LA PRIMERA VEZ QUE TE METÍ MANO

La primera vez que te metí mano tomabas tu café a sorbos pequeños y te apartabas el pelo de la cara. Envuelta en tu característico silencio llegué yo y te salude y tu, sin mediar palabra, me miraste dejándome ver en tus pupilas negras el buenos días que nunca pronuncias. Tras un rato llenando de entropía tu silencio te miré con rabia, te cogí fuertemente del brazo izquierdo, aparté el pelo de tu cuello y te besé. En esto, tú te liabas un cigarrillo. El mismo que fumas todas las mañanas cuando calculas —con una precisión que la costumbre se ha encargado de alejar de la heurística— que quedan los sorbos justos para fumar tu cigarro y dejar un poso más frío que tibio en el que poder ver las impurezas del torrefacto. Fue en el momento en el que te decidías a pasar la lengua por la banda de cola arábiga del papel marca Smoking de luxe que siempre usas, cuando pase mis manos por tus caderas y las llevé con firmeza hasta tu culo. En ese momento, casi sorprendida y a modo de regañina por mi actitud, me pediste fuego desde tu sitio haciéndome volver a la realidad, a las malditas veintisiete pulgadas de distancia de siempre.

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2 respuestas a LA PRIMERA VEZ QUE TE METÍ MANO

  1. Metafórica mente dijo:

    Cuando veo gente que todavía escribe me entran ganas de leer más. ¿Siempre cuentas en pulgadas?

  2. Jeje, no. Sólo cuando la distancia es más larga de que querría ;)!

    Gracias por pasar por aquí!!

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