ESCRIBIR (excusas o autoconsuelo)

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Lector, me dirijo a ti en estas líneas con el convencimiento de que, si has seguido la últimas entradas de esta página, entenderás a la perfección lo que ahora te quiero decir. “Es muy difícil contar nunca nada”, incluso cosas que no sean ciertas, aunque sean accesibles. Este es, lo advierto, el tema principal de este escrito. “No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias” de las que no pueda desembarazarse hasta sentirse cómodo contándolas. Y este es mi caso últimamente. Como habrás visto, mis últimas publicaciones se han basado en el no escribir, sobre la incapacidad de escribir y, final y verazmente, sobre el miedo a escribir. Tengo, desde hace algún tiempo, miedo a escribir. No es que no escriba nada, es que lo que escribo no quiero que sea leído por otros. Tengo, por tanto, miedo a publicar, a que los demás lean unos escritos poco emancipados de mí, es decir, tengo miedo a que los demás me lean. A que me lean a mí, a mis intimidades y que entonces los conocidos me reconozcan y los desconocidos, si los hay, intuyan o crean conocerme. Yo no quiero eso. Yo quiero, lector, escribir y que me lean pero que lean en mí a otro “ladrón de cuerpos”, cómo dice Javier Marías —a quien a estas alturas ya habrás intuido—. Lo que pretendo —las pretensiones siempre tienen un poco o un mucho de soberbia y de altivez— es emular, parecerme o copiar —de momento— a dos escritores de los que últimamente me reconozco enamorado. Quisiera que mis escritos tuvieran o bien el pulposo poso del jugo literario que exprime Marías; o bien el melodioso lirismo de Francisco Umbral. Hay muchos más, claro, pero esta es la forma como, por ahora, me gustaría escribir. Ya he dicho antes que las pretensiones son habitualmente soberbias y altivas; ¡qué desgracia de pretensiones si éstas no apuntan alto! Pero voy a confesarte todavía más cosas, lector. Hace cosa de un año que me cuesta robar cuerpos o inventar identidades desembarazadas. Claro que la reina de los emoticonos o la chica nueva surgen de mí y por tanto tienen en su sí una parte mía, como tienen también una parte de la habitación de escribir donde les di forma, como lo tienen también de los hábitos, horarios y divagaciones que tenía por aquél entonces. Estas pinceladas de mi persona en los personajes son tolerables ¿qué sería de, por ejemplo, Corazón tan blanco si Javier Marías no fumara?—, pero últimamente la pintura personal rebosa por los márgenes y entonces me entra el miedo a escribir al que me refería anteriormente. Sea como sea, uno no puede dejar de escribir y por tanto debe relativizar. “¡Cualquier excusa es buena para escribir!”, me recomienda quien está al corriente de esta situación desde antes de la publicación de este escrito. Y en eso estamos, o mejor dicho estoy. En escribir y publicar, despacio, con el paso de quien ha decidido hacerlo pese al miedo, pero sin cejar en el empeño de entregarte cosas para que, paradójicamente, me leas. Te (me) lo prometo.

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