LEY

derain 6

Hace días que te observo y hoy, por fin, me siento a tu lado. Pero, a tu lado me siento así, sin derechos. Como si me los hubieran prohibido, o peor aún, despojado. Sin derecho a ser libre, que es lo peor del mundo. Debe ser aquello de tu libertad —que empieza donde acaba la mía— o qué sé yo, pero es así. Es ley. La Ley. Una ley sin derechos. Sin. Sin derecho a mirarte descaradamente, que es como el derecho fundamental. La Carta Magna, lo humanamente constitutivo o esencial, lo que a nadie debiera prohibírsele. Eso creo o sé, porque tampoco tengo derecho a estar cien por cien seguro.

Aun así es ley. Una ley sin ley, o ley sin derechos, pero con todos los deberes. Tengo el deber de que todo siga su curso: mira al frente, sonríe, sigue trabajando, sigue leyendo, sigue escribiendo, concéntrate, contesta a tus preguntas, no hagas muecas o gestos de aflicción cuando te vayas, porque te irás, y despídete. Aunque ardas. Aunque quieras transgredir la ley, mi ley que es tuya porque es a ti a quien protege. O no. Porque no tengo derecho a estar cien por cien seguro. Pero no puedo. No puedo, no. No puedo mirarte descaradamente, o libremente que es, en el fondo, lo mismo. No. No puedo fijar mi vista en ti y observar cada gesto tuyo, cada palabra que escribes o piensas. Y peor. No puedo abrazarte, no. Ni puedo ¡no por Dios!— acariciarte la pierna y apretar tu muslo. Esa es la ley. La tuya o la mía. La ley de no asustarte, de no dejarme llevar, de no desatarnos, liberarnos o entregarnos. Y estas —horribles, claro— son sus normas. No puedo tocarte el pelo, ni hundir mis dedos en tu melena, y girar tu cabeza y besarte.

No, no, no y no. Cuatro negaciones, una por acción. La acción negada u oprimida por la ley del miedo, la ley no escrita ni pronunciada que sigue imponiendo absurdas normas. No puedo cogerte del brazo y arrancarte de tu sitio con la excusa de un café que no se pide, ni se toma, sino que se dice como eufemismo de lo que sucederá con absoluta certeza. Porque a toda norma subyace una voluntad. Una voluntad con voz menuda y frágil pero tan constante que es capaz de disolver la piedra. Y esta ley que no existe, que no está escrita, es la ley innata, cultural, humana. Tan humana como tiránica y absurda. Esta ley que me (y nos) oprime, nos disuelve, nos emborrona, nos hace desaparecer. Esta ley es tuya y es mía. Es tu ley en mí y mi ley, también, en mí. Es tu miedo y el mío: mi miedo a ti, o a tu ley, o a tu no, o a tu rechazo. Mi miedo y el tuyo. Mi miedo a mirarte más de lo que te miro. Tu miedo a decir sí y a que pueda, entonces, mirarte descaradamente, y abrazarte, y acariciarte la pierna y apretar tu muslo, y tocarte el pelo hundiendo mis dedos en tu melena, y girar tu cabeza, y besarte, y cogerte del brazo y arrancarte de tu sitio con la excusa de un café que será sólo eso, excusa a tus amigos y a los míos. Un café que no tomaremos porque estaremos consumiendo a fuego lento mi vida y mis letras, como si fuera un cigarrillo o qué sé yo. Tienes derecho. Tengo derecho. Tienes derecho a tener miedo. Lo tengo. Tienes derecho a perder. A perder. Lo tienes. Lo tengo.

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