y reservo para tu visita… Con todo —aunque sea un muchacho de 1950 en un año indiferente como este— la vida sigue. Hacemos listas, damos carpetazo, empaquetamos en maletas, devolvemos llaves, despegamos, aterrizamos, alquilamos un piso nuevo, compramos perchas, desempaquetamos, recordamos. Y los días pasan y se llena el nuevo armario de nuevas historias, de nuevas camisas. Se empieza de cero. Se vive donde sea, dentro de siete botones.

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Una respuesta a TRECE CAMISAS

  1. '???? dijo:

    Me gusta mucho esa forma de escribir y expresar esas vivencias que han sucedido, sean tristes, bonitas agradables ó dolorosas, pero siempre mirando hacia adelante con ilusión y esperanza. Tu eres fuerte. un abrazo. Pili. B.. S..

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