LA MUECA

 

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Nos miramos. Lo hacemos desde que entraste al local. O quizá fuera un poco después, justo al pasar por mi lado e ir a la barra. Cuando pediste tu café con leche y una porción de pastel y hurgaste en tu bolso en busca de tu billetera o monedero —creo que a las mujeres os gusta llamarlo todavía monedero, o quizá ya cartera— ladeando la cabeza hacia la izquierda. Me viste de refilón, oblicuamente o de soslayo. Fuera como fuese, me viste mirarte. Vi tu libro desde que te paraste en el mostrador y me llamó la atención, sonreí. A menudo sonreímos a lo conocido, cuando conocemos un final que para el otro es desconocido todavía. Un libro, por ejemplo. Sonreímos cuando lo hemos leído y vemos o descubrimos a otro lector que aún no lo conoce. Sonreímos y pensamos ya verás cuando descubras esto o tal otro, o cuando este o aquel personaje haga aquello que hará hacia el final. Ya verás qué cambio, qué giro, qué desilusión o qué sorpresa. Creo que esa fue, inicialmente, la sonrisa que te dediqué. Aunque quizá cuando tú me miraste, cuando me viste mirarte, mi sonrisa ya fuera otra. Quizá ya fuera la sonrisa curiosa y alegre de quien descubre algo que quiere mirar. Me fijaba en tu falda, en tus piernas, en tu blusa, en tu cuello, en tu melena castaña. Pagaste, guardaste las monedas en tu monedero o en tu cartera y entonces me miraste fijamente. Me buscaste expresamente y me viste mirarte de nuevo. Sonreíste. Guardaste tu cartera en el bolso y te apartaste el pelo. No te ruborizaste, o quizá sí; no del todo o quizá algo. Recogiste tu pedido: café con leche y una porción de pastel de frutos rojos. Sonreíste de nuevo. Te sentaste en la mesa de enfrente. Mirándome, enfocándome, prestándome una especie desconocida de atención. Quizá fue tu voluntad o yo te llamé sin voz. Me gustó tu decisión. Dejaste el café con leche en la mesa, sin derramar ni una gota. No había muchos pasos desde el mostrador pero hubiera sido habitual que el líquido se balanceara lo justo para salirse. Es corriente que uno tienda a inclinar la taza y el líquido se derrame sobre el platillo, les sucede incluso a los camareros más experimentados de vez en cuando. Sin embargo, el pequeño desastre que no se produjo te dio un aire elegante, seguro, tranquilo y firme. Colocaste el pastel que llevabas en la otra mano al lado de la taza y dejaste un buen espacio cercano a ti para el libro, que llevabas bajo el brazo. Miraste el lápiz de mi mano y sonreíste de nuevo. Sacaste uno de tu bolso y por fin te sentaste. Llevabas el bolso cruzado a un lado y ahora lo soportabas entre tus piernas, era un bolso pequeño, debías estar acostumbrada, no debía resultarte incómodo, de otra forma no se habría entendido. Había sillas vacías entre nosotros, una enfrente de cada uno, donde podrías haberlo dejado aunque normalmente somos reacios a perder de vista o dejar demasiado lejos de nosotros nuestras pertenencias: el casco de la motocicleta si lo hay, la chaqueta, y por supuesto el bolso o el monedero o la billetera, en mi caso. Estiré el brazo como para acortar la distancia que nos separaba: dos mesas no muy grandes, de unos cincuenta o sesenta centímetros más su correspondiente separación. Un metro y medio, a lo sumo. Sesenta pulgadas, quizá incluso menos. Dos mesas y dos sillas, eso seguro. Pocos pasos al fin y al cabo, aunque difíciles de dar por el miedo y la vergüenza y las inseguridades.

 

 

***

 

 

Supe desde que te sentaste en ese lugar que debía, sin embargo, darlos. Levantarme con cualquier excusa —quizá otro té o una porción de algún pastel o tarta hubieran quedado elegantes— y preguntarte cualquier cosa: “¿Es la primera vez que lees el libro? Es muy bueno, yo lo leí hace dos años y he seguido leyendo cosas del autor”. Mi primer paso daría lugar a tu turno, podría sentarme en una de las sillas que nos separaba y desviar la conversación hacia otros lugares: el primero tu nombre, claro, luego ya veríamos. Lo imaginaba, lo ensayaba mentalmente y me cargaba extrañamente de valor. “No hay que desaprovechar las oportunidades”, me decía, “si se ha sentado ahí no va a rechazarme, o no de entrada. Podría haberme dado la espalda, o sentarse en otro lugar, no sonreír, no volver a mirarme”. Esperé. Apuré el té, leí algunos fragmentos de mi libro mientras te miraba fugazmente. En algunas te veía mirarme, o acariciarte las puntas del pelo, o comer una porción del pastel de frutos rojos, o beber un poco del café con leche. Con la cabeza recta y mirando al frente, a mí, o en dirección a mí, aunque los ojos apunten hacia otro lugar. Las mujeres siempre han tenido la capacidad de ser más rápidas que nosotros. No es fácil descubrirlas mirando a uno, así que imaginé que las veces que te cacé mirándome las forzaste, esperaste a que te mirase y te descubriera. Luego, quizá fuera tu forma de decir “ven, aquí estoy y te espero. Espero que te levantes con cualquier excusa y me preguntes o me digas algo. Ven, háblame y te invitaré a sentarte. Ven, háblame y siéntate. Deja aquí tu libro, tu té, tu lápiz y tu billetera, cerca mío, al lado de mi café con leche y mi pastel, cerca tuyo, también. Compartamos mesa y hablemos”

 

 

***

 

 

Había terminado mi bebida y había decidido encaminarme a la barra. Te miré fijamente, puse el punto de libro en la lectura que me ocupaba antes de que llegaras y la cerré. Me devolviste la mirada, agarré mi billetera y justo antes de encaminarme hacia la barra apareció en tu cara la mueca. Una mueca horrible y espantosa. Arrugaste nariz y labios, instintivamente, sin pensarlo, sin desearlo quizá. Un acto reflejo y fortuito que se presenta sin avisar, como la risa espontánea o el estornudo. Algo que no podemos evitar ni ensayar frente al espejo. Tu mueca accidental me deshizo los planes, supe en ese preciso momento que se trataba de una mueca que no quería volver a ver jamás. No sé qué extraño pensamiento cruel y taxativo me ocupó la mente, pero no pude suprimirlo ni olvidarlo. No quería esa mueca en mi vida, no la quería ni siquiera en mi próximo té, ni en mi mesa, ni cerca de mi libro o mi billetera. No la quería en los próximos veinte minutos y mucho menos en la tarde entera. La expresión alegre que tenía desde que entraste se deshizo. Te miré seriamente ahora. Me miraste ajena a mis pensamientos, ajena incluso a tu mueca, y volviste a sonreír. Quizá pensabas o intuiste que por fin, iba a levantarme, que iba a ir a tu mesa, a decirte cualquier cosa y aunque el futuro fuera incierto quizá iba a entretenerte, a hacerte reír o a contarte alguna historia curiosa. Intenté recapacitar, olvidar tu mueca, pero no puede. De veras lo intenté, dos, tres, cuatro veces te miré y recordé tu falda, tus piernas, tu blusa y tu cuello. Pensé en tu libro, en lo que podrías haber leído o en lo que leerías después. A la noche en tu cama, o mañana en otro café. Te imaginé alegre y entonces me invadió de nuevo tu mueca. ¿Qué sensación o sentimiento la provocó? ¿Fue una mueca de nervios o de calma, de espera o de desesperación, de satisfacción, de complacencia, de inseguridad…? ¿Cómo sería tu expresión en el enfado, en la decepción, en la desolación, en el triste y apocado llanto? Hay ciertas cosas que uno no espera descubrir tempranamente y que desbarajustan los planes. Lo posterior se anticipa a lo anterior y uno pierde el norte. Querría saber de ti, tu nombre, tus gustos literarios, tus lecturas, el tono de tu voz y la forma en la que pronuncias esta palabra o esta otra, el tacto de tus manos, tu piel y tu cuerpo pero no tus hábitos, no tus intimidades, tus manías o costumbres. No tus muecas. Nunca ahora. No todavía. Me levanté, sin embargo y fui al mostrador. “¿Qué te debo?”, dije. Pagué. Pasé de nuevo por tu lado y de espaldas a ti, evitando ver cualquier gesto de decepción o tristeza tuyo recogí mi libro y mi casco y me fui sin volver a mirarte más.

 

Egon Schiele

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